viernes, 18 de diciembre de 2020

NARCOLEPSIA

 

EN LA CALLE

NARCOLEPSIA:

I-

Cuando Manuel despertó se fue directamente al baño. Después deshacerse de todos los residuos corporales, se dio un baño. Un largo baño en una bañera a rebosar de agua y de espuma. En esos momentos de máximo placer se colocaba la pulsera de alarma, no se debería volver a dormir porque se podría ahogar, pero también sabía que cuando su cuerpo pedía alimento, era mucho más difícil que eso pasara, por eso se bañaba siempre antes de desayunar.

Después de secarse y vestirse con pulcritud, Manuel se fue hasta la nevera que estaba a rebosar de productos frescos. Maruja, su tía y tutora, una vez más cuidaba de él.

Se sentó delante del televisor mientras comía lo elegido para intentar informarse del mundo que le rodeaba y en el que no participaba. Se molestaba antes en preparar los alimentos bien emplatados, como su madre insistía que debía ser el momento más importante del día y con los cubiertos grabados con el escudo familiar comía despacio, intentando masticar bien los alimentos, sin dejar de mirar las imágenes que el canal 24h retransmitía de forma continuada. Solamente cuando eran repetidas las noticias por tercera vez parecía Manuel que iba entendiendo algo de lo que contaban. En esta ocasión en lo que más insistían los locutores era sobre un nuevo virus que parecía estaba haciendo estragos en China.

Después de lavarse las manos y afeitarse con esmero, se miró por varios minutos en el espejo isabelino de la entrada, cogió uno de sus bastones y se decidió a dar un paseo.

Su casa, un monumental edificio en la zona peatonal de la ciudad, situado entre la catedral y el ayuntamiento, era la herencia que junto a unas rentas vitalicias le permitían vivir sin muchos problemas a pesar de su minusvalía. El paseo alrededor de la vivienda visitando los lugares conocidos y sus cambios, le ayudaba a situarse en tiempo y lugar.

A pesar del azul nítido del cielo, el frío situaba la estación del año en el final del invierno. Las luces de Navidad todavía colgaban de las farolas. Un árbol artificial estaba siendo desmontado en la plaza mayor, y no debía ser ni miércoles, ni sábado porque la plaza del mercado apenas tenía puestos. Las tiendas estaban abiertas y las gentes iban de unas a otras cambiando paquetes, posiblemente los regalos de Navidad que no habían gustado o que ahora, en rebajas, podían amortizar mejor.

Eso le hizo pensar en que no había comprado nada a Maruja, la mujer a la que hoy día le debía su existencia, la que le cuidaba aunque él no se enterase, la que le mantenía vivo.

Entró en una vieja joyería del barrio antiguo para dejarse aconsejar por los dueños, viejos amigos de sus padres, y ya con prisas volvió a su casa. Se sentía agotado. Conocía los síntomas, llevaba más de cuarenta años viviendo con ellos, y sabía que eso no era nada bueno.

II-

Después del aseo, Manuel se dirigió a la nevera. Se sorprendió al comprobar que había pocos alimentos frescos y sí bastantes envasados al vacío. ¿Qué le estaría pasando a Maruja? ¿Se encontraría enferma? Decidió que después de desayunar y ver un poco las noticias, la llamaría.

También había notado que sus piernas le respondían peor al bajar de la cama. ¿No irían los fisioterapeutas a realizar los ejercicios diariamente como tenían previsto? Sus alargas vitales, aunque todavía aletargadas, le estaban mandando señales.

Antes de empezar a comer, se permitió pasear por toda la casa para fortalecer las piernas. Muchas de las estancias tenían los muebles tapados con sábanas. Sentía hormigueos desagradables y algún tirón incómodo en las ingles. Después de veinte minutos subiendo y bajando escaleras, abriendo y cerrando puertas, pasando el dedo por espacios que se suponía pagaba para mantener limpio y que no lo estaban lo suficiente, bajó al comedor donde ya tenía preparados alimentos fríos y puso la televisión.

No necesitó tres si no media docena de noticias repetidas, de leer los subtítulos lentamente, para saber que el mundo no era como recordaba. Y no era porque nos hubiesen invadido los extraterrestres, no. Otra amenaza invisible amenazaba a la humanidad.

Con determinación se preparó para salir a la calle. No había dejado de hacer ejercicios con las piernas durante todo el tiempo que llevaba despierto. Ya no sentía los hormigueos de los primeros momentos pero notaba sus músculos calientes y frágiles, como a punto de romper. Y tuvo miedo.

Se asomó con cautela a la puerta de la casa. Llovía. No hacía frío. O al menos no excesivamente frío. Los árboles, esos que vivían a pesar de estar enterradas sus raíces en el asfalto de las aceras, estaban terminando de germinar. Era primavera e inusualmente, las calles estaban vacías. O casi. Escuchaba trinos de muy distintos tonos. Veía en las ramas de hojas recién nacidas a pájaros que solo había visto en reportajes de naturaleza. Manuel se quedó maravillado y a la vez aterrorizado.

Intentaba dar un paso fuera de su propiedad cuando escuchó una voz humana:

– ¡No salga sin mascarilla! – Una mujer de mediana edad que paseaba un par de perros le habló con un tono desagradable. Llevaba la cara tapada con algo que le hizo recordar a las películas de médicos cuando entran o salen del quirófano.

Pero no había quirófano cerca ¿por qué habría de ponerla? Retrocedió hacia el interior del portal y quedó allí quieto con la puerta abierta viendo pasar muy de vez en cuando a algunas personas, la mayoría acompañados de canes, que en silencio se movían como fantasmas con la cara cubierta.

Cuando se decidió a cerrar la puerta, observó por primera vez que sobre la consola de madera de ébano, estaban varias mascarillas enfundadas en bolsa de plástico transparente, donde se podía leer “ Hecho en China”.

Volvió el cansancio a todo su cuerpo. Lo notaba como si hubiese corrido una maratón cuando no había llegado ni a pisar la calle.

Como pudo de desvistió y se volvió a sumergir entre las cálidas mantas que apenas había tenido tiempo a ventilar.


III-

Apenas salió del baño y se dirigió a la puerta de la casa. Se fijó que seguían las mascarillas en la entrada. Sacó una de su sobre y se la puso. Enseguida se le empañaron las gafas. Se las quitó antes de abrir la puerta y ver que en la calle, la circulación de personas y algún auto de reparto ocupaban las aceras y las calles sin apenas espacio entre unos y otros. Las personas paseaban en grupos hablando a través de las mascarillas, muy alto. O a sus cansados oídos eso le parecía. En la zona peatonal las terrazas ocupaban más espacio del que recordaba. Las mesas permanecían más separadas pero las gentes se arremolinaban en torno a ellas para saludarse y hablar.

No escuchaba trinos. Ni veía apenas algún perro. Los árboles presentaban sus hojas más grandes para refrescar el calor del verano.

Aunque Manuel hizo intención de salir y mezclarse con toda aquella gente, recordó que no había comido y era necesario para su organismo. Sabía que pasaba meses sin apenas ingerir alimentos, aletargado apenas hacía gasto, pero cuando despertaba era el aviso de que sus energía estaban llegan a su fin. Era su realidad desde los seis años, con la que había tenido que acostumbrarse a vivir.

Al principio eran solo minutos, horas más tarde. En la adolescencia días los que permanecía dormido. Su formación iba dependiendo de los tiempos en los que permanecía despierto y se hizo con varios profesores amigos de sus padres, que bien por favor, bien porque eran bien pagados, aceptaban trabajar con aquel extraño alumno. Uno de ellos era el marido de Maruja, una prima de su madre algo más joven que ella y a la que nombraron tutora legal por si a ellos les pasaba algo.

Y pasó. Un accidente de tráfico un día de niebla. Nada que hacer excepto enterrarlos. Fueron días en los que Manuel permaneció insomne. Después del funeral durmió durante varias semanas seguidas. Empezaron entonces, a los veinticinco años a padecer las crisis más largas.

Cuando despertaba de una de ellas tenía allí a Maruja y a su marido para actualizar conocimientos e informarle de la actualidad del mundo. La televisión a parte de ellos le ayudaba a conocer el mundo ya que sabía era la única forma que iba a tener de viajar.

En su casa se puso un gimnasio para ejercitarse en aquellos, cada vez menos frecuentes estados de insomnio, por eso se contrató a fisioterapeuta para ayudarle con ejercicios pasivos mientras dormía.

Pero cuando los tiempos para despertar cada vez eran menos regulares, Maruja le dejaba alimentos en la nevera para que de alguna manera él mantuviese la máxima autonomía posible.

Y porque ella, ya viuda, le gustaba viajar acompañada de unas amigas con el INSERSO.


IV- EPÍLOGO

En esta ocasión no se dio prisa en salir a la calle. Se imaginaba que después del verano en el que la única anormalidad eran las mascarillas, el mundo sería normal. Pero ¿qué era la normalidad? Cuando percató de que estaba filosofando se rió con ganas. Escuchar su propio sonido le satisfizo y cuando se acercaba a la nevera para prepararse el desayuno iba silbando una canción, el Waterloo de ABBA. Se sentía hasta contento. Los músculos de las piernas respondían bien, eso significaba que los fisioterapeutas estaban trabajando con él, así que seguramente todo estaba como antes de la pandemia.

Cuando abrió la nevera un vuelco del corazón casi le produjo un mareo. En la nevera apenas unos brik de zumo y leche. Cuando se pudo calmar abrió el congelador y allí sí que había varios productos precocinados.

Sin acordarse de los protocolos de la buena educación para la comida, pinchó con una paja un envase de zumo de naranja y corrió con él entre las manos hasta el balcón que daba a la calle principal.

Fuera hacía un día radiante, los árboles tenían los colores del otoño. No había terrazas y la gente, poca, se desplazaba con prisa por las calles casi vacías.

Intentó afinar el sonido. Los gorriones y las urracas se dejaban sentir.

Con una tristeza infinita delante del televisor empezó a comer una lasaña descongelada en el microondas. En la pantalla se mostraba a una piara de jabalíes recorriendo calles asfaltadas buscando un trozo de cesped fresco donde revolcarse.

Tuvo miedo de llamar por teléfono a Maruja, ¿y si no contestaba?

Por primera vez en su vida se sintió realmente solo y cuando pasado un tiempo que no supo precisar, con el congelador prácticamente vacío y los desechos ocupando varios contenedores de basura, regresó el cansancio, buscó la cama a la que había cambiado las sábanas y se metió entre ellas sin saber si volvería a despertar y de hacerlo si tendría que cazar sus próximos alimentos.



martes, 8 de diciembre de 2020

LA SORPRESA DE ESTRELLA

 



Era lunes por la mañana y Juana preparaba el desayuno para sus hijas que iban al colegio.

Por motivo del virus, se habían mudado a la casa de campo y el cambio les había afectado a las tres, sobre todo por que la mudanza no solo suponía estar mas libres que en la ciudad si no que también se debía a su reciente divorcio. Juana empezaba a deprimirse, pensando que el trabajo, atender a sus hijas y llevar la casa era demasiado para ella sola.

La pequeña Sofía se levantaba con mucha energía siempre, nunca hacía falta que la despertasen. Ya estaba cantando un villancico que le habían enseñado en la guardería el dia anterior. Por el contrario su hermana Raquel que era 4 años mayor estaba mas disgustada por todo aquello. Y por las mañanas solo quería dormir 5 minutos mas.

    -Venga, ya esta el desayuno, acuérdate que hoy te recoge papá -entró Juana en la habitación para abrir las ventanas

     - No tengo ganas de ir hoy a clase mamá, tengo mucho frio -dijo mientras se tapaba mas con la manta.

La madre se acercó a su hija y le habló mientras le acariciaba la cabeza – cariño, hoy tienes que ir, nos ponemos un jersey y unos calcetines gorditos?

     - Vale -salió de la cama mostrando mucha pereza.

     - Te voy a preparar un chocolate caliente, que te parece? -sonrió la madre mientras se iba de la habitación.

Raquel miraba por la ventaba que llovía y el día era muy gris, a lo lejos veía nieve en las montañas.

      - Raquel, donde está estrella? -gritó Sofía desde el salón

      - No lo sé, no la he visto -respondió Raquel mirando una pelota de colores que estaba en el suelo.

      - Mamá Estrella no ha dormido en casa otra vez – dijo Sofía mientras cogía una tostada

Estrella era la gata que tenían y que estaba acostumbrada a ir y venir siempre, pero hacía varios días que no había regresado y a las niñas les entristecía, estaba en casa desde muy pequeña y se la habían llevado con ellas al campo.

      - Mamá estrella tiene frio en la calle, no se ha puesto su abrigo -la pequeña apretaba los labios

      - Sofi, Estrella volverá pronto, ademas tiene que visitar a su familia por navidad, sino va estar triste. ¿no es así?

      - Si, pero yo la echo de menos, me gusta dormir con ella

      -Lo se cariño, volverá, ya veras que sí.

 En su mente la madre no estaba tan segura de lo que decía. Parecía que esta vez era diferente por que el tiempo había cambiado mucho, todas las madrugadas caía la helada y temía encontrarse con su cuerpo por la carretera cerca de la casa, lo peor era que las niñas lo vieran.

 Al llegar la hora de la cena, la hija mayor comentó a la madre que no quería tener otra mascota nunca mas.

      - Pero yo quiero un gato pequeño, que sea de rayas como estrella, Mamá yo si quiero un nuevo gatito. - decía sofía ilusionada mirando a su madre.

      - Si cariño, ya veremos.

      - Mamá! He dicho que no quiero otro gato jolin dijo enfadada Raquel – lanzando a su hermana una mirada de rencor .

      - Bueno ya es hora de dormir, venga lavaros los dientes.

A la mañana siguiente Juana estaba preparando el desayuno y vistiéndose. Una vez mas volvió a llamar a Raquel para que desayunara pero como de costumbre no respondió. Sin embargo escucho un grito en la habitación de Sofía.

      - Mama mama! Gritaba la niña con voz aguda. La madre corrió a la habitación y tras de ella fué Raquel

      - Estrella está aquí!

Al entrar en la habitación vieron que la pequeña tenía abierto el ultimo cajón del armario y dentro estaba Estrella, los calcetines estaban empapados con sangre, la gata estaba recostada y parecía cansada, muy pegados a ella resaltaban dos pequeños gatitos rayados de color blanco y naranja, como dos bolitas de pelo. Raquel y Juana se quedaron en la puerta asombradas con una gran sonrisa y a la vez ternura de ver aquello.

      - Os dije que volvería – dijo la madre mientras abrazaba a sus hijas.

las niñas sonrieron y estuvieron contentas con los nuevos integrantes de la familia a quienes les pusieron sol y luna por que eran dos gatitas.

Por su parte Juana pensó que si aquella gata había pasado las noches de frio fuera de casa y ahora estaba siendo madre  pese a las dificultades, todo iría bien para ella y sus hijas mientras estuvieran juntas.

lunes, 7 de diciembre de 2020

LUZ DE ESPERANZA

LUZ DE ESPERANZA



Samory Somperé empezaba a temer más que en cualquier otro momento hasta entonces, que aquella no había sido una buena idea. Había sido y era consciente que aquella escapada hacia adelante, estaría llena de peligros. Temía a las guardias fronterizas, a los traficantes, a las mareas, al hambre, a la sed, pero no había pensado en que la falta de humanidad se extendiera también en aquella, la tierra prometida.

Miraba la frente de Mariama, su esposa, perlada de sudor. Notaba su dolor en los gestos que no podía esconder su rostro porque ningún quejido salía de su boca, y él no sabía muy bien qué hacer. Miraba en todas las direcciones buscando una solución, un apoyo para aquellos próximos momentos, ante aquel ya inminente suceso.

En el nacimiento de sus otros hijos, él se había mantenido fuera de la cabaña, algo impaciente pero sin saber qué ocurría al otro lado de la puerta donde las mujeres gobernaban hasta el nacimiento de la nueva vida. Luego, él recibía felicitaciones, más en caso de ser varón. Nunca hasta entonces se había imaginado que un acto tan frecuente, fuese algo tan duro y eso que él, educado en la fe cristiana, le habían leído aquello de: parirás a tus hijos con dolor, pero era consciente que nunca se había puesto de verdad en el lugar de la mujer.

Dolor era caerse del árbol o pincharse con las espinas de un carambuco. Dolor era retorcerse un tobillo y caminar con él así para escapar de un depredador o recibir un bastonazo en una lucha con tus compañeros, o pedradas llegadas del otro lado del río. Dolor era ver morir a tus seres queridos sin poder despedirte de ellos. Dolor era gritar hacia dentro las injusticias de tu gobierno. No es que Samory no supiese lo que era dolor. Lo conocía y de muchas formas. Su cuerpo mostraba señales de ello y su alma un cansancio infinito a cuenta de sumar muchas desgracias.

Hacía años que el ébola había terminado con casi todos los habitantes de su poblado, incluida su mujer y los tres hijos que habían tenido. Antes había visto cómo un día los militares se llevaron a su padre y nunca más habían sabido de él. Y sufrió la pérdida de su madre todavía en vida, cuando su mente rechazó más dolor y se perdió en un agujero negro muy profundo hasta que se olvidó incluso de cómo tragar.

Cuando Samory encontró a Mariama solo reconoció en aquella casi niña, la mirada de quien ha sufrido y en sus ojos leyó la inocencia de quién no entiende el por qué de lo sucedido. La acogió bajo su protección y en el acto de defenderla se salvó a sí mismo. También supo que para salvarla del todo tenía que partir, de escapar a aquel lugar lejano del que hablaban maravillas. Pagaría con casi todas sus pertenencias dos pasajes en barco. Tuvieron que esperar casi dos meses a la mar adecuada, a la luna adecuada y mientras tanto el cuerpo de Mariama se hacía más redondo a pesar de que apenas conseguía mantener los alimentos. El fruto de la violación se hacía evidente y Samory consiguió que en una pequeña capilla, un hermano salesiano entendiera la situación y aceptara casarles. Ya con los papeles en la mano, pensaba Samory, que todo les sería más fácil en su nuevo destino.

Pasarían muchas frías noches y tórridos días en una barca, por llamarla de alguna forma, en medio de la mar, rodeados de muchas otras míseras personas que soñaban como ellos en un futuro mejor. En algún momento estaban casi seguros de que esas nuevas costas eran en realidad una leyenda y que su destino era caer en un vacío que debía ser el fin de la tierra.

Con las manos entrelazadas rezaban Samory y Mariama a su dios, mientras otros de los viajantes lo hacían al suyo y porque cuando todos los dioses suman los milagros son posibles, una mañana al amanecer tocaron tierra.

Las instrucciones eran precisas, correr, correr y esconderse. Y después solicitar ayuda en alguna organización de acogida. O en alguna iglesia. Estaban en tierras cristianas. Seguro que les atenderían bien.

Y si, la Cruz Roja primero, les puso en cuarentena. Hombres y mujeres separados. No importaba que llevaran los papeles que aseguran eran familia. Después llegó la reagrupación, pero en un espacio y tan apiñados que les llegó la angustia y las dudas y decidieron escapar. Deberían llegar a algún buen lugar donde Mariama diese a luz y él pudiera trabajar. Samory quiere trabajar, no pedir, no robar. Quiere trabajar y llevar a su familia alimentos y un techo. Él sabe hacer muchas cosas, sabe pescar y construir. Sabe cuidar animales y sabe leer y escribir aunque sea en otro idioma, podía aprender a hacerlo en el que se habla en estas tierras, solo le tienen que dar una oportunidad. Él desea hacer cualquier cosa menos matar de nuevo a un ser humano porque Dios dijo: No matarás. Por eso quiso escapar de su país, porque nadie le preguntó si quería ser soldado y siempre supo que no hacía la voluntad divina. Por eso recogió a Mariama después que la violaran sus compañeros. Porque podía haber sido su hija y porque la vio el escapulario en su cuello.

Ella al principio estaba recelosa, pero él nunca intentó tocarla. La respetó y esperaba que después de reponerse del parto quizás hubiese una esperanza de llegar a una pareja tan cariñosa como recordaba su primer matrimonio. Y si no se conformaría con cuidarla y que ella le cuidase a él. Por eso necesitaba un trabajo y pronto.

Pero las cosas no eran tan fáciles como creía. Pasaron los siguientes meses durmiendo bajo cualquier cobertizo, comiendo de lo poco que sacaba de recoger fruta y regar campos el tiempo que duraba la cosecha. Sin papeles nada era fácil. Sabía que le explotaban, pero tenía que aguantar. Tenían que llegar al norte. El fraile que les había casado les habló de una congregación de hermanos que seguro les iban a ayudar. Pero tenían que llegar y deseaba que eso fuese antes del parto.

Pero los espacios y los tiempos no cuadraban.

Cuando llegó el día todavía le quedaban varias jornadas para llegar a su destino. La necesidad de ir haciendo trabajos había ralentizado mucho el viaje, pero fue en el lugar menos propicio que empezaron las contracciones. En aquel desierto apenas unas cabañas hacían sentir la presencia humana.

Ya de noche una luz les hizo tener alguna esperanza.

Quien abrió la puerta y les vio no les puso buena cara y quiso cerrar la puerta de inmediato, solamente al ver el abultado vientre de la mujer y que iban solos, alejó los miedos a lo desconocido y cedió un cortijo aledaño a la casa para que pasaran la noche.

Ya situados sobre una manta colocada sobre la paja más limpia intentaron descansar, pero las contracciones cada vez más frecuentes de la mujer desconcertaron a su marido.

No sabía qué debía hacer. Daba vueltas sin un destino. Se paraba a comprobar que la vida empujaba entre las faldas de la hembra y a su alrededor la noche llena de estrellas. Sin luna. Sin sueños ni esperanzas.

Cuando se abrió la puerta para dar paso a una anciana que portaba una olla, se hizo la luz. Y no era por la linterna que detrás de ella llevaba el hombre que les había dejado dormir allí, sino porque estaba seguro Samory que ella sabría qué hacer para ayudar a su mujer

Cuando la mano blanca de aquella señora tocó la oscura piel de Mariama una lluvia de estrellas iluminaba el cielo.

Al poco el llanto de una criatura recién nacida rompía los más oscuros presagios dando luz a la esperanza, dando fuerzas para seguir el camino y los sueños de libertad.


 

ERES UN CERDO, GEDEÓN

 

Gedeón y Raquel se conocieron en el colegio, cuando cursaban primer curso de bachiller. Era un colegio concertado, de los que te piden pagar trescientos euros al mes de manera “voluntaria” por tener a tus hijos separados de la chusma que pulula en la enseñanza pública.

Gedeón, con sus guedejas pelirrojas y su metro ochenta de estatura disputó desde el principio el último puesto de la clase con Raquel, que era una chica morena, metro sesenta y cinco y ojos verdes que gustaban a los chicos al primer golpe de vista.

Desde el principio se estableció una rivalidad entre ellos por ser los peores de la clase y no era por falta de inteligencia natural, más bien por el espíritu de rebeldía propio de los hijos de papá que siempre lo tuvieron todo en la vida. Solo la enorme capacidad del colegio para conseguir que los peores alumnos aprobasen el curso si estaban al día en sus pagos voluntarios, los libró de un fracaso escolar temprano.

Un sábado, en un botellón organizado en el jardín del chalet de uno de sus compañeros de curso, entre cerveza y canuto, firmaron la paz y sellaron con un beso húmedo la historia de amor que iban a protagonizar en lo sucesivo.

Raquel era heredera de una cadena de droguerías y se sentía feliz por ello, ya que le encantaban los perfumes y no despreciaba las drogas. Gedeón era heredero de una cadena de zapaterías y no necesitaba ninguna licenciatura para que sus empleados siguieran vendiendo zapatos, así que cuando acabaron el bachiller hicieron ambos un módulo de administrativo y empezaron a trabajar en los negocios de sus padres, eso sí, empezaron desde arriba. Aprendieron los trucos para ganar dinero pero nunca dominaron el oficio.

No era este futuro halagüeño lo único que los unía. Las ganas de disfrutar y exprimir todos los placeres que la vida les ofrecía era algo que también tenían en común y lo aprovechaban en todas las oportunidades. Los padres, que no ignoraban que tipo de hijos que habían concebido, se habían preocupado de contratar buenos gerentes para sus negocios porque sabían que los hijos iban a preocuparse  más de exprimir los beneficios de los mismos que de planificar su supervivencia.

Pero si algo los identificaba era su pasión por el sexo. Desde aquel primero beso húmedo en un botellón de diseño, no había dejado de practicar, mejorar, explorar y exprimir todas sus posibilidades.

El único libro que Gedeón reconocía haber leído completo era el Kamasutra. Lo leía, lo repasaba y completaba lo escrito con varios videos que reproducían las diferentes posturas que el libro ilustraba. Y por supuesto, investigaba en el internet profundo cualquier novedad que le ofreciese novedades sobre tan noble actividad.

Cuando cumplió dieciocho años, los padres le regalaron un apartamento de 50 metros cuadrados en un edificio rehabilitado en el centro de la ciudad. Lo hicieron más por perder de vista sus excesos que por méritos de aquel hijo que estaban seguros les había adjudicado el diablo.

Y en este nido de amor, se reunían un día con otro y experimentaban todas las técnicas y los placeres conocidos y algunos aún por inventar.

Gedeón era imaginativo para el sexo y Raquel aceptaba con evidente placer lo que él le proponía. Cuando le hacía experimentar nuevos placeres, ella muerta de risa, le decía:

-          Eres un cerdo, Gedeón – y se reía de buena gana mientras accedía a lo que le pedía.

La frase  “eres un cerdo, Gedeón” se acabó convirtiendo en un mantra en sus relaciones y si Raquel no se lo decía, Gedeón se quedaba con la sensación de que no la había satisfecho adecuadamente.

No tenían intención de casarse, estaban bien así, pero cuando acabaron sus escasos estudios los padres les impusieron un matrimonio con rigurosa separación de bienes. Se habían puesto de acuerdo ambas familias y a cambio de unos jugosos ingresos mensuales, tuvieron que pasar por la vicaría. Tampoco les importó demasiado y hasta les hizo gracia, porque el día de la boda, simulando una indisposición de Raquel, se encerraron en la sacristía y consumaron el matrimonio antes de que el cura les diese el visto bueno.

El viaje de novios lo hicieron a una de esas islas de moda en el Pacífico y allí conocieron algunas habilidades que hasta entonces no habían experimentado.

Al cabo de seis meses de su vuelta, una tarde después de una tormentosa sesión sexual, Raquel le anunció:

-          Estoy embarazada, Gedeón.

Él, en plan de broma, le contestó:

-          ¿De quién?

-          Creo que de ti, cerdo.

Y retomaron otra vez sus retozos.

Raquel estaba embarazada de un niño y no tuvo ningún síntoma que le hiciese cambiar de vida. Ni arcadas, ni vómitos, ni pérdidas. Siguieron comiendo, bebiendo, fumando y copulando como si el embarazo no fuese algo que les afectase personalmente.

Cuando llegó el momento parió sin aspavientos y el niño pesó cuatro kilogramos en canal. Cuando Gedeón entró en la habitación, Raquel le estaba dando de mamar y orgullosa se lo enseñó. Era un niño robusto y sano, pero Gedeón se quedó extrañado al verle:

-          Tiene cabeza de cerdo – dijo él.

-          Si, no puedes negar que es tuyo – y se rio con ganas.

Era como si Raquel no hubiera estado segura hasta ese momento de que Gedeón era el padre.

Él se quedó pensando un rato, como si algo no le encajase. Por fin le preguntó:

-          ¿Y que nombre le podemos poner a alguien con cabeza de cerdo?.

Raquel tampoco lo sabía y se quedaron en silencio hasta que la criatura empezó a llorar.

miércoles, 2 de diciembre de 2020

¡TODO ESTÁ BIEN...!

 

                                           


                                                              ¡TODO ESTÁ BIEN…!    

                   Preparó con esmero la cena de ella: las verduras, unas lentejas que habían sobrado del mediodía y un poquito de pechuga de pollo bien tamizado, a su mujer no le agradaba encontrar pieles en la comida. Todo templado, un poco más caliente de lo habitual antes de añadirle el último ingrediente, bien disuelto en un poco de caldo para añadir al puré y darle la consistencia adecuada.

                     Ella estaba incorporada en la cama, bien limpia y aseada. Él puso música de fondo en un dial que permanecería toda la noche sonando suavemente como venía siendo habitual en los últimos años cuando descubrió que la música tranquilizaba su sueño y le permitía a él pegar un ojo mientras con el otro seguía en constante alerta, aunque la verdad es que en los últimos meses la medicación y el proceso de la enfermedad de su mujer habían tranquilizado el día a día en aquella casa, el hogar de ambos desde hacía más de sesenta años.

                    Envolvió con cariño y esmero el cuerpo de ella con un delantal afelpado que hacía las veces de babero y le dedicó una sonrisa antes de empezar a darle la cena, poquito a poco mientras le iba comentando los acontecimientos de la familia, de los amigos… ¡Ahora ya tan escasos!, un traguito de vez en cuando hasta llegar a ver el final del bol. A ella se le iban ya cerrando los ojos cuando le quitó el babero, hoy no iba a darle el yogur, retiró con cuidado las almohadas que tenía detrás y la arropó con delicadeza mientras le seguía susurrando por unos momentos cuánto la quería, le dio un beso en la frente y tomó su mano mientras la mujer terminaba por dormirse. Quizás también él se quedó dormido en el sillón al lado de la cama, cuando fue consciente de que quedaban muchas cosas por hacer todavía volvió a acercarse a ella, puso su mano en el pecho  y escuchó. ¡Todo estaba bien…! Volvió a besar su frente, su mejilla una y otra vez hasta que en lo que pareció un arrebato se alejó de la cama, apagó la luz y cerró la puerta del dormitorio.

        Con él llevaba el babero y los utensilios de la cena. Al primero lo incorporó a la lavadora, el resto lo fregó, secó y colocó en el armario de la cocina, todo en perfecto orden. A continuación se dispuso a preparar su cena, hoy de forma excepcional se iba a dar el capricho de comerse dos huevos fritos con patatas y jamón, todo aquello que el médico le había prohibido hacía un cuarto de siglo para evitar la hipertensión y el colesterol. Mientras se freían las patatas preparó frente al televisor una mesa auxiliar, parecida a un atril, que la había regalado su nieta en las últimas Navidades, y que con sus dos posiciones, una horizontal, le permitía comer sobre ella o escribir, y la otra inclinada donde podía poner un libro e incluso el periódico debidamente doblado para leer. No recordaba otro regalo al que estuviese dando tanto uso. Puso un mantel, abrió una botella de vino, un reserva en botella de 333 mililitros, suficiente para darse un homenaje alguien abstemio como él de los placeres del alcohol. Y cenó disfrutando de cada bocado, de cada sabor sin evitar que alguna lágrima se escapase de sus ojos. Al terminar limpió y recogió todo dejando en el escurreplatos la sartén, el plato, el vaso y los cubiertos que había utilizado, se despojó de las ropas con las que había pasado el día y las introdujo antes de ponerla en marcha en la lavadora. No pudo evitar hacer un mal gesto al notar el olor a orín de sus calzoncillos. En su lugar ahora llevaba puesto un traje de baño no usado desde el siglo anterior y sobre él un albornoz. Dejó caer el agua sobre la bañera bien cerrada, comprobó que eran las 22.33 horas y sonrió al pensar que se estaba retrasando 3 minutos sobre sus previsiones y mientras esta se llenaba él escribió en la misma mesa de la cena una nota a su nieta, la más joven, aquella que estaba siendo en los últimos años su consuelo y la única alegría.

                     Hizo varios intentos de escribir en el papel que terminaba arrugado y echado en la papelera, al final solamente dejo escrito: “¡Todo está bien…! Te quiere tu abuelo”.

                  El resto de papeles los añadió a la bolsa de basura, habitualmente el papel lo reciclaba, pero eso ya lo había hecho por la tarde y en aquellos momentos solamente quería dejar todo ordenado. Se acercó al baño para comprobar que la bañera tenía el agua algo por encima de la mitad y le pareció suficiente, abrió el tapón para que no se llenase más, dejó el agua cayendo en ella, así no estaría fría cuando se diese el baño y tampoco se derramaría por el suelo mientras bajaba la basura al portal. Mientras esperaba el ascensor, con aquellas fachas que vestía prefería no encontrarse con algún vecino en las escaleras, dejó sujeto en el espejo del mueble del hall, el sobre donde había dejado escritas varías hojas que le habían llevado semanas de duras cavilaciones plasmar en papel y la nota para su nieta. “¡Todo está bien…!” Volvió a leer al regresar cerrando la puerta tras él, “te quiere tu abuelo” recordó que ponía en la nota mientras colgaba el albornoz detrás de la puerta y se metía en la bañera con la cantidad justa de agua caliente que deseaba. 

                No volvió a cerrar el tapón ni cerró el grifo que seguía manteniendo el mismo ritmo que el desagüe. Comprobó que tenía a mano el álbum digital con las fotos familiares que le habían regalado por su cumpleaños donde se había recogido toda su vivencia en imágenes, escaneando fotos antiguas, en algunas incluso con sus padres, fotos de bodas, la suya, la de sus hijos e incluso las bodas de sus nietos aparecían allí. Con esas imágenes quería recrearse después de producirse un pequeño corte aunque profundo en la ingle donde sabía por su experiencia profesional que pasaban muchas venas y arterias, situaría el álbum sobre la mesa en forma de atril y podría pasar las hojas sin ensuciarlas de sangre, la sangre que iría perdiendo poco a poco desde aquel otro punto más próximo al cáncer que le iba a llevar en breve a la tumba y al que no iba a dar oportunidad de hacerle sufrir ni a él ni al resto de la familia más que un breve espacio de tiempo.    

                                                                                                                                                                                                                         

                               

EL LEGIONARIO

             Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor america...