viernes, 15 de enero de 2021

EXTRASÍSTOLE

EXTRASÍSTOLE

    Solo necesité un instante. Apareciste detrás del cristal de las puertas correderas de la entrada del hospital que permanecieron cerradas. Por seguridad.

    Por un instante y durante un segundo, te vi. Vi tu pelo oscuro, tu abrigo gris y pantalones vaqueros. Tu boca no. Llevabas bien puesta la mascarilla pero tus ojos...¡Ay, tus ojos verdes! Tus ojos verdes se cruzaron con los míos. Y mi corazón lanzó un latido de alerta.

    Por un instante y durante un segundo, te soñé abrazando a la persona que fui hace cuarenta años cuando tenía tu misma edad.

    Solo necesité un instante para que mi viejo corazón responda con alegría ante la belleza de la juventud y la tentación por lo prohibido.

    Ya sé que me va a decir mi cardiólogo, que no estoy bien, pero ¿qué va a saber él del joven corazón de una mujer de setenta y cinco años?



jueves, 14 de enero de 2021

MI PERRO

 Mi perro se llama Anacleto.  A mí no me gustan los perros y yo no le gusto a él.

Por la mañana, antes de trabajar, lo saco de paseo para que haga sus necesidades. Pero él se aguanta las ganas y cuando de regreso entra en casa, se orina sobre el ficus benjamina del salón que cuido con tanto mimo.

Los domingos, si hace buen tiempo, llevo a Anacleto a pasear por la playa. Dicen que llevando un perro se liga mucho, pero el chucho aprovecha para hacer sus cacas cuando no le veo y después la gente me mira mal por no haberlas recogido.  El domingo pasado me insultaron y creo que el perro se reía por debajo de sus bigotes de mosquetero.

Hoy llovizna y hace frío. La gente se queda en su casa tan ricamente pero él me acosa hasta que lo saco a pasear y no quiere volver hasta que me ve temblar  muerto de frio.

Es cierto que sin mi perro, mi vida no sería igual.

miércoles, 13 de enero de 2021

El mayordomo


 

EL MAYORDOMO

    Como todas las noches estaba sirviendo la cena. Alrededor de la mesa tres personas comían casi en silencio. Era mejor así para no terminar a gritos.

    Annibal Smith trabajaba de forma acompasada, siguiendo el ritual que le marcaba el cargo. Sin embargo su mente estaba en otra parte.

    Las noticias que le llegaban al teléfono móvil eran todo menos esperanzadoras. Hacía unos días que no se había podido despedir se sus padres, ahora quien lo dejaba era su esposa, y él obligado a vivir en aquella casa que nunca sería la suya.

    Se distrajo un momento en estos pensamientos cuando un seco golpe con la cucharilla en el vaso de fino cristal de bohemia le recordaba que estaba vacío. El hombre que presidía la mesa lo miró con reproche. Annibal inclinó los ojos en señal de disculpa y decantó el caro vino de una de las más antiguas bodegas del sur de California, de cuyas viñas, plantadas allí por los españoles que la conquistaron, solo se hacían las botellas para el comensal adquiridas en exclusiva desde hacía más de dos lustros.

    Terminado el primer plato y mientras una doncella recogía y limpiaba la mesa, Annibal se dirigió a la cocina. Comprobó que la chuleta de novilla estuviese con el adobo adecuado y mientras el cocinero la ponía en la plancha él hizo un poco de ruido con los cubiertos para ahogar el carraspeo. Después con rapidez pasó el dedo enguantado debajo de la mascarilla para recoger el esputo que había llegado a su boca. También con sumo cuidado para no ser visto, lo deposito en una cuchara larga y a continuación la introdujo en la salsa de pimienta, revolviendo con ella para apreciar que la textura fuese la adecuada, como hacía siempre, antes de ser depositada en la salsera que acompañaría a la carne.

    Esperó que aquel hombre rubio y fuerte empezara a comer el segundo plato del menú. Su esposa, una ex-modelo famosa, al ser vegetariana, se la sirvió unas verduras a la plancha con salsa de jengibre y miel. Al hijo de ambos, que a los quince años ya tenía casi la altura de su padre y su mismo aspecto físico prefería la carne sin salsas, había decidido cuidar su físico después de haber sido un niño obeso. Mirando al hijo parecía que la madre solo había aportado un ovario sin material genético...¡vete tú a saber de uno de los hombres más ricos del mundo que en sus matrimonios anteriores solo había engendrado hembras.

    Annibal vio cómo una gran cantidad de salsa de pimienta casi tapaba la chuleta y cómo aquel individuo, al que odiaba sin límites, empezaba a cortarla y engullirla sin ninguna norma ni etiqueta. Era en estos momentos cuando se notaba la poca clase con la que se había educado en uno de los barrios marginales de N.Y.

    Su esposa le había dejado de corregir para evitar malos momentos donde él perdía los papeles y la gritaba llamándola con todos los insultos machistas que había aprendido en sus casi setenta años, que no eran pocos, más cuando en sus discotecas, la base de sus múltiples negocios, eran considerados por la mayoría como burdeles de lujo.

    Annibal retiró personalmente los restos de la cena y los introdujo en el lavavajillas. Fue la doncella quién sirvió el postre, suflé con frutas escarchadas para los varones, frutas peladas y en rodajas formando un bonito abanico de colores para la dama.

Ayudó a recoger la cocina después que, con un gesto, le habían ordenado que se retirase del comedor.

    – ¡Buenas noches, Annibal! ¡Que descanse! – le había dicho la señora mientras se levantaba de la silla que él echaría hacia atrás para facilitar el movimiento.

Mientras se deshacía de cualquier prueba reprobable sobre su conducta, pensaba en su hija Anna, el único miembro de su familia que por el momento no se había contagiado del temido virus, pero que corría un gran riesgo trabajando como investigadora en el Centro de Enfermedades Contagiosas de Atlanta. Y aunque los resultados de los test para coronavirus, diesen negativo, ella, mi pobre Anna, mi dulce niña, se siente culpable como posible portador, de la muerte de su madre y sus abuelos.

    Sin embargo Annibal sabe quien es el responsable mayor de todo aquel proceso, con miles de muertos sobre todo en gentes sin hogar, afroamericanos, la mayoría, personas humildes que han ido a trabajar confiados en lo que su líder dice por televisión. A él, solo a él hace responsable de la propagación de la pandemia.

    Cuando se dirige a encerrarse a la habitación asignada, notando que necesita ya nueva dosis masiva de medicación para enmascarar, un día más, los síntomas de su contagio, Annibal escucha un eructo a través de la puerta cerrada del gabinete principal. Y un estornudo. Los guardaespaldas se mueven inquietos.

    Mientras se aleja de las plantas nobles, Annibal menea la cabeza donde suena, con sorna, su voz diciendo:

    – ¡Buenas noches y buen provecho, señor presidente!

EL LEGIONARIO

             Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor america...