sábado, 28 de noviembre de 2020

IV-EL MISTERIO DE LA ISLA: La bruja de la plaza





La Isla siempre había sido un lugar mágico con kilómetros de playas y bosques, un paraíso escondido donde sus habitantes vivían de lo que les ofrecía la tierra y sus mares. Su naturaleza era vibrante al igual que sus mitos y leyendas. En la costa, alejado de los pueblos había un pequeño castillo muy antiguo, nadie sabía desde cuando estaba allí pero siempre se escucharon rumores de que había aparecido de un día a otro y que en el habitaba el señor de la isla. Otros decían que había sido el hogar del mismo demonio, aunque todo eran habladurías, la leyenda perduró entre las gentes. 

La verdad era que en el castillo sobre el acantilado había vivido un hombre con su mujer y sus tres hijas, un matrimonio joven pero con mucha influencia y riquezas heredadas. El señor era querido por sus servidores y él era justo con ellos. Otra verdad era que el dinero no sería suficiente para menguar la tristeza que sufrirían. La joven madre enfermó y sus hijas mayores también. Al inicio el padre las cuidaba pero con el tiempo también se vio afectado quedando solo la pequeña Margarita con salud pero muy afligida por ver como iban desapareciendo sus seres queridos. 

Cuando la joven cumplió 25 años estaba totalmente sola en el mundo haciendo crecer entonces el rencor y la tristeza en su corazón. Casi toda la fortuna se había ido en cuidados y medicina así que obligada por las circunstancias se mudó a la ciudad donde conoció el amor con un hombre que le doblaba la edad y le dio todo cuanto ella quiso. A pesar que echaba de menos su castillo, se maravillo con todas las cosas nuevas que iba conociendo, los lujos y las fiestas, que deseaba durase para siempre. Pero el tiempo es cruel y Margarita volvió a sufrir el dolor de la muerte. Primero perdió a la única amiga que había hecho en la ciudad y después a su marido, todo por causas naturales. 

Poco a poco sus falsos amigos se alejaron y otros murieron pero ella seguía respirando aunque no siempre se sentía viva. Veía los cambios en su entorno y cómo la magia de la isla se iba marchitando. Así quedó casi sola en el olvido y decidió ir al único piso donde guardaba la mayoría de tesoros materiales. Y sus recuerdos. Cansada de pasar por infortunios, ver gente que no le agradaba y costumbres extrañas a ella, una noche pensó en poner en practica un antiguo ritual sacado de un libro negro que una tía suya le había regalado por su 15 cumpleaños. El rencor y la tristeza se volvieron mas fuertes y deseaba que su sufrimiento alcanzara a todo aquel que que estuviese a su alrededor.

En una habitación del piso que había elegido por su ubicación y oscuridad, la anciana encendió unas velas negras para invocar seres malignos. Cogió el cuchillo mas grande de la cocina y abrió el libro para recitar sus versos mientras las llamas de las velas creaban figuras extrañas de ella y las cabezas de cerdo sobre las paredes. Iba mutilando la lengua y parpados con euforia, la rabia se había apoderado de ella y terminó con las manos ensangrentadas llorando amargamente, fue cuando finalizó la sesión. En la isla empezarían a cambiar muchas cosas desde aquel día. 

Margarita de V. no sería la misma mujer que se limitada a observar desde la oscuridad. Volverían los misterios, mitos e historias sobre aquel lugar y sus habitantes.  No tardaría en conocerse la leyenda urbana sobre una bruja con ojos de serpiente que salía en las madrugadas por las calles más oscuras, buscando una victima solitaria que ofrecer al señor de la isla  para que, bajo la luz de la luna de sangre, lo convirtiera en cerdo.

II- EL MISTERIO DE LA ISLA: La anciana solitaria


Tras una tarde de ir y venir del matadero entre otras cosas, Margarita de V. se había quedado dormida en el sofá de su piso. Vivía en una zona privilegiada en la isla, en el centro del casco antiguo aunque ella no veía en ello un privilegio. Odiaba a los turistas y sus alborotos, solo veía cómo su querida isla que alguna vez estuvo limpia de“forasteros” como ella y los suyos decían, había cambiado, parecía que sus amistades y familia ya no eran tan importantes como lo fueron siempre, en aquellos tiempos en los que celebraban fiestas cada fin de semana e iban todos al chalet en la montaña. No se llevaba bien con muchos de sus invitados pero era todo lo que tenía. De eso hace mucho tiempo cuando su marido vivía y ella podía presumir de juventud, sobre todo porque era mucho mas joven que el. 

La viuda de V. Se había adormilado mientras oscurecía. Al despertar lo primero que vio fue la copa vacía en la mesita de noche y un pequeño libro con símbolos en la tapa, un regalo de su tía Marieta cuando ella era una adolescente. Se restregó los ojos y fue hacia la cocina a beber agua, al abrir la nevera comprobó que estaba vacía y no era por falta de medios, si no porque alguien debería ir al mercado y a ella aquella labor le parecía indigna de su condición . La cerró con rabia y vio unas manchas oscuras sobre la superficie blanca, entonces giro casi sorprendida y sobre la encimera estaba el cuchillo que había dejado por la tarde. Se dirigió al baño y se miró al espejo, en los ojos tenia sangre seca, también se miró las manos y estaban cubiertas de sangre. Se lavó enseguida y se quedó mirando su reflejo, sus ojos verdes casi brillaban y eran lo que mas resaltaba de ella por que su rosto hacía tiempo se había empezado a marchitar. Se acercó para verse mejor las arrugas pero parecían no afectarla. Solo deseaba que amaneciera. Regreso a la sala pequeña donde se había mudado hace tiempo, puesto que la grande era demasiado amplio para ella. Encendió la televisión para ver el noticiario pero la publicidad de colonias que anunciaban la hizo recordar lo cerca que estaban las fiestas navideñas que tanto detestaba. Apagó el aparato y se quedo sentada con la lampara encendida y otra copa de vino. En una esquina de la misma habitación estaban en un robusto mueble las fotos de sus familiares. Trataba de no pasar cerca ni encender las luces. se le erizaba la piel solo de verlos, parecían recordarla que ella era la siguiente en morir y que había  espacio para una foto suya. 

Din din don - Sonó el timbre de portal, ella corrió a responder:

¿Diga? -dijo casi susurrando

¡Oiga, tengo su encargo!– escuchó decir a una voz bronca.

¡Pase! - dijo mientras abría la puerta del portal. Los tres minutos que transcurrieron hasta que llegó el hombre a la puerta del piso le parecieron eternos y era una sensación que no tenía desde hacía muchos años. 

Es su cartón de Fortuna - El dueño del estanco lo saco de una bolsa negra y pudo ver con disimulo que no estaba en un piso cualquiera.

–  Aquí tiene. Quédese el cambio – Margarita extendió la mano con indiferencia mostrando un billete de cincuenta euros mientras intentaba evitar que el hombre curiosease en el interior de la casa.

–  ¿Lo de mañana está listo? – Dijo ella con impaciencia.

¡Todo listo, señora! – Antes de que él hubiese terminado de guardar el dinero en su chaqueta, Margarita V. había cerrado la puerta.

Mientras bajaba las escaleras iba pensando que el aspecto de la anciana había cambiado , quizás era debido a la escasa  luz del pasillo que no la había podido ver bien.

Al día siguiente, la alarma del despertador sonó a las 6 a.m. la hora que el repartidor de periódicos solía pasar por la plaza. Margarita se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Abrió un poco la cortina y vio al joven hablando con el dueño del estanco. Poco después escuchó la sirena de la policía y volvió a recostarse en el sofá mientras fumaba un cigarrillo y empezaba a sentirse como nueva.





CIENCIA FICCION

 

Siempre fui aficionado a las motos. A los veinte años tuve un accidente y me quedé tetrapléjico. Me pusieron un exoesqueleto de titanio y de nuevo pude gozar de movilidad.

Años más tarde, una enfermedad grave hizo que perdiese las extremidades superiores e inferiores. Me las sustituyeron por unas prótesis de titanio con ruedas autopropulsadas  en los extremos. En adelante pude rodar con total autonomía.

Con el tiempo y debido en parte a las penurias anteriores y también, debo reconocerlo a los excesos de todo tipo que cometí, me falló el corazón y lo sustituyeron por un novedoso motor eléctrico con tecnología de grafeno. Me dieron una garantía de cien años de funcionamiento

Estoy muy bien, pero tengo que cambiar el aceite cada diez mil kilómetros.

III-EL MISTERIO DE LA ISLA: Sembrando el misterio


        - Hoy no puedo ir a casa mujer, hay mucho lío en el estanco, comeré un bocadillo por aquí y luego voy para la cena.

        - Vale pero acuérdate de traer pan que nos hace falta.

        En su local situado en el casco antiguo de la isla, Manolo no tenía mucho lío. Al contrario esa mañana había sido tranquila, los cruceros no se esperaban hasta el día siguiente y tampoco era día de venta en la plaza. Salió a la puerta del establecimiento y se puso a fumar pensativo. Unos minutos antes de la llamada de su mujer, la señora había venido a la tienda, había hablado con ella, pero no recordaba ni la mitad de la conversación, solo tenía en la mente sus ojos verdes parecidos al de una serpiente y que tenía que dejar una caja en la plaza mayor antes del amanecer. Solo por eso le había dado 100 euros. La caja no era muy grande pero si pesaba, lo pensó un momento y la dejó con desconfianza en el almacén. Todo le parecía muy raro, le vinieron a la mente bombas y otros objetos peligrosos, todas esas ideas le hacia´n pensar en la cárcel y el no quería líos con la policía. No se explicaba como había aceptado hacer ese misterioso encargo, solo sabía que tenía que hacerlo. Al rato vio pasar por la acera a un vagabundo pidiendo un cigarrillo y el se negó por que no era el primero que le pedía. El tabaco empezaba a subir de precio y le costaba desprenderse de uno pero sobre todo le molestaba el gorroneo.

¡Ojala no tengas que pedir  nunca ni pesar hambre ni frío! - le dijo el mendigo mientras le lanzaba una mirada amenzánte y se alejaba pateando una lata de cerveza calle abajo.

        Manolo sintió como si un cuchillo de hielo le atravesara el cuerpo y pensó que si por dejar una caja en la plaza se viera en la cárcel o problemas legales quizás el vagabundo estuviera prediciendo su futuro. Tocó por encima el billete de 100 euros y pensó que no lo haría, que se disculparía con la anciana señora y le devolvería tanto el paquete como el dinero.

        Entro en el estanco después de tirar con cierta violencia la colilla y se puso a desempaquetar mercancía cuando sonó el teléfono.

       -¿ Estanco la plaza? -contestó de forma automática y quedó escuchando la voz del otro lado.

       - Perdone usted, pero no quiero hacerlo, temo que me meta en problemas, nol o haré  -dijo nervioso.

       - Es demasiado tarde para dejarlo, usted recibió el dinero y ahora debe terminar el trabajo. Puedo pagarle mas si es por eso. - La voz de la mujer sonaba distorsionada y Manolo se quedó quieto escuchándolo lo que ella le decía, solo asentía con los ojos mirando al vacío. Cuando por fin ella cortó la comunicación, el permaneció en estado de letargo  hasta que un nuevo cliente entro al estanco haciendo sonar la campanilla situada sobre la puerta.

        Después de llevar tabaco al piso de la misteriosa mujer, manolo cogió la caja del almacén y la dejo en el maletero del coche para por fin marcharse a casa. Apenas pudo dormir esa noche, así que se levanto mas pronto que nunca y salió rumbo  a la plaza mayor. El corazón parecía salirse del pecho mientras caminaba con al caja en brazos, la cual parecía deformada desde que la había recibido el día anterior. Sintió como un liquido frío le traspasaba el abrigo y se le erizo la piel.

        Al llegar al punto acordado, soltó la caja y caminó muy de prisa sin mirar atrás. Casi trotando giró hacia la calle donde estaba el estanco, quería meter las llaves para abrir la puerta pero los nervios le jugaron una mala pasada y tardó varios minutos en conseguirlo. Ya dentro quiso desprenderse del abrigo pero no ayudó que fuera un hombre grande y algo subido de peso. Se sentía mas torpe de lo habitual. Finalmente se lo quitó y lo tiró al suelo. Oyó como silbaba el repartidos de periódicos al pasar por ahí y se quedo quieto sin hacer ruido, miró el reloj ya iban a ser las 6:00am, levantó muy despacio la persiana y lo siguió con la mirada. Solo quería salir a fumar. Al ver que el chico ya se había ido, abrió la puerta y encendió un cigarrillo, entonces pensó en la caja del centro de la plaza y se alteró. Caminó detrás del repartidor para pedirle un periódico y se sorprendió así mismo con su actitud tan cínica cuando el chico le mostraba el descubrimiento que acababa de hacer.

        Cuando Manolo llamó a la policía lo hizo de forma automática, como si algo o alguien se lo ordenara, así que quiso marcharse en seguida para n o rendir cuentas pero no pudo evitar la curiosidad de mirar dentro cuando el chico abrió la caja. Al ver las dos cabezas de cerdo con símbolos satánicos en la frente, lengua y los parpados cosidos, se horrorizo, mas aún cuando su mirada se cruzó con su propio antebrazo manchado de sangre. Entonces si se marchó a toda prisa con la idea de olvidarse de todo y negar todo ante la policía si le acusaban de algo.

Sin embargo estaba seguro de que no lo conseguiría como que unos extraños ojos de animal le perseguían con su mirada.





                                                                                                           

I- EL MISTERIO DE LA ISLA: ¿Que hay en la caja?


Una mañana muy fría de febrero, amaneció la isla con un ambiente inquietante, el chico que repartía los periódicos andaba por una de las calles que desembocaba en la plaza principal. Como era usual a esas horas,  todo estaba cerrado. El chico iba distraído silbando, buscando con la mirada por las calles a quien ofrecerle un periódico. Cual sería su sorpresa cuando al llegar a la esquina de la plaza que solía estar vacía, lo primero que llamó su atención fue una caja en medio. Dejó el carrito con los periódicos y se percató que había un liquido oscuro alrededor, parecía haber estado allí mucho rato o quizás toda la noche porque sobre la caja volaban unas cuantas moscas y el cartón se había reblandecido. El repartidor no quiso acercarse mucho, se quedó a unos metros mirando con cuidado tapándose la nariz, temía el olor que pudiera salir.

- ¡Eh chaval! Dame un periódico - Escucho gritar al dueño del estanco que estaba de pie en la esquina. El chico giró la cabeza y señalando la caja contesto:
- Señor Manuel aquí algo aquí, creo que es sangre - como si algo le impidiera acercarse, estiró el cuello para mirar mejor lo que había dentro.
- Pero ¿ que historia es esta? - Se acercó el hombre con un cigarrillo en la boca.
- Esto es sangre! -  Dijo mientras abría los ojos con sorpresa -  voy a llamar a la policía, sabes quien la ha dejado? Preguntó el hombre bastante sorprendido.
- No lo se, lo he visto de lejos y me acerqué.  No he visto nada más ni a nadie. - dijo el joven
- ¡Hola! Estoy en la Plaza Mayor y quiero comunicar que he encontrado en medio de la plaza una caja de cartón con sangre… ¡No hemos tocado nada..! ¡Vale…! - Cuando Manuel terminó de hablar con la policía, el chico estaba en cuclillas abriendo con suma precaución la caja.
- ¿Qué hay dentro? - Se agachó con curiosidad.
- ¡Cabezas de cerdo! -El hombre se tapó la boca intentando evitar las nauseas.
- ¡Esto es cosa de gamberros! - Entonó muy despacio mientras miraba de reojo los zapatos del chico y tiraba la colilla  al suelo. Se incorporó  deprisa mientras comentaba:
- ¡Bueno! ahora  vendrá la policía que se encarguen ellos de aclarar esto, yo tengo que abrir el estanco. Diles  lo que sabes cuando estén aquí y que quedo a su disposición. -
Al marchar, vio como empezaban acercarse los vendedores de la plaza y los primeros turistas que desembarcaban en la isla mientras por una calle próxima se escuchaba la sirena de la policía. 
Desde una segunda planta, unos ojos verdes vibrantes observaban entre las cortinas todo lo que había sucedido.  Al ver a los agentes acercarse a la caja se perdieron en la profundidad oscura de su ventana.                                                                                                                                                                                     

jueves, 26 de noviembre de 2020

AQUELLA NOCHE

 

Dulce, aunque su carácter no hacía honor a su nombre, era sin embargo una chica seria y trabajadora, que aspiraba a tener una vida normal, una familia normal y unos hijos para criarlos.

Salía con un chico listo, Severino, que un día de primavera la dejó porque seguramente había encontrado a otra que le gustaba más, o que tenía más dinero o que vaya usted a saber, era más guapa y más simpática.

El problema llegó cuando al cabo de un mes, Dulce supo que estaba embarazada.

Primero llamó a Severino y le explicó el problema. No le pidió nada, porque no sabía que pedir.

-          Lo hablo con mi familia y te llamo para ver como lo solucionamos – dijo él.

La siguiente vez que intentó llamarlo, al cabo de una semana, se enteró que el número de teléfono había sido dado de baja. No volvió a saber nada de él.

Después se lo dijo a sus padres, que la animaron a marchar de casa y buscarse la vida.

-          Cuando lo hayas solucionado, puedes volver.

Solo tenía dos posibilidades. Podía abortar o dar el niño en adopción.

-          Quiero darle una oportunidad, se dijo – y aceptó la adopción.

Solo supo que había parido un varón y que tenía una mancha de nacimiento en el brazo derecho, con forma de un melón o un balón de rugby. La había heredado de ella, que tenía una igual, pero en el seno derecho. Le dijeron que la familia que lo adoptaba eran gente seria, decente y con buena posición económica.

Por mediación de los servicios sociales encontró trabajo en la casa del médico que la había atendido en el parto. El primer día tanto su esposa como él fueron muy amables, pero a la primera vez que quedaron solos en casa le metió mano. Ella protestó, lloró, pensó en pegarle.

-          Anda, tonta. Si ya sé que tienes experiencia.

Quiso marcharse, pero no sabía a donde ir. El médico, viendo la escandalera que había montado la vez anterior, se conformaba con tocarla, manosearla y decirle alguna grosería cuando no los veía su mujer.

Los jueves y los domingos, en su tiempo libre, salía a pasear por no estar en aquella casa. Y una tarde conoció a Alberto. Era amable, la invitaba a helados y la llevaba al cine.

Necesitaba contarle su angustia y su pena a alguien y se la contó a él. Se indignó y a ella le pareció que por fin alguien la entendía, alguien la quería.

-          No puedes seguir en esa casa. El próximo domingo te llevo con unos primos hasta que encuentre un piso donde nos podamos mudar los dos juntos.

No supo si de verdad eran primos de Alberto, pero aquella era una casa de citas. Trató de escapar, de tirarse por la ventana o de hacer lo que fuera para salir de aquel infierno. Pero varias dosis de heroína la domesticaron y la dependencia la hizo resignarse. Se prostituía, se drogaba e intentaba dormir sin pensar en nada, sin acordarse de nada. Solo la falta de la droga la hacía volverse loca y entonces estaba dispuesta a cualquier cosa por una dosis.

Pasó por varios pisos de varias ciudades distintas. Si hubiera pensado en ello, se habría dado cuenta de que cada vez los pisos era más pequeños y más tristes, los clientes más groseros y más desconsiderados y la heroína cada día estaba más cortada. Se hubiera dado cuenta de que era una mercancía que perdía valor. Con el tiempo sus amos de turno la pusieron directamente a hacer la calle en las zonas más deprimidas de las ciudades por donde pasaba. Tuvo varias infecciones, pero el SIDA parecía respetarla.

Pasaron veinte años, cumplió los cuarenta, pero cuando no estaba maquillada aparentaba más, con su cara pálida, sus ojeras marcadas y aquellos ojos continuamente enfebrecidos. Todavía tenía un buen cuerpo, pero las marcas de pinchazos en brazos y piernas alejaban a muchos clientes.

Un día notó que tenía ardor al orinar y fue a consultarlo. Era una blenorragia, pero le hicieron también las pruebas del SIDA y dio positivo.

Volvió desesperada al antro donde vivían ella y cuatro chicas más y se echó a llorar en la cama. Cuando apareció el rufián que las controlaba y se enteró del motivo del disgusto, le dio una buena paliza. Acababa de perder una fuente de ingresos.

-          Inmediatamente te vas a la puta calle – le dijo

Solo pudo llevarse la pequeña maleta que había traído con dos mudas, un vestido ya bastante gastado y la foto de sus padres a los que nunca había vuelto a ver. Y un abrigo viejo con varios años de uso.

Tuvo suerte de que no le registraran los bolsos del abrigo. Allí tenía todos los ahorros de veinte años de dolor y humillación. Lo contó, eran doscientos veinticuatro euros.

No sabía qué hacer ni a donde ir. Y decidió volver a su ciudad.

Entre el billete, un bocadillo que le sirvió de comida y cena y dos dosis de heroína, gastó ciento cuatro euros. El primer día que pasó en la ciudad buscó una pensión, pero eran muy caras. Decidió dormir en la calle.

Pedía limosna para comprar droga y comía lo que podía. Dormía en los bancos del parque. Pensaba que estaba mejor así que aguantando los golpes de un rufián. En alguna ocasión intentó abusar de ella algún zaparrastroso que estaba drogado o bebido, pero no había tenido problemas para desembarazarse de él. Tenía una navaja de 20 centímetros de hoja y nada que perder. Así que cuando la veían revolverse con rabia, la dejaban tranquila y seguían su miserable camino. A veces, por las noches, cuando no estaba con el mono pensaba que por lo menos el hijo tendría una vida buena y decente. La hacía sentirse mejor pensar que había tomado la decisión adecuada.

Un día, en mitad de la noche, la despertó un fuerte dolor en las costillas, le acababan de pegar una patada con una bota terminada en puntera metálica. Abrió los ojos y vio a cuatro niñatos, vestidos como nazis de película y con la insignia de un conocido grupo ultraderechista. Intentó coger la navaja, pero le descargaron un golpe en el brazo con una cadena y sintió crujir el cubito y el radio del antebrazo y romperse.

El que parecía ser el jefe, con su cazadora de piel buena, sus botas relucientes y tachonadas de clavos y un bastón acabado en una aguda punta de acero, se rió al ver su cara de dolor.

-          Vas a morir, por guarra.

Y levantó el bastón para pegarle un golpe en la cabeza. Acostumbrada a protegerse de los golpes, de forma automática levantó el otro brazo y lo miró tratando de adivinar la trayectoria. Y entonces vio en el brazo derecho del agresor la mancha en forma de balón de rugby. Y vio su cara, que era muy parecida a la cara de quien le había hecho un niño hacía ya veinte años. Y los ojos azules, igual de azules que los suyos.

Recibió el golpe en el hombro derecho y quedó con los dos brazos inutilizados. Y él levantó la pesada bota y se dispuso a darle una patada en la cabeza. No intentó defenderse, solo lo miró y sintió que la cara de aquel joven expresaba mucho más miedo al ir a rematar a una mujer indefensa que el que sentía ella dejando la vida en aquel parque. Era una cara llena de miedo y de odio.

Mientras se moría pensó que igual no le había hecho ningún favor no abortando.

 

 

 

 

siempre a su lado




Matilde mira a Manuel de soslayo y coge su mano. Ha notado que él se va un poco de lado y ralentiza el paso.

Su sola mano endereza y da fuerzas a Manuel que sigue paseando a su lado, siempre a su lado, en silencio.

Se sientan en su banco. Todas las tardes después de llegar al punto más alejado del recorrido se sientan en el mismo banco que está bajo el alero de un viejo edificio sin servicio dentro del parque.

Matilde entrega a Manuel la bolsa con el pan viejo. O polvo de galletas, ¡da igual! Y él lo va echando a sus pies. Pocos segundos más tarde están rodeados de pájaros.

Manuel sonríe con un gesto congelado. Cuando se termina el pan o las galletas siguen allí viendo a las aves terminar su festín y de nuevo Matilde, a pesar de su dolor de espalda, ayuda a levantarse a Manuel para seguir su paseo saliendo por la otra puerta del parque y regresar a su casa.

Pero antes la parada obligatoria en la cafetería. Un chocolate y unos churros es el premio por el esfuerzo. Mientras, llega la noche.

Matilde ha ayudado a Manuel a desvestirse y a asearse mientras escucha sus quejas. Después de ponerle el pijama un poco de televisión, preferiblemente fútbol mientras cenan ligeramente. Ella recogerá los restos de esa cena y le acuesta.

Media hora más tarde, su único tiempo para dedicarlo a sí misma, se echa en la cama de al lado. Cuando hay suerte Manuel está dormido y lo estará toda la noche.

La medicación ayuda.

Ella se pierde en añoranzas y casi siempre se le escapa una lágrima que limpia con la sábana.

A veces cuando hay suerte, Matilde se duerme también.

Mañana hay que ayudar a Manuel a levantarse, a asearle, a vestirle, le dará de comer, le ayudará a hacer unos ejercicios físicos y otros mentales para que su Alzheimer no le aleje más de ella.

Ha aprendido Matilde a disfrutar ayudando a Manuel. Cuando le diagnosticaron la enfermedad hace diez años pensaba que no iba a poder con ello y sin embargo ahora parece que es él quien le da vida cada día haciéndola imprescindible.

Matilde tiene ochenta años. Manuel ochenta y seis y llevan sesenta años juntos.


 

martes, 24 de noviembre de 2020

MARAÑA I

1.-



Recordaba yo sus lágrimas de los días en los que él apenas ya recordaba nada. Su mirada de dolor. Pero sobre todo me impresionaba cuando esta se transformaba en odio. Eran solamente unos segundos, pero veía cuanta tensión acumulaba en aquellos instantes.

¿En qué estaría pensando? ¿Qué recuerdos atravesarían la maraña de conexiones de su dañado cerebro?

Mi padre llevaba ya veinte horas de agonía.

Si es verdad que la vida desfila delante de tus ojos antes de morir, aquella angustia que padecía no era del tiempo en el que yo le he conocido. Eran recuerdos anteriores Y poco a poco yo misma iba recordando retazos de historias que en algún momento de nuestra vida en común había empezado a insinuar, más que a mostrar.

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Maldita fábrica, malditos todos. De allí le echaron simplemente porque los tiempos de que ganaron la guerra no permitían la defensa de los derechos laborales como se acostumbraba antes. Eran los dueños paternalistas con aquellos que les limpiaban las botas con la lengua. Y por allí Bonifacio no iba a pasar. Jamás se rebajaría a la condición de esclavo.

Iba caminando un hombre solo, apenas pasaba de los cuarenta años, sobre una carretera polvorienta que bien conocía. Antes de que despuntase el sol caminaba hacia él seis días a la semana para llegar antes de que sonara la sirena. Los hombres iban entrando en las tripas de aquellas construcciones de ladrillo con las primeras luces del alba y salían cuando estas eran ya un rojo reflejo en el horizonte. Al menos así lo recordaba la mayor parte del año. Regresaba a su casa intentando captar aquella escasa luz y cantando para sí alguna de aquellas canciones que la tierra y sus habitantes le habían enseñado. No tenía mala voz Bonifacio.

Así había sido su vida desde los veintiuno años que regresó del Servicio Militar. Por suerte no había salido de la Península. Luego supo que uno de sus tíos había intercedido por él porque de su padre bien sabía que no podía esperar nada favorable.

Apenas mantenía contacto con su familia, y si acaso, furtiva, como las visitas de su madre. De vez en cuando aparecía en su casa con algunas pertenencias, ropa, comida e incluso algunos animales vivos, pollos, conejos. Miraba todo y a todos rápidamente, como para entender por qué su hijo prefería aquella casa tan poco acogedora, a la de ellos en el pueblo de al lado donde por haber había hasta criados como bien sabía su nuera, que había pertenecido al servicio.

A ella, a Leonor no la dirigía la palabra en aquel escaso cuarto de hora en la que estaba en su casa. Sin embargo aprovechaba para acariciar a sus nietos, uno cada tres años con puntualidad de reloj suizo, tres chicas y un varón en el que reconocía no solamente a su hijo sino también a un hermano que había muerto muy joven cuando se le gangrenó la mano que se le había quemado echando un cohete en las fiestas de Nuestra Señora, el mismo año en el que había nacido su único hijo vivo en la actualidad, el que la había dejado por la doncella y prefería trabajar de sol a sol en una fábrica y luego ordeñar el par de vacas que tenían, en vez de vigilar desde un caballo cómo otros hacían el trabajo de sus fincas. Él hubiera sido el heredero. A sus hermanas se les había buscado un buen partido, como debería ser. Y sin embargo Bonifacio lo había echado todo a perder por aquella pazguata que además no era especialmente guapa y sí tosca. Muy tosca.


El día que le despidieron, mientras regresaba a su casa bajo los rayos de sol a finales de junio, remangado y sudoroso iba pensando que sus hijos se merecían un esfuerzo por su parte. No las podía faltar el pan. La mayor acababa de cumplir quince años, la pequeña tan solo seis.

Estaba dispuesto a pedir perdón a su padre y ofrecerse si no como hijo, sí como empleado. Pero cuando llegó a divisar la casa no pudo hacerlo. Siguió caminando hasta terminar el pueblo y ya en los lindes se aventuró a pedir trabajo en la mina de hulla que a cielo abierto extraía aquel material.

El capataz conocía a Bonifacio y conocía a su familia. No dudó en darle una oportunidad. Empezaría a trabajar al día siguiente. Iba a cobrar menos, pero a destajo por lo que finalizada la faena, en cuanto cogiera el ritmo necesario podría ayudar más en las faenas de la casa e incluso hacer algún trabajo extra como forjador.

Regresó a casa satisfecho, hasta contento cantando tonadas y  saludó con la mano a su madre que estaba cosiendo en la solana al pasar por delante de ella.

Tan solo quince días más tarde y por última vez atravesaría el estragal de la casa donde había nacido, llevado por sus compañeros por ser el lugar más cercano donde ir a morir.

Nunca estuvo muy claro por qué la vagoneta se deslizó silenciosamente hacia atrás cuando él remachaba unas puntas de la vía. ¿Se había olvidado de echar el freno? ¿No funcionaba? Nunca nadie dio una explicación coherente al accidente. Las suposiciones no evitaron que el derrame interior que le produjo el golpe sobre su costado, le llevase a la muerte tres horas más tarde.

A su hijo le avisaron cuando salía del colegio y corrió sin esperar a nadie hasta donde sabía vivían sus abuelos paternos. Pudo despedirse de él y escuchar sus últimas palabras:

-“Ahora serás el hombre de la casa, cuida de tu madre y de tus hermanas”

Ya estaba inconsciente cuando llegaron ellas. Y cuando llegó Don Fidel, el médico, solamente pudo certificar su muerte.

La viuda solicitó una carreta para llevarlo a velar a su casa. Su suegra quiso impedirlo, pero no recibió el apoyo de su marido. Aun así asistieron a los funerales en la primera fila de la derecha, dejando la izquierda para la familia política.

Al final y ya en el cementerio llegó a manos de la viuda una propuesta para hacerse cargo de los niños que rompió aquella joven de quince años que acababa de quedar huérfana.

También llegó un sobre con la paga de dos semanas y una pequeña indemnización por parte de la Empresa Minera y algo más que aportaron sus compañeros para ir tirando.

La vida no fue fácil. Su madre empezaría a trabajar al servicio de los dueños de la tienda-cantina del pueblo. Muchas horas que a veces se pagaban con mercancías de la propia tienda.

Don Fidel que era tío del difunto Bonifacio, hermano de su madre, siempre ayudó bien por propia voluntad, bien por encargo de su hermana de los chicos. Fue colocando a las hermanas en un Hospital de la capital según iban teniendo edad para ello. La mayor estuvo trabajando como ayudante de enfermera bajo las órdenes de las rígidas monjas de la Caridad. La segunda, de prontos imprevisibles, enseguida tropezó con una de ellas y prefirió elegir el trabajo en la cocina donde cocinaba, fregaba, servía los alimentos para los enfermos y personal de guardia.

Ambas conocerían allí a sus maridos, un practicante y un conductor de ambulancia y como regían las normas en aquel tiempo, tuvieron que dejar de trabajar cuando se casaron. Como también ocurrió a la pequeña.

Allí fue a trabajar mi padre con diez y nueve años cuando libró del Servicio militar por“hijo de viuda”, pero poco tiempo. Una “pleuresía” le terminaría convirtiendo de camillero a paciente y de allí se volvió al pueblo aunque por poco tiempo. Él escapaba de la fábrica de la que echaron a su padre y la culpaba de su muerte temprana. Escapaba de la mina y del trabajo con el ganado ajeno que cuidaba de pequeño. Recordaba el hambre, el frío y las necesidades y escapaba de todo ello y de las muchas veces que quiso dejar la dignidad atrás y pedir cobijo en la casa de sus abuelos ricos. Pero no, no lo hizo nunca y ayudó como pudo a las mujeres como le pidió su padre, aunque a veces se preguntaba si no eran ellas las que más ayuda aportaban.

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¿Esos eran los recuerdos que ahora pasaban por su mente que le llenaban de zozobra en sus últimas horas de vida?

A mi lado estaba mi hermana. Al otro lado mi madre y sus nietos fuera de la habitación. No estaba solo, pero ¿Lo sabía?

                                                                                                            Continuará


 

miércoles, 18 de noviembre de 2020

Felicidad

  
 
                            FELICIDAD






 Estaba Elena a punto de coger un avión, era casi la hora del embarque y se sentía llena de alegría pensando que pronto estaría junto a su familia. Ya no tenía que usar mascarilla. La nueva normalidad le sentaba de maravilla. Notaba que todo le iba bien en la vida, tenía solvencia económica y podía permitirse ir a cualquier lugar, viajar en avión a Barcelona o a Japón, un país que le gustaba por su afición a los doramas. Se acomodó en un asiento y se imaginó en las calles de Tokio, caminando entre una multitud, y parando a mirar los muñecos de anime en las tiendas, las grandes superficies de ropa y accesorios, descubrir un lugar especial.

-Será mi siguiente parada – pensó con una sonrisa.

Miró el reloj y se aproximo a la puerta donde una azafata comprobaría su DNI, para después desearle buen viaje y ella seguiría su camino. Llevaba muy poco equipaje, una maleta pequeña y un bolso negro que se había comprado hace poco con todo lo que necesitaba, una tarjeta de crédito y documentos, ¿para que mas? Se sentó en su butaca y comprobó que habían pocos pasajeros, le tocaba ir sola en una fila de dos asientos. Se relajó tanto que sin darse cuenta había llegado a su destino.

Al bajar recibió un mensaje de whatsApp de su grupo “amigos”, la estaban esperando en el aeropuerto para darle la bienvenida después de muchos meses sin verla. Todo era perfecto y eso casi llegaba a abrumarla. No tenía en mente nada negativo o que le causara preocupación y eso si que era extraño, no presentía nada malo, solo tenía ese sentimiento de extraña felicidad.

En la salida del aeropuerto vio a su grupo de amigos y levantó los brazos saludando alegremente, quería abrazarlos a todos. Pero de pronto sintió un dolor punzante en el pecho, se detuvo con una sensación de angustia que casi no la dejaba respirar, observó como en cámara lenta a sus amigos le cambiaban sus caras de alegría a otras de asombro y miedo. Ella veía todo borroso y sentía que caía al suelo lentamente, mientras se esforzaba para respirar por la boca justo antes de abrir los ojos y darse cuenta que todo había sido un sueño.

Elena se encontraba en su habitación a oscuras y en silencio, Tenía una opresión muy fuerte en el pecho, la respiración se aceleraba y en casi unos segundos recordó que se había dormido llorando, por las deudas que tenía pendientes, los dolores de espalda que cada vez soportaba menos y la familia ausente que hacía demasiado tiempo no podía abrazar. Sin trabajo y sin poder salir por el confinamiento, esa noche había tomado unas pastillas para dormir y después de varios días por fin había descansado algo. Volvió a sentirse muy triste y abatida. Miró desde la ventana la oscuridad de las calles y su silencio cansino. Suspiró casi sollozando y se tomó otra pastilla para volver a sus sueños y así intentar escapar de aquella pesadilla.


ESCRÚPULOS

 

Tantas veces intentaron quererse. Tantas veces se buscaron sin encontrarse que finalmente a nadie extrañó que se fugaran juntos huyendo de ellos mismos. Dejaron atrás sus matrimonios rotos, unos hijos que eran el reflejo de su propio fracaso y nietos que los miraban como se mira a una naranja dentro de una exprimidora, Solo tenían interés en sacarles todo el jugo posible.

Se habían conocido el día de su primera comunión. El cura que iba a oficiar la misa se puso enfermo y tuvo un desvanecimiento. Mientras trataban de reanimarlo y los feligreses comentaban que el desmayo le había producido al cura un fuerte olor a alcohol, ellos se metieron en un confesionario y estuvieron media hora larga jugando a médicos.

Comulgaron con la conciencia de haberlo hecho en pecado mortal y fueron conscientes que para el futuro tenían que escoger entre el juego de médicos y la comunión. Cada uno por separado, decidió que preferían seguir jugando a médicos, pero no encontraron valor para hacerlo juntos porque al mirarse veían las llamas del infierno en los ojos del otro. De manera que dedicaron sus esfuerzos a jugar a médicos y enfermeras con otras personas de distintos géneros.

Con el tiempo, fueron a la universidad y allí coincidieron en las clases de Ecuaciones Diferenciales Aplicadas a la Física y como para entonces ya no creían en las llamas del infierno no encontraron reparo en recordar el día de su primera comunión y terminaron acostándose los martes y jueves primero al acabar las clases y con el tiempo faltando a ellas.

Esto hizo que acabaran suspendiendo la asignatura. Fue el único baldón en sus inmaculados historiales y fue la causa de otra traumática separación.

El incidente los llevó a casarse por separado, ella con un famoso traumatólogo y él con una traumatóloga famosa. Se veían por Navidad en la fiesta anual del Departamento de Física de la Universidad, pero no todos los años concluían la fiesta en un cuarto de hotel, solo aquellos en que los dígitos del año eran un número primo.

Y pasaron los años, tuvieron hijos y con el tiempo nietos y sus matrimonios burgueses y bienintencionados acabaron en un trauma como era fácilmente previsible.

En la fiesta del año 2011 que es número primo, decidieron marchar a vivir juntos lo que les quedaba de vida. El 31 de Diciembre por la mañana, llamaron a sus cónyuges desde el automóvil en el que ya se habían embarcado rumbo a la libertad y les dijeron adiós.

Varios kilómetros más adelante, a mitad de una amplia curva de la A-8 él la miró y le dijo:

-          ¿Supongo que sabes que no te quiero?

-          Pues claro, nunca me hubiera fugado con un idiota que estuviera enamorado de mí. No quiero líos.

Él le dio un beso, ella le metió la lengua en la boca y sin darse cuenta desplazó el volante a la izquierda y se empotraron contra un camión que venía cargado con 20.000 litros de leche. La carretera quedó blanca en una extensión de 50 metros.

Ella murió instantáneamente y el tardó un par de minutos en expirar. Su último pensamiento fue que el accidente era un castigo por haber hecho la primera comunión en pecado mortal.

 

 

 

lunes, 16 de noviembre de 2020

Lo que la cámara vio

 

En su profesión lo importante era llegar el primero.

Su coche, un dacia sandero stepway de color gris cometa, la esperaba en la calle en zona verde, la zona reservada para los residentes. En el interior estaba su tesoro más apreciado, una Canon EOS Rebel T7i, dentro de una caja de zapatos. La mejor forma de guardar un tesoro es dejarlo a la vista, eso le había enseñado su abuelo que de esconder tesoros sabía bastante.

Arrancó con brusquedad, ni ella sabía si lo hacía por presión o prisas o porque no sabía  hacerlo de otra forma. Era uno de sus rasgos significativos.

Cuando llegó al lugar de los hechos, recogió de la caja su cámara y con decisión se dirigió hacia donde ya habían llegado un zeta de la policía y algunos curiosos. Algunos de ellos lloraban histéricos, otros se movían nerviosos en círculos como si desearan irse sin tener permiso para ello.

Cuando por fin Lucía Charlín disparó por primera vez, casi ni viéndolo plasmado en el visor, ni directamente con sus ojos mejorados con lentillas podía creer lo que su mente le transmitía: Delante de ella y dentro de poco, delante de todos aquellos a los que llegase su fotografía ya difundida por wifi, se encontraba un pequeño ser gravemente herido, pero todavía vivo, junto a una nave accidentada. Un ser que demostraba que no somos los únicos seres vivos del Universo.

lunes, 9 de noviembre de 2020

 

Microrrelato  DE ENAMORADOS


    Cuando Julieta despertó y no encontró a su lado, muerto, a Romeo exclamó:

     - ¡Madre mía, menos mal que todo ha sido un sueño!

    Romeo en aquellos momentos si yacía muerto en una calleja cercana, un ladrón desaprensivo le había intentado robar el ramo que llevaba a su amada. Al oponer resistencia, el ladrón le había apuñalado lleno de furia.

    - ¡Lo siento chaval si llego a la cita con Melibea sin un detalle hoy, soy yo el muerto! – dijo Calixto mientras corría con las rosas rojas en la mano.

    - ¡A quién se le ocurría inventar un día de los enamorados! – iba comentando casi sin resuello el enamorado asesino – ¡¡Y a quién escribir de lo bonitos que son los amores trágicos!!


 

sábado, 7 de noviembre de 2020

 

        MIEDO y MANÍAS (narración escrita en la primera ola de la pandemia por COVID 19)

    Cómo o cuándo empezaron aquellas manías, era difícil poner un tiempo. Largo para la mayoría. Ayer, si se le hubiese preguntado a ella. Como mucho la semana pasada.

    Violeta vivía en una casa apartada a las afueras del núcleo rural. Era una mujer que rozaba los sesenta años, viuda desde hacía más de doce años, había quedado a vivir en la casa familiar que había aportado su marido al matrimonio. Tan cerca, tan lejos de la que hasta entonces había sido su hogar en una población cercana si hubiese tenido coche. Pero aquello era un lujo del que no iba a disponer, y cuando ya viuda, intentó sacar el carnet de conducir, la teoría se le encalló y no hubo más intentos.

    Su cultura general era más bien escasa. Había ido al colegio hasta la edad obligatoria pero durante los cursos que se iban sucediendo, los inviernos nevados y las malas carreteras la impedían ir a la escuela algunas veces, otras eran las labores dentro de sus obligaciones familiares. El campo y los animales o las enfermedades de algún miembro de la casa que aportaba mano de obra, eran sustituidas por las suyas de chica para todo. Hasta de partera de su madre en las dos últimas ocasiones.

    Y Violeta era la mayor de las chicas hasta que llegaron las gemelas. Una de ella sería la encargada de atender a los padres cuando fuesen mayores, así que a los veintitrés años la casaron con Vicente, un chicarrón sano y jovial posible heredero de la mitad de los terrenos fértiles en la otra vega del río Agüero. Y a la casa de él fue llevada el mismo día de la boda, con su traje de chaqueta gris perla, como vestido de novia,. Fue una ceremonia severa y una comida abundante y concurrida, invitación de sus padres con casi todos los ahorros de los que podían disponer después de la venta de los terneros en el mercado. Perdían una hija, pero sumaban una boca menos a alimentar de por vida.

    Así eran los tiempos aquellos. Veinticinco años después le llegaría la viudedad como no le llegaron los hijos, por sorpresa y con decepción. Heredaría la casa de por vida, sin llegar nunca a ser de su propiedad así que con sus manos solamente intentó mantener en uso para su sustento, la cuadra y las huertas. De vez en cuando los sobrinos de su marido le llegaban para hacer compañía y si cuadraba echarla una mano.

    Vendió las vacas y compró algunas ovejas y cerdos, animales que requieren menos esfuerzos y crían, sobre todo los últimos, con más facilidad.

    Y junto a las gallinas, los gatos y su perro redondeó su entorno familiar.

    Violeta no tenía buen carácter. Nunca fue especialmente alegre, usaba más bien la sorna que algunas veces no era bien entendida por los oyentes, pero se acostumbró a ser una persona independiente y la soledad nunca la molestó. Y así fueron pasando más años, hablando a los perros como si fueran sus hijos y viendo los culebrones de la televisión cuando estaba en casa y un transistor pequeño la acompañaba a la huerta o a la cuadra, todo su mundo.

    Era habitual encontrar a Violeta en los lindes de su propiedad. A quien la saludaba, ella saludaba. A quien le ofrecía una conversación, ella apoyaba su codo sobre la azada o sobre la cerca de madera que delimitaba la huerta y continuaba la conversación, tratasen lo que tratase. Si alguien le pedía un favor, ella respondía firmándose un contrato de reciprocidad nunca escrito.

    Si alguien en algún momento intentó abusar de ella, tanto en los negocios de los que vivía, o físicamente considerándola una persona indefensa, cuanto menos habían terminado escaldados. Los presuntos estafadores acababan por no poder hacer más negocias en la comarca, tan lejos llegaban sus quejas. Quien quiso abusar de su cuerpo contra su voluntad, terminó con magulladuras en sus partes más sensibles al dolor y dentelladas en tobillos y brazos por parte de sus fieles cánidos. Nunca más hubo nuevos intentos.

    Liberada de las ataduras del matrimonio, jamás busco refugio en otros brazos y no era mujer besucona aunque le gustaba abrazar a las personas que apreciaba. Sus sobrinos lo sabían bien. Y Roqui y Russo, sus chuchos. Hasta los gatos, tan ariscos ellos, soportaban estoicamente sus mimos, al final había premio en forma de una golosina para el paladar.

    Cuando empezó a escuchar en radio y televisión que una amenaza invisible se cernía a su alrededor, de una forma poco lógica comenzó a sentir miedo. Un miedo que la dominaba sin poder remediarlo. Se empezó a lavar las manos de forma compulsiva. A falta de otras barreras, tapaba su boca, su nariz con los pañuelos que para el cuello o cabeza había acumulado de regalos de cumpleaños o Navidad que le hacían llegar sus familiares. Dejó de prolongar las conversaciones y no se acercaba a los transeúntes que pasaban cerca de sus lindes. Nunca la cuadra olió tanto a lejía. Algún animal falleció, sobre todo gallinas y gatos, por no poder evitar la intoxicación o el envenenamiento de los productos desinfectantes, pero Violeta no deseaba de forma alguna terminar su vida sola y rodeada de tubos que respirasen por ella en la UVI de un hospital. Eso ya lo había vivido con su marido.

    Siguió la información de los síntomas. Nunca se puso tanto un termómetro. Nunca se aplicó tantas inhalaciones de eucalipto. Nunca se miró tanto la piel a la que bañaba con alcohol de romero.

    Fue un vendedor de piensos el que dio la voz de alarma. En la casa de Violeta había un extraño silencio, roto por el cacareo histérico de algunas aves y el gruñido lastimero de los cerdos. No había ladridos, ni la mujer respondía a las llamadas. Se informó antes de llamar a la guardia civil. Los vecinos hacía semanas que no la veían, todos metidos en su mundo, no eran capaces saber desde cuando.

    La encontraron muerta en la cama, con sus perros alrededor con síntomas de desnutrición severa. Hubo que sacrificarlos. Las uñas de la mujer, muy largas, habían roto unos guantes de latex que cubrían sus manos y la piel de sus brazos rota por los arañazos que ella se había proporcionado. Lo que el forense calificó de patomimias. Y al no encontrar ninguna otra causa posible que desencadenase la muerte, el informe concluyó que era un fallo cardio-respiratorio.

    Pero en mucho tiempo ni los dos guardias que la habían encontrado, ni el forense pudieron borrar de sus mentes la sospecha de que Violeta murió de puro miedo. Eso expresaban sus ojos extremadamente abiertos, como si lo último en ver fuese a la propia muerte vestida del virus que tanto temía contraer. En la comarca, el índice de prevalencia frente a la nueva enfermedad completado días después del funeral de Violeta, confirmó que el noventa y nueve por ciento de la población nunca habían estado en contacto con el Coronavirus.


viernes, 6 de noviembre de 2020

Dulce Halloween

 



DULCE HALLOWEEN

La tarde daba inicio a la noche. A Marta le parecía extraño ver tantos niños en las calles, sobre todo porque empezaba a oscurecer.

-        ¡Buu, soy un monstruo malo!

-        ¡Oh no!, ¡No me hagas daño! Te daré chuches.

            Iba la madre hablando con su hijo pequeño. El niño llevaba un disfraz de Frankenstein. Caminaban cogidos de la mano y conversaban animadamente. Iban calle arriba donde, al parecer, había mucha más gente y muchos más pequeños monstruos.

            Marta estaba sentada en un banco de la esquina del parque observando muy atenta aunque su mente no estaba allí. Recordaba que hacía unos días, en casa, el niño se había puesto una máscara de lobo y ella se había asustado, pero él se lo pasaba muy bien corriendo por todos los lados, daba vueltas por el salón, saltaba sobre los muebles a todo reír. Todo le parecía le parecía a Javier alegre y animado. Era en único día del año en el que la madre decoraba todo en color negro y naranja. Ponía esqueletos que reían de forma estridente sobre las paredes y caramelos que Marta no podía ni tocar. A ella no le gustaban ni los disfraces ni la decoración con calabazas en la entrada de la casa.

            Apenas se dio cuenta de lo rápido que había oscurecido y tuvo frío. Miró al cielo donde reposaba la luna llena. Caminó deprisa por el lado más oscuro de la calle. Estaba triste, no le apetecía que la vieran todas aquellas personas. Al doblar la esquina se cruzó con un gato negro que cruzaba veloz, se sintió tentada a seguirlo pero quería llegar a casa lo antes posible y continuó en solitario su camino.

            Ella también caminaba muy deprisa, lo cierto es que se sabía muy lejos de su hogar. Paró cerca de un kiosco donde desde el escaparate le miraba un esqueleto con los ojos iluminados lo que le hizo recordar la decoración que madre había puesto en el pasillo y deseó estar en él. Al rato el dueño del local se asomó a la ventana y la echó una mirada fría que la hizo desear llegar a su casa lo antes posible. Tenía que decidir si elegir la calle de enfrente que parecía no tener fin o girar a la izquierda. Estaba muy desorientada.

            Una familia que pasaba cerca la vio lo que la hizo acelerar el paso y cruzar al parque situado en la calle contraria, desde allí pudo oír mientras se alejaba a la niña vestida de princesa llorando pedir más caramelos.

            Sin apenas darse cuenta llegó a la estación de trenes y recordó que desde casa siempre los oía pasar:

            – Ya debo estar cerca –  pensó con alegría hasta que un hombre vestido con una túnica negra y máscara quiso asustarla pero sus amigos le llamaron y se fue con ellos.

            Marta quiso seguirlos, poderles preguntar por su dirección pero los sujetos se fueron hablando a voces. Estaba cansada. Y triste. Le molestó que la ignorasen. Le dolía pensar que estaba perdida y que no volvería jamás con su familia. Se acurrucó en un portal de la calle principal, no pudo evitar que se le escaparan varios gemidos. Oía al viento mover los árboles y las nubes amenazaban con tapar la brillante luna.

              ¿Hola! ¿te has perdido? – preguntó una mujer aparecida en medio de sus lágrimas.

Marta quiso asentir pero sólo pudo quedarse quieta mirando a aquella persona.

           ¡ Víctor, ven! Creo que está perdida...

            Marta comprobó que a la llamada de su salvadora llegaban otras personas, padres y madres se acercaban con sus hijos de regreso de la fiesta y entre ellos pudo reconocer a Javier. Se estiró todo lo que pudo para hacerse ver mientras se le iluminaban los ojos con la luz de la esperanza.

            – ¡Papá, mamá! ¡Es Marta! – El niño corrió hacia el portal y la abrazó mientras la llenaba de besos.

            – ¡Cuidado Javier, puede estar herida! – El padre la recogió entre sus manos para comprobar que se encontraba bien. Sucia, pero bien.

            – ¡Perdón!, ¿es su gata? – preguntó la mujer que ahora estaba junto a su marido.

          – Si, la hemos estado buscando desde ayer por la tarde que se debió asustar con los preparativos de la fiesta. Hemos puesto carteles por el barrio pero nadie nos daba razón. Gracias por encontrarla. ¡Vaya suerte!

           ¡No hay de qué! Acabamos de verla en el portal miagando. Estábamos pensando en llevarla a una protectora porque no sabíamos que hacer aunque se ve que es una gata casera y bien cuidada.

          Gracias de igual manera. Marta es parte de la familia, nuestro hijo dice que es su hermana y solemos estar pendiente de ella porque le gusta estar en el balcón, sobre todo ahora que los días son frescos porque el sol por la mañana da en él y se pone muy quieta a aprovechar el calor que llega. Cuando dejamos de verla supusimos que estaría cerca. Ha sido un día muy duro sobre todo para mi hijo que enseguida se ha puesto conmigo a pegar los carteles y a alertar a los vecinos por si la veían. Incluso en un día tan especial para él como hoy ha preferido eso a pedir caramelos por las casas.

           ¡Eso se arregla enseguida! – Dijo la buena vecina mientras entregaba a Javier una calabaza de plástico rellena de dulces.

         ¡Mil, gracias! –  Los ojos del niño brillaron de alegría. Recogió el obsequio sin dejar de sostener a la gata que parecía dormida. Y luego pidió a sus padres volver a casa para acostarla en su cojín.

            – Si pero mañana la llevaremos al veterinario para asegurarnos que se encuentra bien. – Añadió el padre mientras pasaba la mano por el hombro del muchacho que acariciaba el lomo del animal con ternura.

           Cuando Marta despertó en su casa casi no se lo podía creer aunque en el fondo de su corazón siempre confió en volver con su familia hubo momentos en los que se veía vagando sola por las calles. Y lo mejor frente a ella, rellenando con rica leche su cuenco de comida estaba la madre.

           ¡Hola pequeña! ¡Vaya susto nos has dado! Pero ahora ya estas en casa tranquila.     

          ¡ Miauw ! – maullaba Marta y se acercó a rozar su cuerpo con la pierna de la mujer que a su vez extendió muy despacio su mano por todo el lomo del animal.

           Ya durante la noche, cuando la familia dormía, Marta recorrió la casa, su casa mirando la decoración que sabía nunca le iba a gustar, pero aquella noche estaba contenta de ver los esqueletos, la calabaza, los caramelos en la entrada y los fantasmas pegados a los cristales de las ventanas. Se acercó al balcón y miró a la luna que aún seguía brillando, esta vez sin nubes que la taparan a ella y a las muchas estrellas en esta noche de Halloween.

EL LEGIONARIO

             Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor america...