domingo, 31 de octubre de 2021

EL PERNIL DE CERDO

 

Era un hombre que se había hecho a si mismo. A los diez años su padre le preguntó una noche:

-              ¿Sabes contar?

-              Si, padre.

-              ¿Hasta cuánto?

-              Hasta mil

-              ¿Y leer y escribir?

-              Si, padre.

Le enseñó una hoja de periódico atrasada

-              A ver, lee esto.

-              El-Re-al-Ma-drid-se-pro-cla-ma-cam-pe-on-de-la-li-ga.

-              Pues ya sabes suficiente. Ahora tendrás que aprender un oficio.

No volvió a la escuela. Al día siguiente empezó como aprendiz en la carnicería del señor Pepe, amigo de borracheras de su padre.

El señor Pepe era un hombre gordo, jovial con las mujeres de los ricos del pueblo y despótico con aquellas que solo podían pagarle a final de la semana, cuando el marido cobraba la soldada. Conocía bien su oficio, pero la afición al alcohol y a las mujeres del Bar La Guillermina le habían hecho perder clientela principalmente entre las clientas de más posibles.

Tomás se esmeró en aprender el oficio y cuanto más bebía don Pepe, más se hacía él con las riendas del negocio y recuperaba la clientela perdida. Un día que don Pepe se presentó en la carnicería más borracho que de costumbre, le hizo firmar un documento cuya redacción había encargado a un leguleyo de un pueblo próximo, en el que le nombraba heredero universal como compensación a los sueldos que le debía el carnicero.

No le había pagado en los últimos tres años, aunque al tener Tomás el control de la carnicería, ya se encargaba de cobrarlos directamente de las ventas de carne. Así que a los dieciocho años se encontró siendo heredero de la carnicería y con manos libres para obrar a su antojo.

Una noche de invierno el carnicero volvía a casa, borracho, en medio de una fuerte helada. Al pasar delante de la carnicería se sintió muy cansado y decidió sentarse a la puerta a esperar que Tomás abriese el negocio. Faltaban aún cuatro horas y cuando esté llegó a las siete de la mañana, como de costumbre, el carnicero estaba muerto y congelado.

A los pocos meses, un día se presentó el padre de Tomás en la carnicería a la hora de cerrar. Tenía el mal aspecto de los borrachos habituales y le costaba tenerse en pie:

-              Hola, Tomás.

-              Hola, padre.

-              Parece que te va bien, eres un comerciante próspero.

-              Mi trabajo me costó, padre.

-              ¿Qué desea, padre?. Tengo mucho trabajo.

-              Verás, estoy enfermo, necesito ayuda.

-              No se preocupe, padre. Yo le daré la ayuda que necesita.

Lo metió en el automóvil y lo llevó a la sede local de Alcohólicos Anónimos, dejándolo a la puerta del establecimiento.

-              Y no vuelva por la carnicería. Nada hizo por mí y nada voy a hacer por usted.

No volvió a verlo hasta que le comunicaron que había muerto. Sin domicilio conocido y con cirrosis hepática debido al abuso de la bebida, era un final ya previsto.

Tomás se hizo cargo de los gastos del entierro. Un entierro modesto, de tercera y un nicho en el lugar más apartado y triste del cementerio.

-              El me dio la vida y yo le pago la muerte, es lo justo – es lo único que dijo.

Al cumplir los veinticinco años se buscó una mujer a su medida y encontró a Fernanda. Era la tercera hija de un campesino al que compraba ganado y justo lo que pedía de una mujer. Era callada, no levantaba la vista ni la voz y dócil en las noches, cuando Tomás regresaba de la cantina y la requería para que abriese las piernas y lo dejase disfrutar de las mieles del matrimonio.

Y Tomás que seguía ganando clientes y dinero, que era fuerte como un toro y duro como un pedernal, levantaba la voz en la taberna y se iba convirtiendo en el gallo principal de aquel corral.

Una mañana estaba troceando un pernil de cerdo, cuando se le escapó el cuchillo y le seccionó los dedos índice y medio de la mano derecha.

Los echó en la comida al perro junto con los desperdicios del pernil.

Al día siguiente mató al perro, lo cocinó y lo comió.

Seguro que ahora me vuelven a crecer los dedos – se dijo.

Su mujer no encontró argumentos para llevarle la contraria. Pero se lo dijo a su hermana y esta a una amiga que lo contó jocosamente en el murmuratorio de las novena de las siete a san Policarpo, santo de mucha devoción en aquellos lugares.

Pronto fue la comidilla del pueblo y en la taberna la mitad de los tertulios decían que era imposible que se le regenerasen los dedos y la otra mitad decían que el carnicero era capaz de eso y de mucho más.

Tomás sonreía satisfecho, invitaba a una ronda a los que estaban a su favor y decía que ya empezaba a notar dolor en los dedos seccionados y que eso significaba que estaban empezando a crecer. Siempre llevaba la mano vendada y al coger el vaso no podía evitar un gesto de dolor.

Por desgracia, nadie llegó a saber si le hubieran crecido o no, porque una septicemia originada por la infección se lo llevó por delante el 14 de Septiembre, día de San Cipriano y fiesta mayor del pueblo.

lunes, 4 de octubre de 2021

233 Km


 

233 Km.


Dejo a mi hijo ocupar la plaza de copiloto. Su padre mantiene el coche encendido, la radio puesta. El viaje, unos doscientos treinta y tres kilómetros nos llevará una vez más al pueblo donde nació mi marido. En esta ocasión su madre, con más de noventa años, está ingresada en el hospital. Los médicos que la atienden temen un mal desenlace.

Me sitúo como única ocupante de los asientos posteriores y pienso en mi otro hijo que al igual que nosotros, inicia el viaje desde otro punto más o menos equidistante donde dice que estudia.

Al poco de iniciar el trayecto escucho como se apaga con un clic la radio.

  • La puedo apagar ¿no? – dice el hombre más joven

  • Si, por poder se puede, pero la estaba escuchando – contesta el hombre de más edad.

El joven, imperturbable, sigue leyendo mensajes en su móvil.

Por un momento extraño otros viajes en el mismo recorrido donde los hermanos, atrás en el coche, no podían estar más de cinco minutos sin pelearse o cantando voz en grito y yo recordaba cuando los primeros viajes con ellos en el coche, eran como una nana. A los pocos kilómetros se hacía la paz. Los niños se habían dormido.

Hoy el silencio parece un estruendo que intento romper.

  • Ya que no se puede escuchar la radio, cuéntanos algo, hijo – Digo por decir.

Otro minuto de silencio en el que el joven, casi adulto, mira como buscando inspiración en el techo sobre su cabeza.

Se le escapa un suspiro y enciende la radio mientras se coloca un auricular en la oreja. El resto del viaje, en los siguientes doscientos kilómetros, una cadena de radio será lo único que se escuche. Ahora, mientras cierro los ojos y me dejo caer en mi asiento, soy yo quien suspira intentando que la nostalgia no me haga daño.

EL LEGIONARIO

             Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor america...