EL MAYORDOMO
Como todas las noches estaba
sirviendo la cena. Alrededor de la mesa tres personas comían casi en
silencio. Era mejor así para no terminar a gritos.
Annibal Smith trabajaba de forma
acompasada, siguiendo el ritual que le marcaba el cargo. Sin embargo
su mente estaba en otra parte.
Las noticias que le llegaban al
teléfono móvil eran todo menos esperanzadoras. Hacía unos días
que no se había podido despedir se sus padres, ahora quien lo dejaba
era su esposa, y él obligado a vivir en aquella casa que nunca sería
la suya.
Se distrajo un momento en estos
pensamientos cuando un seco golpe con la cucharilla en el vaso de
fino cristal de bohemia le recordaba que estaba vacío. El hombre que
presidía la mesa lo miró con reproche. Annibal inclinó los ojos en
señal de disculpa y decantó el caro vino de una de las más
antiguas bodegas del sur de California, de cuyas viñas, plantadas
allí por los españoles que la conquistaron, solo se hacían las
botellas para el comensal adquiridas en exclusiva desde hacía más
de dos lustros.
Terminado el primer plato y mientras
una doncella recogía y limpiaba la mesa, Annibal se dirigió a la
cocina. Comprobó que la chuleta de novilla estuviese con el adobo
adecuado y mientras el cocinero la ponía en la plancha él hizo un
poco de ruido con los cubiertos para ahogar el carraspeo. Después
con rapidez pasó el dedo enguantado debajo de la mascarilla para
recoger el esputo que había llegado a su boca. También con sumo
cuidado para no ser visto, lo deposito en una cuchara larga y a
continuación la introdujo en la salsa de pimienta, revolviendo con
ella para apreciar que la textura fuese la adecuada, como hacía
siempre, antes de ser depositada en la salsera que acompañaría a la
carne.
Esperó que aquel hombre rubio y
fuerte empezara a comer el segundo plato del menú. Su esposa, una
ex-modelo famosa, al ser vegetariana, se la sirvió unas verduras a la
plancha con salsa de jengibre y miel. Al hijo de ambos, que a los
quince años ya tenía casi la altura de su padre y su mismo aspecto
físico prefería la carne sin salsas, había decidido cuidar su
físico después de haber sido un niño obeso. Mirando al hijo
parecía que la madre solo había aportado un ovario sin material
genético...¡vete tú a saber de uno de los hombres más ricos del
mundo que en sus matrimonios anteriores solo había engendrado
hembras.
Annibal vio cómo una gran cantidad
de salsa de pimienta casi tapaba la chuleta y cómo aquel individuo,
al que odiaba sin límites, empezaba a cortarla y engullirla sin
ninguna norma ni etiqueta. Era en estos momentos cuando se notaba la
poca clase con la que se había educado en uno de los barrios
marginales de N.Y.
Su esposa le había dejado de
corregir para evitar malos momentos donde él perdía los papeles y
la gritaba llamándola con todos los insultos machistas que había
aprendido en sus casi setenta años, que no eran pocos, más cuando
en sus discotecas, la base de sus múltiples negocios, eran
considerados por la mayoría como burdeles de lujo.
Annibal retiró personalmente los
restos de la cena y los introdujo en el lavavajillas. Fue la doncella
quién sirvió el postre, suflé con frutas escarchadas para los
varones, frutas peladas y en rodajas formando un bonito abanico de
colores para la dama.
Ayudó a recoger la cocina después
que, con un gesto, le habían ordenado que se retirase del comedor.
– ¡Buenas noches, Annibal! ¡Que
descanse! – le había dicho la señora mientras se levantaba de la
silla que él echaría hacia atrás para facilitar el movimiento.
Mientras se deshacía de cualquier
prueba reprobable sobre su conducta, pensaba en su hija Anna, el
único miembro de su familia que por el momento no se había
contagiado del temido virus, pero que corría un gran riesgo
trabajando como investigadora en el Centro de Enfermedades
Contagiosas de Atlanta. Y aunque los resultados de los test para
coronavirus, diesen negativo, ella,
mi pobre Anna, mi dulce niña, se
siente culpable como posible portador, de la muerte de su madre y sus
abuelos.
Sin embargo Annibal sabe quien es el
responsable mayor de todo aquel proceso, con miles de muertos sobre
todo en gentes sin hogar, afroamericanos, la mayoría, personas
humildes que han ido a trabajar confiados en lo que su líder dice
por televisión. A él, solo a él hace responsable de la propagación
de la pandemia.
Cuando se dirige a encerrarse a la
habitación asignada, notando que necesita ya nueva dosis masiva de
medicación para enmascarar, un día más, los síntomas de su
contagio, Annibal escucha un eructo a través de la puerta cerrada
del gabinete principal. Y un estornudo. Los guardaespaldas se mueven
inquietos.
Mientras se aleja de las plantas
nobles, Annibal menea la cabeza donde suena, con sorna, su voz
diciendo:
– ¡Buenas noches y buen provecho,
señor presidente!