martes, 20 de octubre de 2020

CON AMOR

 

Siempre fui una persona optimista por naturaleza. Así, cuando me cortaron la pierna derecha por encima de la rodilla pensé que si bien perdía una extremidad, a cambio ganaría en cariño de los demás que al verme físicamente disminuido sin duda tendrían especiales consideraciones hacia mí. Para un viejo que apura sus últimos años es más importante sentirse querido que caminar con agilidad.

Cuando subí a aquel autobús abarrotado estaba seguro que como de costumbre, en cuanto viesen mi caminar renqueante, mi bastón y mi prótesis de titanio reluciente, me cederían un asiento. Me dirigí al fondo del autobús, mi zona preferida.

Varios pasajeros iniciaron el gesto de ir a cederme el asiento, pero el más rápido fue un individuo de mediana edad, aspecto insignificante, ojos pequeños y maliciosos y una calvicie prematura que daban un aspecto un tanto cómico a su cabeza de pepino.

Iba yo a adelantarme para tomar asiento, cuando el sujeto acomodó su chaqueta un tanto arrugada del viaje y volvió a sentarse.

El resto de los pasajeros, al verse inicialmente ganados en lo que presumían un gesto de cortesía, desistieron de su actitud y se desentendieron del asunto, cada uno dedicado a sus preocupaciones.

No pasó nada hasta dos paradas más adelante. El individuo se levantó de su asiento y mientras yo iniciaba la aproximación al mismo sacó su reloj de bolsillo, comprobó la hora y tornó a sentarse. Esta vez tuve la sensación de que algunos pasajeros percibían la maniobra y se sonreían de la insolencia de aquel hombrecillo.

Nuevamente volvió a realizar la falsa maniobra en la siguiente parada y volví a errar de sus intenciones, pues rebuscó en el bolsillo de su pantalón, sacó un pañuelo arrugado de aspecto repulsivo y volvió a sentarse. Esta vez estaba seguro de que me había lanzado una mirada maliciosa y que por lo menos dos pasajeros sonreían abiertamente.

Me retiré corrido y avergonzado hasta la puerta de salida a esperar mi parada de destino.

En la anterior a la mía, el fulano dejó finalmente el asiento para bajar del autobús. Al pasar apresuradamente a mi lado me guiñó un ojo.

Deslicé suavemente el bastón por delante de su pierna más atrasada a modo de traba, le di un golpe con la puntera metálica  de mi prótesis en la espinilla y me quedé viéndolo mientras caía aparatosamente.

A veces, cuando me deprimo pensando en mi situación de tullido, recuerdo su cabeza de pepino chocando contra el borde de la acera y el ruido sordo de su mandíbula rompiéndose contra la tapa de una alcantarilla que casualmente se encontraba abierta y como escupía sangre y dientes entre estertores.

Y se me pasa la tristeza.

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