Era un hombre que se había hecho a si mismo.
A los diez años su padre le preguntó una noche:
-
¿Sabes contar?
-
Si, padre.
-
¿Hasta cuánto?
-
Hasta mil
-
¿Y leer y escribir?
-
Si, padre.
Le enseñó una hoja de periódico atrasada
-
A ver, lee esto.
-
El-Re-al-Ma-drid-se-pro-cla-ma-cam-pe-on-de-la-li-ga.
-
Pues ya sabes suficiente. Ahora tendrás que
aprender un oficio.
No volvió a la escuela. Al día siguiente
empezó como aprendiz en la carnicería del señor Pepe, amigo de borracheras de
su padre.
El señor Pepe era un hombre gordo, jovial con
las mujeres de los ricos del pueblo y despótico con aquellas que solo podían
pagarle a final de la semana, cuando el marido cobraba la soldada. Conocía bien
su oficio, pero la afición al alcohol y a las mujeres del Bar La Guillermina le
habían hecho perder clientela principalmente entre las clientas de más
posibles.
Tomás se esmeró en aprender el oficio y
cuanto más bebía don Pepe, más se hacía él con las riendas del negocio y
recuperaba la clientela perdida. Un día que don Pepe se presentó en la
carnicería más borracho que de costumbre, le hizo firmar un documento cuya
redacción había encargado a un leguleyo de un pueblo próximo, en el que le
nombraba heredero universal como compensación a los sueldos que le debía el
carnicero.
No le había pagado en los últimos tres años,
aunque al tener Tomás el control de la carnicería, ya se encargaba de cobrarlos
directamente de las ventas de carne. Así que a los dieciocho años se encontró
siendo heredero de la carnicería y con manos libres para obrar a su antojo.
Una noche de invierno el carnicero volvía a
casa, borracho, en medio de una fuerte helada. Al pasar delante de la
carnicería se sintió muy cansado y decidió sentarse a la puerta a esperar que
Tomás abriese el negocio. Faltaban aún cuatro horas y cuando esté llegó a las
siete de la mañana, como de costumbre, el carnicero estaba muerto y congelado.
A los pocos meses, un día se presentó el
padre de Tomás en la carnicería a la hora de cerrar. Tenía el mal aspecto de
los borrachos habituales y le costaba tenerse en pie:
-
Hola, Tomás.
-
Hola, padre.
-
Parece que te va bien, eres un comerciante
próspero.
-
Mi trabajo me costó, padre.
-
¿Qué desea, padre?. Tengo mucho trabajo.
-
Verás, estoy enfermo, necesito ayuda.
-
No se preocupe, padre. Yo le daré la ayuda
que necesita.
Lo metió en el automóvil y lo llevó a la sede
local de Alcohólicos Anónimos, dejándolo a la puerta del establecimiento.
-
Y no vuelva por la carnicería. Nada hizo por
mí y nada voy a hacer por usted.
No volvió a verlo hasta que le comunicaron
que había muerto. Sin domicilio conocido y con cirrosis hepática debido al
abuso de la bebida, era un final ya previsto.
Tomás se hizo cargo de los gastos del
entierro. Un entierro modesto, de tercera y un nicho en el lugar más apartado y
triste del cementerio.
-
El me dio la vida y yo le pago la muerte, es
lo justo – es lo único que dijo.
Al cumplir los veinticinco años se buscó una
mujer a su medida y encontró a Fernanda. Era la tercera hija de un campesino al
que compraba ganado y justo lo que pedía de una mujer. Era callada, no
levantaba la vista ni la voz y dócil en las noches, cuando Tomás regresaba de
la cantina y la requería para que abriese las piernas y lo dejase disfrutar de
las mieles del matrimonio.
Y Tomás que seguía ganando clientes y dinero,
que era fuerte como un toro y duro como un pedernal, levantaba la voz en la
taberna y se iba convirtiendo en el gallo principal de aquel corral.
Una mañana estaba troceando un pernil de
cerdo, cuando se le escapó el cuchillo y le seccionó los dedos índice y medio
de la mano derecha.
Los echó en la comida al perro junto con los
desperdicios del pernil.
Al día siguiente mató al perro, lo cocinó y
lo comió.
Seguro que ahora me vuelven a crecer los
dedos – se dijo.
Su mujer no encontró argumentos para llevarle
la contraria. Pero se lo dijo a su hermana y esta a una amiga que lo contó
jocosamente en el murmuratorio de las novena de las siete a san Policarpo,
santo de mucha devoción en aquellos lugares.
Pronto fue la comidilla del pueblo y en la
taberna la mitad de los tertulios decían que era imposible que se le
regenerasen los dedos y la otra mitad decían que el carnicero era capaz de eso
y de mucho más.
Tomás sonreía satisfecho, invitaba a una
ronda a los que estaban a su favor y decía que ya empezaba a notar dolor en los
dedos seccionados y que eso significaba que estaban empezando a crecer. Siempre
llevaba la mano vendada y al coger el vaso no podía evitar un gesto de dolor.
Por desgracia, nadie llegó a saber si le hubieran
crecido o no, porque una septicemia originada por la infección se lo llevó por
delante el 14 de Septiembre, día de San Cipriano y fiesta mayor del pueblo.
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