Hay personas que parecen nacer predestinadas para ser felices, personas a las que sonríe la vida y la fortuna desde la misma cuna.
Inmaculada era una de ellas. El
padre era comercial en una multinacional de alimentación y poco a poco se iba
haciendo con las mejores cuentas de la firma. Se llamaba Daniel y era alto y
guapo, de pelo rizado y ojos marrones que parecían sonreír a la vida. La madre,
Esperanza, procedía de una familia noble aunque venida a menos. Tenía ese tipo
de belleza lánguida que solo se consigue tras muchas generaciones que no
necesitaron trabajar para ganarse la vida. Había estudiado esas materias nobles
que tienen poca utilidad en la vida corriente y por las tardes tocaba el
clavicordio sentada en una silla de cuero que tenía grabado el escudo de su
familia, con patente de hidalguía por lo menos desde hacía tres siglos. Es cierto
que la silla tenía el cuero bastante gastado y que el presupuesto familiar no
alcanzaba por entonces para invertir en estos pequeños problemas domésticos.
Pero a ella no le importaba y tocaba el clavicordio que había sido de su abuela
soñando con un príncipe que la llevaría a su castillo y la haría feliz.
El príncipe no apareció en su
horizonte, pero un día Pablo había visitado la casa paterna por un lejano
negocio de venta a Guinea Ecuatorial donde su padre iba a cobrar una pequeña
comisión por ciertas gestiones que será mejor no indagar e Inmaculada le abrió
la puerta de la calle, ya que por entonces el único servicio que tenían en casa
era una criada vieja y bastante sorda que se llamaba Filomena y que nunca era
capaz de escuchar el timbre de la puerta.
A primera vista no surgió el
amor, pero si una amable corriente de simpatía entre los dos jóvenes. Pablo
tuvo que volver en dos ocasiones a la casa y en la última ocasión pidió permiso
a su padre para invitarla a merendar el domingo siguiente.
Don Silverio, que así se llamaba
el padre meditó la respuesta en su cabeza y en un segundo decidió que Pablo era
la mejor opción que tenía su hija para mejorar su bienestar ahora y en el
futuro. Él hubiera aspirado a conseguirle una boda de altos rumbos, pero sabía
que la ausencia de fortuna unido a que aunque no se podía negar que Esperanza
tenía una belleza lánguida que resultaba atractiva a primera vista, era un poco
pavisosa en las distancias cortas, hacía improbable encontrar un partido mejor
para ella. Y Pablo era un muchacho que aunque procedía de una familia
menestral, se estaba haciendo un hueco en su profesión y no le cabía duda de
que alcanzaría con los años una posición desahogada. Y además, seguro que
conseguía hacer algún negocio jugoso con él y cobrar las esperadas comisiones
que tan bien le venían para mantener en pie la vida hidalga a la que
consideraba que él y su familia tenían derecho.
Los jóvenes se gustaron, se
quisieron y terminaron perdidamente enamorados. Pablo buscaba una mujer que le
diera un barniz de distinción, una mujer que le hiciera feliz en la cama sin
agobiarle cuando por motivos de trabajo llegaba tarde a casa e incluso con un
ligero olor a alcohol en el aliento. Esperanza buscaba un hombre que la alejase
de las estrecheces económicas que había sufrido en los últimos años, que le
permitiera tocar el clavicordio y que la tratase con cariño y respeto por el
día y como a una puta por la noche. Porque a Inmaculada le gustaba el sexo y en
eso coincidía con Pablo.
Se casaron al cabo de nueve meses
y doce días de noviazgo y se fueron a vivir al ático luminoso y de amplio salón
que Pablo acababa de comprar para que fuera su nido de amor. Se llevaron el
clavicordio y la silla con escudo a la nueva casa y fueron muy felices en su
vida en común. Iba a cumplirse el primer aniversario de la boda cuando nació
Inmaculada que pareció llegar con algo más que un pan bajo el brazo.
Desde el principio fue un bebé
muy guapo y con el paso del tiempo fue haciéndose una niña guapa y alta como su
padre, de mirada clara y lánguida como su madre y además era lista, educada y
estudiosa. La querían los padres, los abuelos, las monjas del colegio y las
compañeras de curso. La vida pintaba bien para la familia de Inmaculada, el
padre seguía vendiendo cantidades ingentes de alimentos y cobrando jugosos corretajes.
La madre disfrutaba de su clavicordio durante el día y de los furores carnales
del marido durante la noche e Inmaculada crecía sin sospechar que pudiera haber
gente que no fuera feliz. Crecía y según pasaban los años, se iba haciendo más
guapa, más lista y más cariñosa.
Cuando llegó el quinceavo
aniversario de boda, dejaron a Inmaculada al cuidado de Filomena, la vieja
criada que sin embargo seguía trabajando para la familia. Bueno en realidad era
la familia la que cuidaba de ella, porque ya era muy mayor, mucho más sorda y
cada vez más despistada y que obligaba a Clara, la asistenta que era quien en
realidad hacía el trabajo de la casa, a vigilarla para que no se dejara el gas
encendido o algún grifo abierto. El caso es que se marcharon de fin de semana a
celebrar el aniversario a un hotel en la costa de Galicia, uno de esos hoteles
con encanto, mariscos en el menú y un delicioso vino albariño para alegrar las
noches de la pareja. Inmaculada estuvo de acuerdo en quedarse al cuidado de
Filomena, lo que sabía que le suponía pasar el fin de semana pendiente de ella
para que no cometiese ningún estropicio, pero no le importó porque para ella
era como una abuela y le destinaba todo el cariño que ya no le podía dar a
estas, muertas hacía algunos años.
Cuando volvían el lunes por la
mañana, Pablo tuvo un despiste al entrar en una curva. Tuvieron la mala suerte
de que un camión viniera de frente y la muerte, a pesar de todas las medidas de
seguridad de su flamante Audi A6, fue instantánea.
Para Inmaculada fue un golpe muy
duro. Nunca había tenido motivos de dolor salvo cuando se murieron los abuelos,
pero entonces era todavía muy pequeña y además parecía natural que los viejos
se murieran, pero sus padres eran jóvenes y la querían. Y ahora se quedaba
sola.
Y no fue el único motivo de
disgusto. Sus únicos parientes cercanos eran su tía Agustina, hermana mayor de
su madre y el marido, el tío Manuel. Este era un tarambaina que tenía poco amor
al trabajo pero mucho a los lujos, la buena vida y las chicas más jóvenes que
su mujer. Era concejal de un partido de ultraderecha, pero el sueldo no le
llegaba para mantener el ritmo de vida que le gustaba. En los últimos años su
partido había entrado en el gobierno del Ayuntamiento y él en el área de
urbanismo, lo que le permitió obtener jugosos regalos, todos en efectivo, de
los más importantes constructores de la ciudad.
La albacea de sus padres era su
tía, pero pronto delegó en su tío. La primera medida que tomó fue despedir a
Filomena y decidir que Inmaculada fuera a vivir con ellos, lo que supuso un
nuevo disgusto para Inmaculada, que todos los jueves y domingos iba a visitarla
a la deprimente residencia municipal donde la habían ingresado merced a la
influencia de su tío. El padre le había dejado una importante cantidad de
dinero y el ático donde vivían y la madre le dejó el clavicordio y la silla de
cuero con el escudo de la familia grabado y desgastado por el uso de los años.
Inmaculada que seguía creciendo y
aumentando su belleza hasta convertirse en una mujer de las que hacen girarse a
los hombres en la calle, siguió estudiando con la misma aplicación de siempre y
miraba con desconfianza creciente las miradas libidinosas de su tío. Cuando
cumplió dieciocho años les dijo a sus tíos que tenía intención de ir a vivir al
ático que había sido de sus padres. La tía le dijo que era una desagradecida
después de lo que la habían cuidado y le pareció que el tío se ponía muy
nervioso, pero para no parecer desagradecida dejó pasar el asunto y siguió
viviendo con ellos. Estaba terminando el primer curso de Medicina
Un día que la tía había salido y se
encontraban solos en la casa, el tío Manuel la abrazó sorpresivamente cuando
pasaba por detrás de ella e intentó forzar su voluntad. Pero el tío tenía la
torpeza propia de la gente ya mayor y que bebió más alcohol e hizo más excesos
de lo que es debido. Inmaculada que había crecido un cuarto por encima de él y
además practicaba karate desde los once años, se deshizo de él, le golpeó
fuertemente en sus atributos ya bastante marchitos y acto seguido fue a su
habitación, hizo la maleta y se marchó para el ático. Una vez allí se encontró
con resto inequívocos de que su tío lo había usado como lupanar privado todos
estos años. Con rabia y asco, se deshizo de toda la ropa de cama, limpió
concienzudamente el piso y llamó a un cerrajero y le cambió la cerradura. Aquel
día, por primera vez desde que murieron sus padres, durmió tranquila y feliz.
Cuando al día siguiente fue al
Banco donde guardaba el dinero que le habían dejado sus padres se enteró de que
su tío, en estos años, había gastado la mayoría de su herencia, que a su muerte
ascendía aproximadamente a quinientos mil euros, según le informó el director
del Banco. Actualmente le quedaban poco más de ciento cuarenta mil euros. Pensó
que administrándose bien, le alcanzarían cómodamente hasta que acabase la
carrera y empezara a trabajar y aún le sobraría. Llamó a la tía y le contó todo
lo que había pasado. Esta le dijo que no creía que su marido hubiera hecho eso
y que seguro que ella lo había provocado. Entonces, por primera vez en su vida,
se enfadó, se enfadó de verdad:
-
Mañana por la tarde voy a ir con un furgón a por
todas mis cosas, incluido el clavicordio y la silla familiar. Si me ponéis
algún problema para sacarlas, presento una denuncia por robo e intento de
violación.
El tío, que estaba asustado
pensando en la cárcel, porque el intento de violación no lo podría justificar
al no haber testigos, pero la estafa estaba bien documentada, le dijo a su
mujer que la dejara llevar sus cosas pero que no le permitiese entrar en el
cuarto que usaba como despacho ni llevarse ninguno de sus papeles.
-
Me temo que yo no podré estar presente. Tengo
una reunión de negocios.
Y desde entonces, difundió el
rumor que había echado a su sobrina de casa por su vida inmoral y haber tratado
de seducirlo a espaldas de su esposa. Todo el mundo sabía que el tío era un
rijoso, pero a muchos les gustó creer lo que decía para tener sueños húmedos
con la sobrina, a otros les gustó poder hablar mal de una chica tan guapa y
virtuosa porque así encontraban una justificación moral para su propia miseria,
quien tenían cuentas pendientes con ella por haberlos rechazado y muchas lo
difundían por envidia, porque era mejor estudiante, mejor persona y más guapa
que ellas.
Naturalmente la mayoría de las
personas que conocían tanto a los tíos como a Inmaculada no creyeron ni una
palabra de lo que este decía y su mujer confirmaba con un silencio culpable,
pero quedaba ese grupo importante de rijosos, envidiosas, despechados y
miserables.
En Tercer curso el profesor de
Anatomía Patológica intentó aprovecharse de ella y solo la intervención del
Decano que había sido testigo del acoso y era enemigo jurado del profesor evitó
un suspenso.
En Quinto, la profesora de
Patología Infecciosa, que era la pareja del profesor de Anatomía Patológica le
hizo la vida imposible, le amargó el curso y aunque finalmente la aprobó porque
hubiera sido escandaloso un suspenso siendo la alumna más brillante de la
asignatura, la animadversión de la profesora la hizo llorar en más de una
ocasión.
Puede que por eso se decidiese
por escoger como especialidad la Psiquiatría, porque suponía que sus compañeros
y compañeras psiquiatras gozarían de una mayor estabilidad mental. Pero se
equivocó.
Sufrió el acoso de dos médicos psiquiatras
y tres alumnos del MIR. Y el odio eterno de una ingeniera química que era la
novia de uno de los anteriores. Trataba de usar ropa que disimulara su cuerpo
perfecto, casi nunca usaba faldas y no se pintaba habitualmente salvo una
ligera capa de lápiz labial, porque era propensa a los herpes de boca y pensaba
que eso la protegía. Pero daba lo mismo, enseguida surgía alguien que perdía la
cabeza y quería llevarla al huerto.
El segundo año se incorporó al
MIR un doctor famoso en la especialidad, muy bien considerado en la profesión y
del que todos los alumnos hablaban maravillas. Inmaculada quedó prendada de su
seriedad, de sus conocimientos e incluso de su buena planta.
A la segunda vez que compartieron
una guardia, intentó arrinconarla contra una esquina del despacho y otra vez
sus largos años de práctica del karate la sacaron del apuro. Aunque después el
médico le pidió disculpas, desde ese momento la ninguneó en sus estudios. Esto
fue lo que más le dolió.
En psiquiatría había un
enfermero, un hombre ya mayor, que desde el primer día se portó bien con ella,
le enseñó muchos de esos trucos de la profesión que no te enseñan los
profesores, solo los largos años de práctica e incluso compartía con ella los
bocadillos de sobrasada y las tartas de almendra que le preparaba su mujer.
Aunque Inmaculada estaba ya muy escarmentada, se relajó con las amabilidades de
Pancracio, que así se llamaba el enfermero. Le recordaba al padre que había
perdido tan joven y necesitaba poder confiar en alguien.
Una tarde, cuando estaban
ordenando unos expedientes que necesitaban para el día siguiente, de pronto
Pancracio le tocó una teta, la derecha para ser más exactos.
-
¿Pero qué haces? – le dijo Inmaculada, más
asombrada que enfadada.
-
Doctora, son muchos meses viéndote, deseándote,
imaginando lo que será hacer el amor contigo. Por favor, no me rechaces – y le
acarició la teta izquierda.
-
No vuelvas a dirigirme la palabra, salvo por
asuntos médicos – le dijo Inmaculada, que no sabía que otra cosa podía decir.
Al iniciar el tercer año,
ingresaron por un problema de toxicomanía a una conocida hetaira de la ciudad.
Tenía treinta y cinco años y una belleza fuera de lo común. Se murmuraba en el
departamento que cobraba dos mil euros por noche de pasión. Inmaculada no pudo
evitar compararlo con lo que ella cobraba por cada guardia y se sintió bastante
desmoralizada.
Según fueron pasando los días,
casi sin darse cuenta fue intimando con Eugenia, conocida en su mundo de
glamour como Jenny. Todos los días recibía un enorme ramo de rosas y una caja
de bombones.
-
Es de Antonio. Pobre, está loco por mí – le dijo
al ver que Inmaculada lo miraba. Antonio era el dueño de una de las mayores
fortunas de la provincia.
-
Toma, prueba un bombón – y le pasó la caja
recién abierta.
Inmaculada probó uno y le resultó
exquisito.
-
Son especiales, hechos exclusivamente para mi.
Cada caja cuesta más de cien euros – y se rió con complicidad.
Y con el paso de los días le fue
contando la vida que llevaba, el dinero que ganaba. Vivía en un precioso piso
de 200 m2 y nunca se levantaba antes de las doce de la mañana. Los hombres más
ricos se disputaban el derecho a pasar una noche con ella o incluso un fin de
semana, pero esto estaba al alcance de pocos, porque exigía diez mil euros y
que la llevasen a pasarlo a algún sitio lujoso y exótico. También tenía sus
momentos malos, le dijo, a veces tengo que soportar a individuos que no saben
comportarse con respeto.
-
Si yo te contase – le dijo.
Y le contó, le contó sus alegrías
y sus penas, sus dolores y sus placeres, sus días buenos y los malos.
Inmaculada no pudo evitar el pensar que las penas de Jenny le parecían menos
penas que las suyas y las alegrías más grandes que su falta de alegría.
-
Ahora yo soy la reina de este mundo de glamour,
pero mi tiempo se acaba. Pronto empezarán a notárseme los años y otra me
reemplazará en el corazón de los hombres más ricos, que son tan caprichosos
como un niño. Pero no hay problema, con mis ahorros que tengo bien invertidos
viviré muy a gusto y cómoda el resto de mi vida.
Inmaculada la escuchaba como
quien oye a un profeta que le habla del futuro paraíso. Jenny se la quedó
mirando:
-
Si tú quisieras, con ese cuerpo, con esa cara
tan sensual y tu educación y cultura, me quitarías el sitio y no podría
competir contigo.
Y soltó una carcajada. Estaba de
buen humor porque al día siguiente le daban el alta y Antonio la había invitado
para celebrarlo a un crucero por las islas griegas.
Era a finales de Mayo cuando el
director del MIR la llamó a su despacho. Inmaculada iba nerviosa, el doctor
Martin ya se le había insinuado en varias ocasiones, aunque muy discretamente y
se temía lo peor. No se equivocó.
-
Pasa Inmaculada y cierra la puerta – le dijo el
doctor Martín
-
¿Hay algún problema, doctor? – preguntó ella
-
No, mujer, no te preocupes. ¿Qué planes tienes
cuando acabes el MIR?
-
Pues buscar la mejor plaza de psiquiatra que
esté a mi alcance.
-
Mira, si te interesa, yo puedo conseguirte plaza
aquí en el Hospital.
-
Si, claro que me interesaría – dijo ella, feliz
pero preocupada por si la propuesta ocultaba algo más.
-
Serás una buena doctora, tienes capacidad y
conocimientos.
-
Puedo conseguirte la plaza…y espero que entonces
seas amable conmigo.
-
¿Amable?
-
Si, Inmaculada, espabila. Por esta plaza muchas
compañeras tuyas estarían dispuestas a bajarse las bragas.
-
¿Cómo dice?
-
Mejor conmigo a que acabes liándote con
cualquier MIR sin futuro que después te deje tirada.
Inmaculada quedó tan perpleja por
un planteamiento tan zafio que no supo que decir y el doctor Martín lo
interpretó como una aceptación. Se levantó y la abrazó buscando sus labios.
Entonces, en ese momento, Inmaculada reaccionó. Le arañó la cara y aunque no
llevaba unas uñas muy largas, le dejó una marca de sangre en la mejilla que
seguro que le dejaría una buena cicatriz.
-
Zorra, nunca vas a aprobar la especialidad.
Y entonces se volvió y le dijo lo
que nunca había pensado que diría a nadie.
-
Puedes meter tu aprobado en el culo, hijo de
puta.
Y salió del hospital para no
volver. Al día siguiente fue a visitar a Jenny, que le había dado su dirección
antes de marcharse con el alta.
-
Hola, Jenny ¿Qué tal estás?
-
Yo muy bien. ¿Qué te trae por aquí? – Sabía
perfectamente por que venía a verla.
-
Lo de que podría ser tu sucesora ¿lo dijiste en
serio?
-
Claro. Siéntate y vamos a tomar un Martini – A
Jenny le gustaba ser como los emperadores romanos y poder elegir sucesor.
Inmaculada no fue feliz, pero
ganó mucho dinero.
-
Y cuando tengo que aguantar a un rijoso, por lo
menos se lo hago pagar a precio de oro – se decía a veces.
