lunes, 26 de octubre de 2020

PREFIERO LAS RATAS


Prefiero las ratas que husmeando detrás  de los armarios  rompen el silencio de mis tardes en soledad. Tardes en las que solo percibo un mundo gris. Un mundo sin movimiento. Pero ellas no paran y compruebo como una, la más maligna, sale de su refugio para llegar a mi regazo ascendiendo a través  de los radios de mi silla de ruedas.

YGSandoval

martes, 20 de octubre de 2020

CON AMOR

 

Siempre fui una persona optimista por naturaleza. Así, cuando me cortaron la pierna derecha por encima de la rodilla pensé que si bien perdía una extremidad, a cambio ganaría en cariño de los demás que al verme físicamente disminuido sin duda tendrían especiales consideraciones hacia mí. Para un viejo que apura sus últimos años es más importante sentirse querido que caminar con agilidad.

Cuando subí a aquel autobús abarrotado estaba seguro que como de costumbre, en cuanto viesen mi caminar renqueante, mi bastón y mi prótesis de titanio reluciente, me cederían un asiento. Me dirigí al fondo del autobús, mi zona preferida.

Varios pasajeros iniciaron el gesto de ir a cederme el asiento, pero el más rápido fue un individuo de mediana edad, aspecto insignificante, ojos pequeños y maliciosos y una calvicie prematura que daban un aspecto un tanto cómico a su cabeza de pepino.

Iba yo a adelantarme para tomar asiento, cuando el sujeto acomodó su chaqueta un tanto arrugada del viaje y volvió a sentarse.

El resto de los pasajeros, al verse inicialmente ganados en lo que presumían un gesto de cortesía, desistieron de su actitud y se desentendieron del asunto, cada uno dedicado a sus preocupaciones.

No pasó nada hasta dos paradas más adelante. El individuo se levantó de su asiento y mientras yo iniciaba la aproximación al mismo sacó su reloj de bolsillo, comprobó la hora y tornó a sentarse. Esta vez tuve la sensación de que algunos pasajeros percibían la maniobra y se sonreían de la insolencia de aquel hombrecillo.

Nuevamente volvió a realizar la falsa maniobra en la siguiente parada y volví a errar de sus intenciones, pues rebuscó en el bolsillo de su pantalón, sacó un pañuelo arrugado de aspecto repulsivo y volvió a sentarse. Esta vez estaba seguro de que me había lanzado una mirada maliciosa y que por lo menos dos pasajeros sonreían abiertamente.

Me retiré corrido y avergonzado hasta la puerta de salida a esperar mi parada de destino.

En la anterior a la mía, el fulano dejó finalmente el asiento para bajar del autobús. Al pasar apresuradamente a mi lado me guiñó un ojo.

Deslicé suavemente el bastón por delante de su pierna más atrasada a modo de traba, le di un golpe con la puntera metálica  de mi prótesis en la espinilla y me quedé viéndolo mientras caía aparatosamente.

A veces, cuando me deprimo pensando en mi situación de tullido, recuerdo su cabeza de pepino chocando contra el borde de la acera y el ruido sordo de su mandíbula rompiéndose contra la tapa de una alcantarilla que casualmente se encontraba abierta y como escupía sangre y dientes entre estertores.

Y se me pasa la tristeza.

jueves, 15 de octubre de 2020

GESTACIÓN DE CUENTOS INCOMPLETOS

 El invierno pasado, varios de los componentes de este blog y otros que ahora no están, nos reuníamos periódicamente para leer las cosas que íbamos escribiendo y acuchillarnos amistosamente por todos los errores que cometíamos, que eran muchos. 

Un día nos planteamos que por turno, cada uno escribiríamos un relato dejándolo inconcluso y después todos tendríamos que escribir nuestro final.

INTOXICACIÓN ETÍLICA fue, si no me falla la memoria el primero de ellos. En las tres entradas que incluimos a continuación os dejamos las versiones de los que participando en tan usual experimento a pesar de ello seguimos tratando de escribir cosas juntos,  con gran peligro para nuestro equilibrio emocional.

NOTA: La parte que está en Negrita-Cursiva en los relatos es la parte común. A continuación vienen los finales de cada uno.

NOTA DOS: De forma aperiódica, iremos colgando alguno de estos cuentos incompletos con varios finales distintos.

INTOXICACION ETÍLICA de Angel B. GARCIA

 

Estaba temiendo desde la mañana lo que iba a pasar. Hoy como ayer, pero seguramente más que ayer, la borrachera iba a ser el final de la historia diaria de Ramón, de sus esfuerzos baldíos y ya sin ninguna expectativa real de encontrar trabajo, y recuperar la dignidad de un hombre por mantener a su familia.

 

Fue la Encarna, quien la avisó, a voces desde la calle:

 

- Mari, Mari, que el Ramón está borracho en el bar, que no se aguanta de pié, y dijo el Salustiano que te avisara, porque si no lo va a echar a cajas destempladas , que ya se está poniendo “pesao”. Desde luego, hija, vaya cruz que tienes con el Ramón, y más en un día como hoy.

 

A Mari, ya hace mucho tiempo que no le preocupan los días como hoy. Sabe que la Navidad es para los ricos, que van a misa, a que se les perdone los pecados, pero no se acuerdan del Ramón, que lleva dos años sin trabajo y sin posibilidades, porque ya tiene 48 años y no es ingeniero ni economista. Solo sabe trabajar con las manos, porque el mundo es solo para los que tienen estudios, y por eso ella tiene que salir a servir y que no falte. Dios nos libre, que de eso comemos, aunque muy malamente.

 

La Mari tiene mucho tiempo para pensar, porque como no tienen televisión (la tuvieron que empeñar) y está mucho tiempo sola y el trabajo que hace no necesita que le preste mucha atención, porque al fin y al cabo cualquiera sabe fregar, cogió costumbre de pensar que resulta barato y alimenta, porque cría mala baba, y los pobres no pueden despreciar algo que alimente, aunque sea mala baba.

 

Ya sabe lo que le queda, ir a buscar al Ramón antes de que algún desaprensivo o un desgraciado tan borracho como él, acabe pegándole y encima tenga que traerlo hecho una piltrafa. Pero antes tiene que acabar de preparar la cena de Nochebuena, una sopa de ajo y unas sardinas. Para el turrón no le llegó porque lo que tenía ahorrado, guardado dentro del colchón, lo encontró su hombre la semana pasada y lo bebió en menos que canta un gallo.

 

Hace un año, hubiese salido disparada a buscar a su hombre, pero ahora no, ya está acostumbrada a estas cosas, y hasta la tragedia acaba por convertirse en rutina.

 

El bar de Salustiano no es ni mejor ni peor que los demás del barrio. La decoración, cuatro mesas y unas pocas sillas de formica, y el ambiente, media docena de habituales que si no están borrachos llevan el camino de conseguirlo, no invita precisamente a quedarse a cualquiera que tenga otra cosa que hacer. El problema es que la pobre fauna humana que lo frecuenta, generalmente no tiene otra cosa que hacer. Y además el Salustiano fía y siempre te sirve una copa cuando andas mal de dinero, que es casi todos los días. Eso sí, cuando cobras el paro tienes que regularizar la cuenta, porque él es un hombre de negocios y no te fía más de un mes. Como dice siempre “Hasta ahí podríamos llegar, colega”.

 

Cuando llegó al bar, su hombre estaba más tirado que sentado en una de las sillas, con los ojos vidriosos como le era habitual en los últimos tiempos y farfullaba sin que nadie le escuchase alguna monserga de tiempos mejores:

 

- “Tenía una fuerza como un burro..., cargaba un carretillo hasta un cuarto piso sin necesidad de grúas ni mierdas, hostia, ojalá caigan todas las putas grúas”.

 

Ya se sabía de memoria lo que venía ahora, si ella no lo remediaba, llevándolo a casa. Primero pegaría un puñetazo en la mesa, y adoptaría un aire desafiante. Si nadie le respondía, se derrumbaría y se pondría a llorar como un niño.

 

No lo podía evitar, a pesar de las veces que lo había visto así, no podía acostumbrarse a que su Ramón, aquel hombre trabajador con el que vivió feliz tantos años, no fuese ahora más que un triste monigote.

 

Todo se torció a partir de la nevada de hacía dos años. Bueno, de la nevada y de la crisis y de tener ya bastantes años y no rendir como los chavales jóvenes que no tienen dolores de espalda, ni reuma ni nada.

 

Cuando la nevada, que le dió al Ramón aquel ataque de reuma, tuvo que estar dos semanas en la cama, sin apenas poder moverse. Y cuando se puso bueno, ya se había terminado la obra, y con ella el contrato, porque él era eventual, llevaba toda la vida siendo eventual de una empresa, que en cada obra cambiaba de nombre pero eran siempre los mismos, Don José y Paco el encargado. Lo llamaban porque él era un trabajador serio y cumplidor, sin muchas luces, eso sí, pero formal al máximo.

 

El caso es que después de la nevada, fue a verlos y a recoger la liquidación, pero no lo volvieron a llamar. Hubo nuevas obras, pero no contaron con él. Un compañero se lo dijo “No te quieren, porque creen que tienes hernia y que te darás de baja”. Y a partir de ahí cayó en picado. Al principio salía a buscar trabajo, y cuando volvía, desanimado, paraba en el bar y se emborrachaba. Ahora ya iba directamente al bar.

 

Pero al fin y al cabo, el recordar y dar vueltas al asunto no solucionaba nada. Se acercó al Ramón y trató de ayudarlo a incorporarse:

 

- “Venga, vamos para casa, que es Nochebuena y ya es hora de cenar”.

 

Lo que siguió, no había pasado nunca. La esquivó y con la mano torpe por el alcohol, pero todavía fuerte, le pegó una bofetada. Sorprendido y avergonzado, se la quedó mirando fijamente y empezó a llorar.

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La Mari tuvo que morderse los labios para no llorar delante de toda la parroquia de etílicos. Lo cogió de la mano, y el Ramón se dejó llevar mansamente aunque pegando tumbos, hacia casa.

 

Aquello fue la gota que desbordó el vaso de amargura, que durante tanto tiempo venía acumulando. Dios sabe que no le guardaba rencor por lo que había hecho. No, él no tenía la culpa. La culpa era de los que no le daban trabajo después de haberles dedicado toda su vida. De los que ponían los beneficios por encima de las personas, y de toda la gente que hoy iba a cenar langostinos, para celebrar el nacimiento de Dios, cuando demostraban todos los días que no creían en Él, que había dicho que los pobres poseerían la Tierra.

 

El día 26 de Diciembre, el periódico local insertaba una escueta noticia de cuatro líneas en la página de sucesos:

 

“Matrimonio se suicida abriendo el gas el día de Nochebuena. Varios vecinos manifiestan que tenían problemas económicos y que el marido abusaba desde hacía tiempo del alcohol”.


Si continuaran vivos, la Mari y el Ramón hubieran podido leer los titulares que abrían la sección de economía :

“Se disparan los beneficios de las empresas del IBEX 35. España sale de la crisis”

INTOXICACIÓN ETÍLICA de Yolanda GONZÁLEZ SANDOVAL

 Estaba temiendo desde la mañana lo que iba a pasar. Hoy como ayer, pero seguramente más que ayer, la borrachera iba a ser el final de la historia diaria de Ramón, de sus esfuerzos baldíos y ya sin ninguna expectativa real de encontrar trabajo, y recuperar la dignidad de un hombre por mantener a su familia.

 

Fue la Encarna, quien la avisó, a voces desde la calle:

 

- Mari, Mari, que el Ramón está borracho en el bar, que no se aguanta de pié, y dijo el Salustiano que te avisara, porque si no lo va a echar a cajas destempladas , que ya se está poniendo “pesao”. Desde luego, hija, vaya cruz que tienes con el Ramón, y más en un día como hoy.

 

A Mari, ya hace mucho tiempo que no le preocupan los días como hoy.Sabe que la Navidad es para los ricos, que van a misa, a que se les perdone los pecados, pero no se acuerdan del Ramón, que lleva dos años sin trabajo y sin posibilidades, porque ya tiene 48 años y no es ingeniero ni economista. Solo sabe trabajar con las manos, porque el mundo es solo para los que tienen estudios, y por eso ella tiene que salir a servir y que no falte. Dios nos libre, que de eso comemos, aunque muy malamente.

 

La Mari tiene mucho tiempo para pensar, porque como no tienen televisión (la tuvieron que empeñar) y está mucho tiempo sola y el trabajo que hace no necesita que le preste mucha atención, porque al fin y al cabo cualquiera sabe fregar, cogió costumbre de pensar que resulta barato y alimenta, porque cría mala baba, y los pobres no pueden despreciar algo que alimente, aunque sea mala baba.

 

Ya sabe lo que le queda, ir a buscar al Ramón antes de que algún desaprensivo o un desgraciado tan borracho como él, acabe pegándole y encima tenga que traerlo hecho una piltrafa. Pero antes tiene que acabar de preparar la cena de Nochebuena, una sopa de ajo y unas sardinas. Para el turrón no le llegó porque lo que tenía ahorrado, guardado dentro del colchón, lo encontró su hombre la semana pasada y lo bebió en menos que canta un gallo.

 

Hace un año, hubiese salido disparada a buscar a su hombre, pero ahora no, ya está acostumbrada a estas cosas, y hasta la tragedia acaba por convertirse en rutina.

 

El bar de Salustiano no es ni mejor ni peor que los demás del barrio. La decoración, cuatro mesas y unas pocas sillas de formica, y el ambiente, media docena de habituales que si no están borrachos llevan el camino de conseguirlo, no invita precisamente a quedarse a cualquiera que tenga otra cosa que hacer. El problema es que la pobre fauna humana que lo frecuenta, generalmente no tiene otra cosa que hacer. Y además el Salustiano fía y siempre te sirve una copa cuando andas mal de dinero, que es casi todos los días. Eso sí, cuando cobras el paro tienes que regularizar la cuenta, porque él es un hombre de negocios y no te fía más de un mes. Como dice siempre “Hasta ahí podríamos llegar, colega”.

 

Cuando llegó al bar, su hombre estaba más tirado que sentado en una de las sillas, con los ojos vidriosos como le era habitual en los últimos tiempos y farfullaba sin que nadie le escuchase alguna monserga de tiempos mejores:

 

- “Tenía una fuerza como un burro..., cargaba un carretillo hasta un cuarto piso sin necesidad de grúas ni mierdas, hostia, ojalá caigan todas las putas grúas”.

 

Ya se sabía de memoria lo que venía ahora, si ella no lo remediaba, llevándolo a casa. Primero pegaría un puñetazo en la mesa, y adoptaría un aire desafiante. Si nadie le respondía, se derrumbaría y se pondría a llorar como un niño.

 

No lo podía evitar, a pesar de las veces que lo había visto así, no podía acostumbrarse a que su Ramón, aquel hombre trabajador con el que vivió feliz tantos años, no fuese ahora más que un triste monigote.

 

Todo se torció a partir de la nevada de hacía dos años. Bueno, de la nevada y de la crisis y de tener ya bastantes años y no rendir como los chavales jóvenes que no tienen dolores de espalda, ni reuma ni nada.

 

Cuando la nevada, que le dió al Ramón aquel ataque de reuma, tuvo que estar dos semanas en la cama, sin apenas poder moverse. Y cuando se puso bueno, ya se había terminado la obra, y con ella el contrato, porque él era eventual, llevaba toda la vida siendo eventual de una empresa, que en cada obra cambiaba de nombre pero eran siempre los mismos, Don José y Paco el encargado. Lo llamaban porque él era un trabajador serio y cumplidor, sin muchas luces, eso sí, pero formal al máximo.

 

El caso es que después de la nevada, fue a verlos y a recoger la liquidación, pero no lo volvieron a llamar. Hubo nuevas obras, pero no contaron con él. Un compañero se lo dijo “No te quieren, porque creen que tienes hernia y que te darás de baja”. Y a partir de ahí cayó en picado. Al principio salía a buscar trabajo, y cuando volvía, desanimado, paraba en el bar y se emborrachaba. Ahora ya iba directamente al bar.

 

Pero al fin y al cabo, el recordar y dar vueltas al asunto no solucionaba nada. Se acercó al Ramón y trató de ayudarlo a incorporarse:

 

- “Venga, vamos para casa, que es Nochebuena y ya es hora de cenar”.

 

Lo que siguió, no había pasado nunca. La esquivó y con la mano torpe por el alcohol, pero todavía fuerte, le pegó una bofetada. Sorprendido y avergonzado, se la quedó mirando fijamente y empezó a llorar.

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      Sin embargo ella igualmente sorprendida no derramó ni una lágrima. Por su cabeza se le arremolinaron los recuerdos que tantas veces se obligó a olvidar.

     Y con los ojos de la niña que había sido, vio cómo nuevamente su padre golpeaba a su madre un día si, otro también.

       Y cómo él llorando pedía perdón.

     Y cómo ella, su madre, envuelta en moratones, le consolaba y aceptaba cada día aquella súplica sin sentido.

     Y se veía a ella escondida detrás de las cortinas observando la escena, entre sabor a sal y mocos, sin poder contener los temblores que involuntariamente estremecían todo su cuerpo menudo.

       Y se veía de adolescente contemplar la misma escena. Oía los golpes antes de llegar a casa, por el camino de regreso del Instituto, junto a aquella cavidad por donde los días de mar brava saltaban las aguas saladas, gritando más alto que ella, furiosas pero no tanto como ella.

      Y corría a casa para parar con su cuerpo los golpes de aquel marino loco que era su padre, para evitar algún nuevo daño a aquella mujer a la ya no le quedaban fuerzas ni para perdonar.

    Y en cuanto pudo se fue. Una nueva fábrica conservera ofrecía trabajo en una ciudad con un puerto importante. Ella no podía perder la ocasión de empezar una nueva vida.  Allí se enamoraría de un hombre amable que lo fue hasta que la falta de trabajo y el dolor crónico de su cuerpo le había transformado en un alcohólico que hasta aquel instante nunca le había puesto la mano encima.

      Tenía muy claro lo que iba a hacer. Siempre lo había dicho:

   – “Me darán la primera, pero esa será la última”.

    Llegó a su casa y recogió una maleta que tenía desde hace tiempo preparada, desde que la conservera había cerrado. Sería suficiente de momento.

    Llamó por teléfono a una asociación de mujeres maltratadas, con las que ya se había puesto en contacto previamente presuponiendo que el día de la primera bofetada iba a llegar, para que la abogada iniciase los trámites para la separación previa al divorcio.

   Pasaría igualmente por el centro de salud para hacer un parte de lesiones. El labio inflamado y el hematoma que se estaba empezando a formar bajo el párpado sería suficiente y además, de la agresión, tenía un montón de testigos.

     Todo lo necesario para mantenerse alejada de él en el futuro.

         

            

     Cuando divisó la vieja morada de sus padres fue cuando empezó a llorar, parecía que no podía tragar tanto aire como necesitaba. Sus pulmones se movían de forma compulsa, sin de que el oxigeno que llegaba a ellos realizaran su función. Se obligó a respirar de forma más pausada y poco a poco, sentada sobre la tierra húmeda, tocando la hierba verde y fría empezaron a limpiarse sus ojos y vio de forma totalmente nítida a sus abuelos, los molineros, los padres de su madre cogiéndola de la mano mientras la decían:

   – “No te acerques nunca a la boca del sifón porque puede salir la mano del mar  y arrastrate al agua” –

   Vio a su madre decirla adiós con una sonrisa muy triste el último día que la recuerda con vida.

  – “No vuelvas aquí, vive tu vida cariño. Olvídalo todo” – Y hasta su nombre quiso olvidar, acortándolo,  para comenzar su nueva vida

   Su madre no había querido acompañarla a la ciudad después de la desaparición de su padre, semanas antes de aparecer ahogado. Todos sospechaban que borracho una vez más, de regreso al viejo molino donde habitaban, se había caído al mar.

   De sus despojos la autopsia desveló un alto índice de alcohol en sangre y de los alvéolos de sus pulmones, agua salada. Del resto del cuerpo que no habían comido los peces, muchos golpes y fracturas.

  – “Así de duro es el mar” – y todos daban el pésame a la viuda y a la huérfana, aunque pocos de verdad sentían dolor por la pérdida.

 

      Habían pasado casi treinta años y cuando por fin Marina se pudo levantar del suelo, se vio con diez y ocho años apartando a su padre violentamente de ella, que reclamaba el cariño que ella era incapaz de sentir por él. Habían coincidido en el camino de regreso a casa, él del bar, ella de enviar por correos la solicitud de trabajo a la conservera. Y su padre empezó a recriminar  que se quisiera ir para terminar agarrándole del brazo y solicitar un beso.

     La repulsión que sentía por aquel hombre, la hizo tan fuerte que sin saber cómo se deshizo del abrazo mientras le empujaba. Su padre ayudado por la borrachera, calló hacia atrás golpeándose la cabeza contra la arista de una roca pero seguía vivo, aunque inconsciente, cuando arrastrándole por las piernas le llevó hasta aquel agujero que comunicaba a través de la tierra, el mar con el cielo. Y le dejó caer.


INTOXICACIÓN ETÍLICA de ASUNCIÓN TORAÑO

 

Estaba temiendo desde la mañana lo que iba a pasar. Hoy como ayer, pero seguramente más que ayer, la borrachera iba a ser el final de la historia diaria de Ramón, de sus esfuerzos baldíos y ya sin ninguna expectativa real de encontrar trabajo, y recuperar la dignidad de un hombre por mantener a su familia.

 

Fue la Encarna, quien la avisó, a voces desde la calle:

 

- Mari, Mari, que el Ramón está borracho en el bar, que no se aguanta de pié, y dijo el Salustiano que te avisara, porque si no lo va a echar a cajas destempladas , que ya se está poniendo “pesao”. Desde luego, hija, vaya cruz que tienes con el Ramón, y más en un día como hoy.

 

A Mari, ya hace mucho tiempo que no le preocupan los días como hoy.Sabe que la Navidad es para los ricos, que van a misa, a que se les perdone los pecados, pero no se acuerdan del Ramón, que lleva dos años sin trabajo y sin posibilidades, porque ya tiene 48 años y no es ingeniero ni economista. Solo sabe trabajar con las manos, porque el mundo es solo para los que tienen estudios, y por eso ella tiene que salir a servir y que no falte. Dios nos libre, que de eso comemos, aunque muy malamente.

 

La Mari tiene mucho tiempo para pensar, porque como no tienen televisión (la tuvieron que empeñar) y está mucho tiempo sola y el trabajo que hace no necesita que le preste mucha atención, porque al fin y al cabo cualquiera sabe fregar, cogió costumbre de pensar que resulta barato y alimenta, porque cría mala baba, y los pobres no pueden despreciar algo que alimente, aunque sea mala baba.

 

Ya sabe lo que le queda, ir a buscar al Ramón antes de que algún desaprensivo o un desgraciado tan borracho como él, acabe pegándole y encima tenga que traerlo hecho una piltrafa. Pero antes tiene que acabar de preparar la cena de Nochebuena, una sopa de ajo y unas sardinas. Para el turrón no le llegó porque lo que tenía ahorrado, guardado dentro del colchón, lo encontró su hombre la semana pasada y lo bebió en menos que canta un gallo.

 

Hace un año, hubiese salido disparada a buscar a su hombre, pero ahora no, ya está acostumbrada a estas cosas, y hasta la tragedia acaba por convertirse en rutina.

 

El bar de Salustiano no es ni mejor ni peor que los demás del barrio. La decoración, cuatro mesas y unas pocas sillas de formica, y el ambiente, media docena de habituales que si no están borrachos llevan el camino de conseguirlo, no invita precisamente a quedarse a cualquiera que tenga otra cosa que hacer. El problema es que la pobre fauna humana que lo frecuenta, generalmente no tiene otra cosa que hacer. Y además el Salustiano fía y siempre te sirve una copa cuando andas mal de dinero, que es casi todos los días. Eso sí, cuando cobras el paro tienes que regularizar la cuenta, porque él es un hombre de negocios y no te fía más de un mes. Como dice siempre “Hasta ahí podríamos llegar, colega”.

 

Cuando llegó al bar, su hombre estaba más tirado que sentado en una de las sillas, con los ojos vidriosos como le era habitual en los últimos tiempos y farfullaba sin que nadie le escuchase alguna monserga de tiempos mejores:

 

- “Tenía una fuerza como un burro..., cargaba un carretillo hasta un cuarto piso sin necesidad de grúas ni mierdas, hostia, ojalá caigan todas las putas grúas”.

 

Ya se sabía de memoria lo que venía ahora, si ella no lo remediaba, llevándolo a casa. Primero pegaría un puñetazo en la mesa, y adoptaría un aire desafiante. Si nadie le respondía, se derrumbaría y se pondría a llorar como un niño.

 

No lo podía evitar, a pesar de las veces que lo había visto así, no podía acostumbrarse a que su Ramón, aquel hombre trabajador con el que vivió feliz tantos años, no fuese ahora más que un triste monigote.

 

Todo se torció a partir de la nevada de hacía dos años. Bueno, de la nevada y de la crisis y de tener ya bastantes años y no rendir como los chavales jóvenes que no tienen dolores de espalda, ni reuma ni nada.

 

Cuando la nevada, que le dió al Ramón aquel ataque de reuma, tuvo que estar dos semanas en la cama, sin apenas poder moverse. Y cuando se puso bueno, ya se había terminado la obra, y con ella el contrato, porque él era eventual, llevaba toda la vida siendo eventual de una empresa, que en cada obra cambiaba de nombre pero eran siempre los mismos, Don José y Paco el encargado. Lo llamaban porque él era un trabajador serio y cumplidor, sin muchas luces, eso sí, pero formal al máximo.

 

El caso es que después de la nevada, fue a verlos y a recoger la liquidación, pero no lo volvieron a llamar. Hubo nuevas obras, pero no contaron con él. Un compañero se lo dijo “No te quieren, porque creen que tienes hernia y que te darás de baja”. Y a partir de ahí cayó en picado. Al principio salía a buscar trabajo, y cuando volvía, desanimado, paraba en el bar y se emborrachaba. Ahora ya iba directamente al bar.

 

Pero al fin y al cabo, el recordar y dar vueltas al asunto no solucionaba nada. Se acercó al Ramón y trató de ayudarlo a incorporarse:

 

- “Venga, vamos para casa, que es Nochebuena y ya es hora de cenar”.

 

Lo que siguió, no había pasado nunca. La esquivó y con la mano torpe por el alcohol, pero todavía fuerte, le pegó una bofetada. Sorprendido y avergonzado, se la quedó mirando fijamente y empezó a llorar.

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Sin saber por qué, sin pensar, giró sobre sí misma y salió del bar por donde había entrado.

Ramón no sabía qué hacer, se había asustado de sí mismo. Los parroquianos intentaron volver a la realidad inmediatamente anterior al desastre cuando Mari volvió al local. Sin mirar a Ramón ni por un instante se acercó a la barra, trepó a un taburete  y pidió un vaso de coñac. Salustiano, sorprendido ante tal gesto, cogió la botella de Magno y una copa

— No— repuso ella — copa no, vaso y grande

Salustiano cambó la una por el otro y lo puso frente a ella en la barra.

— Llénalo hasta el borde — ordenó Mari, y el hombre obedeció.

El primer trago no llegó a ser demasiado largo, una quemazón en la garganta la hizo toser. Cuando se hubo recuperado volvió a beber y así, fue alternando el trago y la tos hasta terminar el contenido del vaso.

—Ponme otro — dijo sin ninguna vacilación en la voz, la tos había remitido, sin embargo no tardó mucho en ser sustituida por un hipo recurrente.

Para entonces Ramón se había secado las lágrimas y se había incorporado de su asiento situándose justo detrás de ella. La miraba atónito, pero ella parecía ignorarle totalmente.

Por su parte Salustiano, sin saber muy bien qué hacer, volvió a llenar el vaso.

— Deja aquí la botella hombre, no me toques las narices — y nuevamente el hombre obedeció.

No se oía ni una palabra en el bar, todo el mundo estaba mudo pendiente de aquella mujer sin entender ninguno que era lo que realmente estaba sucediendo allí.

Entonces, con mucha suavidad, intervino Ramón

— Mari… ¿por qué haces esto?

Mari apoyó su mano izquierda sobre la cadera y girándose en la misma dirección lo miró con desprecio

— Y a ti hip… qué coño te importa — y con las mismas se volvió a girar hacia la barra alzó su vaso en gesto de brindis y dijo con clara voz beoda

— Porr todoss ustedes-hip, que se asombrran de ver a una mujjer bebi-hip-endo, pero no se asombrran jjamás de versse a sí-hip- missmos borrachos y arrastra-hip-traos — y luego, casi hablando en susurro remató— pandilla de pelagatos…hip

Entonces Ramón, viendo que todos le miraban y casi se diría que de vuelta a la sobriedad, probablemente por el susto que tenía metido en el cuerpo, estiró el cuello hacia arriba y poniendo una mano sobre el hombro izquierdo de su mujer dijo con voz igualmente beoda y tono casi imperativo

— Maari, ya eztuvo bien, deja de haceer el tonto y vamoss a casa

Esta vez Mari se volvió muy lentamente, tan lentamente que  Ramón sintió que le fallaban las rodillas, lo miró con la misma dureza en los ojos que Ramón había visto tantas veces en las películas del oeste, cuando al pistolero le hinchan las narices y, de repente,  en un gesto rápido, ella cogió la botella de Magno de la barra y sin decir ni pío se la estampó en la cabeza. Ramón quedó un instante con los ojos muy abiertos como si mirara un punto fijo y a continuación se desplomó en el suelo, todos corrieron hacia él, incluso Salustiano salió de detrás de la barra para socorrerlo. Mientras todos rodeaban al hombre intentando  reanirmarle Mari se coló detrás del mostrador para coger una nueva botella, la primera que cogió era un Felipe II

— Lo que me hip… faltaba — murmuró — la puññetera monarquí-hip-quía

Y sin más vació el brebaje en el fregadero dejando la botella seca. La siguiente que alcanzó fue un Chivas, la abrió, la olió, hizo un gesto con los hombros de “¡qué se le va a hacer!” y empezó a beber a morro. El hipo le resultaba bastante molesto, con lo que Mari decidió poner en práctica el método tan sonado de beber  un largo trago sin respirar. Entre tanto los hombres habían conseguido despertar a Ramón y levantarlo hasta una silla, tenía un buen chichote en la cabeza así que el Salustiano fue a la barra a por unas piedras de hielo que, como no vio nada mejor a mano, envolvió en la bayeta de limpiar la barra. Allí se encontró con Mari agarrada a la botella del Chivas.

— Mari, por favor — le dijo casi sin fuerzas como lo haría un viejo cansado — ¿por qué haces esto?

— Pa ssui-hip-icidarme

— Pero Mari, no seas niña, esto no te va a matar

— Pues a mí me da-hip- que me queeda poco –hip…

Le pusieron a Ramón el hielo sobre el chichote y el hombre pareció despejar, le dolía la cabeza a rabiar pero no era capaz de distinguir si era consecuencia del botellazo o se le había adelantado la resaca. Lo que si estaba seguro es que la borrachera había desaparecido como por encanto y al ver a Mari apoyada en la cafetera sin tenerse apenas en pie, se levantó y fue hacia ella. Todos estaban expectantes esperándose lo peor.

Cuando se acercó lo suficiente  dijo con suavidad

— Marí, por favor, vamos a casa, estoy cansado

Ella le miró, cambió el punto de apoyo al lado contrario, contra las neveras y respondió

— Mira Rramoón… maamoón — y empezó a reírse de su propio chiste, luego continuó — si-hip esto no me mata… mañana vuelvo y-hip-y si tampoco vuelvo a vol-hip-volver — pero te juro Rramoón maamoó-hip-ón que ahora te toca a ti, porrqu-hip-que yo cansé — y dicho esto se apoyó en él para salir juntos del bar, eso sí, con la botella en la otra mano y diciéndole al Salustiano

— Esta para el caami-hip-no, hasta mañana  compaññeros.

EL LEGIONARIO

             Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor america...