Juan iba caminando a duras penas a media mañana por una calle cuesta arriba, cerca de él pasaba mucha gente con prisa y eso le molestaba por que se sentía invisible, iba murmurando a cada paso que tanto le estaba costando dar. Al llegar al cruce de peatones se cogió a una farola exhausto, la ciática lo estaba matando, asi que dejo pasar un semáforo en verde más y continuó su camino. Iba pensando en su hija, el día anterior había ido a casa de ella. Paloma vivía a las afueras de la ciudad, por lo que Juan cogió el bus que más le acercaba, y armándose de valor llamó al timbre. Al abrir la puerta, Paloma se llevó una sorpresa
–
¿Qué haces aquí? preguntó mientras dejaba a su
hija en el carricoche que estaba en la entrada.
–
Paloma,
hija, ayúdame por favor -La miró él con desesperación y ella lo miró desconcertada
– ¡Vete de mi casa papá, tengo que salir ahora.! -Intentó Paloma cerrar la puerta.
– ¡ Por
favor, escúchame un momento. Yo…!
– ¡ No quiero oírte, son tus problemas y es tu vida! ¡vete por favor! -Paloma lo interrumpió con severidad.
Juan iba confesarle que se había quedado sin casa, pero le costaba
decirlo, sobre todo porque no tenía donde quedarse y esperaba que ella lo acogiera. -Entonces la miró fijamente y dijo sin fuerzas
– ¿Puedo quedarme aquí a descansar un poco? - Paloma inspiró hondo y se resignó
- puedes quedarte a dormir aquí porque es tarde y sé que estás borracho, duerme en el salón, pero mañana vuelve a tu casa por ¡favor!
–
Gracias,
hija, gracias – entró cogiéndose de los muebles. Se sentó y en seguida se quedó
dormido
Paloma miró a su padre con lastima y tristeza, hace poco menos de dos meses este había ido en estado de ebriedad a verla y se había puesto violento, tuvo que llamar a la policía para que se calmara y no era la primera vez que pasaba. Cerró la puerta del salón y se metió en la habitación con la niña. Al día siguiente su padre se había marchado muy pronto y la tele ya no estaba.
Juan
Se dirigió de prisa a una casa de empeño y cambió la tele por unos euros, pasó
por el supermercado a comprar un cartón de vino, una barra de pan y luego fue al casino donde usualmente iba cuando tenía algo de dinero.
Al
entrar en el local, se sintió avergonzado por cómo iba vestido, un pantalón con
los bajos mojados con barro y una camiseta con publicidad que alguien le había
regalado.
Dentro
había mucha gente, el sonido de las monedas, las tragaperras y las luces
aumentaban su ansiedad por jugar. Tenía muchas ganas de apostar en la ruleta,
por ganar un premio mayor, pero se conformó con una máquina tragaperras. Cada
moneda que insertaba tenía la certeza de que le tocaría el premio y así hasta
la penúltima moneda. Quiso patear aquel cacharro, pero pasó por ahí un empleado
preguntándole si necesitaba algo, él se compuso y negó con la cabeza. Miró la
última moneda que tenía en el cuenco y la metió en el bolsillo. Sabía que el
premio y sus monedas las ganaría otra persona y se sintió indignado, en seguida
tuvo que salir de allí porque no soportaba más la presión y angustia.
Al salir a la calle no sabía dónde ir pues llevaba durmiendo unas semanas en un cajero y estaba lejos del lugar. Asi que solo caminó sin sentido por el paseo marítimo, pero pronto oscureció y empezó a sentir frio, entró por una calle y sabía que había un cajero cerca, pero al llegar ya había una pareja dentro y tenía la pinta de que no le dejarían espacio a él, entonces siguió buscando otro lugar para dormir, miró en su bolsa de plástico y le quedaba medio cartón de vino, se acomodó en el banco de un parque y se lo bebió de un trago, en seguida se quedó dormido.
Ya
era medio día y Juan seguía caminando cuesta arriba, el dolor de la pierna iba
a peor y se sentía asfixiado por el calor. el recuerdo del día anterior en el casino lo llenaba de ira pero también quería volver, aquellos sentimientos encontrados lo iban a volver loco. Se sentó al lado de un puente donde pasaban muchos coches, pero nadie se
percató de él, se quedó mirando el tráfico, pensando en lo que había llegado su
vida, después de tener aquel dinero y ahora solo tenía una moneda en el
bolsillo, estaba oscureciendo otra vez y el cielo tenía un rojo trágico, él
siguió en su mente, pensó en su madre y que nunca le dio motivos para sentirse
orgullosa de él, lloró al recordar su rostro y su sonrisa, tambien en su hija,
en aquella vez que la dejo en el colegió y ella lloraba porque quería irse a
casa, fue entonces cuando se dio cuenta de que la amaba con todo su corazón,
pero la había perdido junto con su mujer. Se puso de pie y se acercó al borde
del puente, pensó en saltar y acabar con todo, pero fue incapaz y se arrepintió
de haber terminado el medio cartón de vino la noche anterior, le hubiera dado
valor entonces para lanzarse a la autopista. se alejó del puente poco a poco,
ya era casi de noche. Entonces siguiendo la poca luz de las farolas le pareció
ver un banco para dormir, y cerca de ahí un grupo de personas hablando, no le
dio importancia hasta que oyó que le llamaba su hija.
- ¿Papá!, estas bien? ¿Te he buscado por
todas partes, porque papá? ¿Por qué mientes y robas, no te basta con lo que
tienes?
-Tienes razón hija, soy un borracho,
nunca voy a salir de esta mierda. Perdóname por todo, pero como vas a creerme,
si te he fallado como siempre – se golpeó la cabeza con las manos y cayó al
suelo de rodillas
-Papá, vamos te llevaré a tu casa, ¿has
comido?
-Ya no tengo casa, la perdí apostando
-Juan agacho la cabeza por vergüenza a mirar a los ojos a su hija que no pudo evitar dar un grito.
- ¿Cómo dices?,
¿Dónde estás viviendo?
-En la calle, duermo donde puedo, mira lo que soy, un don nadie, no tengo ni una cama donde dormir ni que comer…No quiero ser una carga, pero soy un cobarde que no puede hacer siquiera eso…-A Juan se le quebró la voz mirando el puente donde había estado antes
-No llores papá, me tienes a mí -intentó Paloma no llorar, pero las lágrimas cayeron sin remedio -Puedes quedarte en casa, buscaremos ayuda, lo importante es que estas aquí. Paloma se obligó a confiar otra vez en su padre y volvieron juntos a casa.
Juan
había heredado la fortuna de su padre, como si hubiera ganado la lotería su
vida cambió pero no precisamente fue mejor, sus hábitos de beber aumentaron y
su mujer e hija lo abandonaron por su comportamiento violento. Despilfarró el
dinero en alcohol, fiestas y banalidades, cuando se dio cuenta, no le quedaba
ni la décima parte de la herencia, desde entonces quiso recuperarla en los
casinos y apuestas, pero eso solo lo terminó de arruinar. Dicen que el dinero
que fácil viene, fácil se va y Juan gastó sin miramientos la fortuna que su padre había
forjado a base de trabajar toda su vida.
Con
68 años se vio viviendo en casa de su hija y pensó que no se merecía la vida que le había tocado vivir sin ningún esfuerzo así como tampoco se merecía el amor de su hija y por tenerlo se sintió muy afortunado.
