Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor americano tan guapo que actuaba en muchas comedias con Doris Day. Su madre y sus tías suspiraban cuando lo veían en las películas. Y eso era lo que él soñaba. Pero por aquella época era solamente el niño en una casa llena de mujeres porque su padre iba y venía, siempre de viaje. Le decían que era diplomático.
Su intento de parecerse a Rock Hudson, imitando su mirada, su corte de pelo, terminaron cuando empezó a correrse el rumor por las revistas del corazón que era maricón. Ningún insulto más grande que ese, así que en la adolescencia, aprovechando el cambio de centro escolar, hizo que le llamaran Royer, pero escrito con ge. Por entonces en casa le llamaban el chico. Era la época que Roger Moore, el actor británico, se hizo famoso con la serie titulada “El Santo” y soñaba con ser un súper- héroe guapo y rico a prueba de balas y admirado por las mujeres
Porque a Rogelio Manuel Silverio de las Heras y Rojas-Sarmiento lo que le gustó siempre fue el cine y las mujeres. Cuando le echaron de casa a los diez y ocho años, ¡vaya , para una vez que su padre permanecía más de una semana en ella!... se enteró su progenitor por su amigo el rector de la universidad donde le hacían estudiando Derecho, que nunca había pisado las aulas porque de hecho nunca se había matriculado.
No mejoró las cosas que informara del uso que había dado al dinero de la matrícula: Una amiga estaba en un serio apuro, que se haría evidente con el paso de los meses y parecía que por su culpa, y el chico había invertido el dinero de la matrícula del primer trimestre en ayudarla para evitar males mayores. Nunca quiso explicar qué había hecho con el dinero del segundo trimestre, así que su padre le expulsó con una maleta y el dinero en metálico del último trimestre del único curso que podía presumir de haber estado cerca de una Universidad.
Lo pasó muy bien aquel verano. Se fue a Ibiza, era la moda y allí terminó por consumir el dinero que tenía viéndose en necesidad de solicitar trabajo como camarero de bares nocturnos donde antes había disfrutado el ocio, el vicio… pero finalizó septiembre y se congelaron las posibilidades de vivir del turismo. Pasó necesidades, durmió en refugios llenos de chinches y de su casa y solo por teléfono llegaban las quejas envuelta en lágrimas de su madre. Y tías. Pero ningún dinero.
Una mañana en la que llovía a chuzos, en las Baleares también llueve, y no veas cómo, se fijó en un cartel medio pegado a una farola. Lo cogió al vuelo cuando una ráfaga de aire lo terminaba de desprender y allí vio su futuro.
- “¡La legión te espera!, ¿por qué no te alistas?" -
Aquellas dos únicas frases, pero sobre todo la imagen de aquel hombre de camisa abierta mostrando pelo en pecho, cruzado éste por la bandera nacional y portando el estandarte, le encandiló. Buscó la dirección que con bolígrafo estaba añadida al cartel y sin apenas darse cuenta, dos semanas más tarde estaba embarcado rumbo a África para formar parte del Grupo Ligero Sahariano de la Legión.
Allí estuvo cinco años hasta la famosa Marcha Verde. Siempre cuenta lo feliz que fue, lo bien que lo pasaba, lo importante que se sentía y todavía recrimina al gobierno español que no defendiera adecuadamente aquel territorio, primero frente a los propios saharauis y posteriormente frente a Marruecos. Él hubiera dado la sangre y la vida porque aquel territorio siguiera siendo español y poder pertenecer en él.
– Cuando se perdió el Sahara se empezaron a perder los valores patrios – acostumbraba a decir. Después se sumía en la melancolía. Solamente el alcohol volverían a levantarle el ánimo.
Volvió a la península cuando se enteró de la muerte de su madre a causa de un cáncer pancreático fulminante. Para entonces su padre ya su padre se había vuelto a casar. En el fondo aquella nueva, o no, mujer y los hijos que con ella tenía, uno de ellos solo era siete años más joven que él, siempre fue la verdadera causa de que su padre no parase mucho en casa. Empezó a odiar a la mujeres, por zorras, como la esposa de su padre o por mentirosas como su madre y sus tías. Siempre se encontraba más a gusto con las prostitutas. Con ellas las cosas estaban claras, él pagaba, ellas hacían su trabajo sin embustes ni engaños. Nunca se molestó en pararse a pensar qué lleva a una mujer a hacerse prostituta.
Siempre pagó a las mujeres, incluso en África cuando tenían órdenes de dañar al Frente de Liberación Saharaui de cualquier forma, cuando tomaba a una mujer en contra de su voluntad, siempre le dejaba algo de dinero, de aquella forma se sentía más digno, redimido de una falta que sabía, por educación salesiana, que era pecado.
Ya licenciado del ejército, con veinticuatro años, sintiéndose viejo y amargado, notando que no pertenecía a ningún lugar, añoraba la arena dorada del desierto, la luz de los atardeceres, el viento… deseaba sentirse libre y sin embargo detestaba no estar ligado a sitio alguno.
Sus tías se habían ido a la casa familiar en un pueblo de la castilla profunda, lo único que les quedaba del recio abolengo del que presumían y que les había llevado a la soltería por no encontrar pareja adecuada, a su nivel, decían. Su vida era vivir de las rentas, las tierras alquiladas les daba para lo justo, y rezando en la iglesia ocupaban las horas. Nunca le invitaron a compartir sus vidas. Demasiado pecador, ya le perdonará Dios.
Su padre vivía bien con su familia. Su otro hijo mayor había empezado medicina y el pequeño jugaba estupendamente al baloncesto. Luego estaba la niña, una preciosidad rubia que se estaba preparando para la Primera Comunión. No pudo evitar envidiar a su padre. Su esposa trabajaba en el mismo banco en el que el progenitor era asesor financiero internacional. Y le ofreció trabajo en la misma entidad si se sometía a unos cursos de formación que iban a impartir en breve. Eran cursos para formar al personal existente, para mejorar sus puestos, pero le podía colar y lo haría si prometía que no le iba a defraudar de nuevo.
Y lo prometió. Fueron seis meses en los que vivió con sus ahorros y unas rentas acumuladas heredadas de su madre. En lo que un día fue una casa señorial en el Barrio Antiguo, su madre había hecho construir pequeños pisos que tenía arrendados. En uno de ellos, el piso alto, vivía una mujer mayor que había sido la costurera de su madre y cuya pensión no le llegaba para pagar el alquiler. Concertó que, a cambio del alquiler y que él haría las compras básicas, ella le dejaría vivir en la buhardilla y se encargaría de hacerle la comida y la limpieza tanto de la ropa como de la habitación mientras él trabajaba.
De esa forma y durante treinta y cinco años trabajó para el Banco. Se encargaba de llevar trámites de hipotecas tanto a la notaría como al Registro de la Propiedad o a correos. Parte del tiempo laboral lo realizaba caminando por la calle. Estaba seguro que por eso pudo aguantar tantos años en aquel tedioso trabajo. Sin embargo cuando en los bares que frecuentaba se le oía hablar se llegaba a la conclusión que parecía el director de la sucursal.
Cuando falleció la modista, se hizo arreglar el piso con una decoración estilo árabe incluyendo un jacuzzi en un gran baño de azulejos chillones. La cocina quedó reducida al espacio mínimo, pocas veces cocinaría en ella, porque por entonces ya estaba convencido que él no iba a formar una familia. En el resto de las piezas, una habitación y el salón, demasiadas cortinas que fueron poco a poco desapareciendo según veía la necesidad de lavarlas. La Buhardilla, su antigua habitación la decoró con libros y mapas, una mesa y alfombras. Por sus ventanas seguía las puestas del sol, añorando los atardeceres en otro horizonte. ¡Que feliz fui en África!
Gustaba de ir a comer a un restaurante de comida oriental. Allí le servían algunas viandas que le recordaban los sabores de otros tiempos que a base de añorar dejó de vivir el que le tocaba.
Cuando tenía sesenta años, próximo a los sesenta y uno le llamó el director del banco para ofrecerle una jubilación anticipada. Los tiempos habían cambiado y con ellos la forma de trabajar. Los importantes trámites que él realizaba los hacían a través de los ordenadores y para hacer fotocopias tenían a los becarios. Le darían una pequeña indemnización, una placa y hasta los sesenta y cinco años le igualarían la paga de la pensión como si estuviera en activo. Como vio que la propuesta era más una imposición que otra cosa, dijo aceptar encantado y todos se hicieron fotos y le dedicaron unas bonitas palabras mientras tomaban un vino español en las mismas dependencias del banco en su último día laboral.
Como lo días le pasaban muy despacio decidió aprovechar uno de esos viajes del INSERSO y volver a Ibiza. Pero las cosas no eran como cuando él era joven, porque lo cierto es que él no era joven. Los intentos de ligue que hacían gracia los primeros días, dejaron de serlo la segunda semana, sus compañeras de viaje huían de él como de la peste y ya de regreso, en el aeropuerto empezó a sentirse mal. Por suerte había ido a buscarle su medio hermano cuando tuvo la primera angina de pecho y con buen criterio médico fue llevado urgentemente al hospital. Dos amagos más tarde llegó el infarto y con él los anticoagulantes. Y se sintió tan desbordado, tan incapaz de cuidar por si mismo que aceptó una plaza en una Residencia de Dependientes Concertada. Iba a ser algo pasajero que por comodidad y porque de ella, respetando los horarios de comidas y sueño, se podía salir y volver libremente, fue prolongando la estancia año tras año.
En la Residencia, como el la llamaba, aprendió que las mujeres no tenían precio, desde la enfermera hasta la limpiadora, todas hacían un trabajo digno, la mayoría de veces con una sonrisa, solo tenía que tener cuidado con expresiones que ellas llamaban machistas, sin entender él mucho el significado de aquella palabra cuando en el fondo lo que pretendía era halagar.
– Mejor déjalo para campo – le decía Alicia la enfermera, una joven menuda pero que se movía como si no existiese la gravedad, capaz de encargarse de todo y de todos sus cuarenta y cuatro ancianitos, de los que Rogelio era el más joven y lo fue durante varios años. De vez en cuando le encargaba recados, llevar cartas de los residentes a la oficina de correos, las peticiones de recetas al centro de salud, pequeñas cosas que agradecía Rogelio para seguir notándose útil.
Por Navidad solía comer en casa de su hermanastro mayor donde se reunían toda la familia. Ya sin padre ni tías, eran aquellos tres casi desconocidos y sus desconocidos hijos, todo lo que tenía. En estas últimas fiestas todos están felices porque Andrés, el anfitrión y su esposa iban a ser abuelos por primera vez. La mayor de sus hijas, que cree recordar que se llama Gloria y que como sus padres es médico, pero de niños, les acaba de dar la noticia. Su otra hermana anuncia que se casará en cuanto termine la Residencia, la joven acaba de llegar de un viaje por China y El Nepal con su novio, un chico alemán al que conoció durante el tiempo que estuvo en el extranjero con una beca de estudios.
– Todos en esa familia son médicos – piensa distraído Rogelio, desde que empezó a trabajar en el banco ese ha sido su único nombre, siente que de eso hace mucho y que está rodeado de extraños a los que felicita y besa porque eso es lo que hay que hacer para que el mundo siga rodando sin hacer ruido.
La noche pasa apaciblemente. Los primeros en marcharse es el otro hijo de su padre que se llama Luis y es muy, muy alto, tanto que acostumbra a doblar la cabeza cuando pasa por debajo de cualquier puerta aunque no se vaya a dar con ella. Mañana viajará con su esposa que como él es funcionaria del estado con cargo relevante en la Consejería de Educación y Deporte, a visitar a sus hijos mellizos en Roma con los que pasarán el fin de año.
Le besa y le hace una caricia Alejandra, la pequeña de sus hermanos, ahora convertida en toda una mujer dos veces divorciada pero que sigue con el mismo rostro fresco que tenía cuando la conoció. No tiene hijos, ya tengo sobrinos, dice y se ríe. Se ríe mucho y abraza a la recién llegada de China, la futura novia que tose ligeramente. Poco después le acuestan en la cama que le han preparado en lo que debe ser el despacho de Andrés, le recuerdan donde está el baño y todos se desean buena noche. Al día siguiente volverá a la Residencia, a hacer rabiar a Alicia, la enfermera, y si puede a otras de las internas a las que contará picardías y de los viejos tiempos en los que se rodeaba de un mar de arena.
– ¡Pero qué pesao, siempre con la misma historia.! – le dirán ellas, pero se reirán y él con ellas. Son su otra familia.
Recuerdo Rogelio cuando empezó a toser, lo normal en invierno. Recuerda la fiebre y que a veces apenas le llegaba aire al pulmón. Lo nota obstruido, como si las paredes se hubiesen ensanchado y no queda espacio para nada más. Vuelve el sueño después que las sombras verdes pasan por su lado, a veces parando otras no.
Tarda en saber que vuelve a estar en el hospital. Otro infarto, piensa. Pero no. En el duermevela en el que no aparecen arenas doradas ni rojos rayos de sol, los fantasmas hablan de un virus nuevo, de que hay mucha gente afectada. Y las frases se interrumpen. A veces se despierta cuando si una mano sobre la cara y una piedra sobre el pecho no le dejasen respirar y saltan todas las alarmas, vuelven los halos verdes. Ya no son fantasmas, no le asustan. Sabe que son sus ángeles y que si puede salir de ésta será gracias a ellos. Pero le gustaría ver sus caras que llevan tapadas, como las mujeres árabes, unas bellezas ocultas detrás de un velo.
No puede pensar más en ello, le duele todo, todo da vueltas y en su último segundo de vida, cuando por delante de sus ojos pasa como si fuese una película toda su existencia, recuerda al hijo que no tuvo, el dinero que perdió a las cartas, las drogas que consumió y que abandonó excepto el alcohol y el tabaco. Recuerda las mujeres que nunca fueron suyas aunque las pagara. El único a quien engañaba era a él mismo, el amor no se compra, se gana apostando por él y él nunca lo hizo, para evitar perder dio la batalla por perdida. Como el gobierno español con el Sahara, ¡malditos…! ¡Y maldito yo! Pero ya no hay tiempo para lamentos, lo importante es poder respirar, respirar una vez más… y al final decide dejarse ir. Se convence que la guerra está perdida, que no merece la pena más dolor.
El tiempo es tan efímero que no sabe cuanto ha pasado, le gustaría preguntar por el resto de su familia, su hermano el doctor, el que se iba a Roma y también por la que tiene un novio alemán y por la niña rubia que va a hacer la Primera Comunión, pero no le quedan fuerzas, empieza a imaginar que las huríes le están esperando al final del camino, ese camino que está frente a él, bordeado por los ángeles verdes sin rostro.
Y luego nada. No hay huries para un cristiano viejo como tú, escucha decir a su madre antes de desaparecer por el oscuro horizonte el último rayo de sol.
Bif bif bifbiiiiiiiiiiiiiii.