jueves, 15 de octubre de 2020

INTOXICACIÓN ETÍLICA de ASUNCIÓN TORAÑO

 

Estaba temiendo desde la mañana lo que iba a pasar. Hoy como ayer, pero seguramente más que ayer, la borrachera iba a ser el final de la historia diaria de Ramón, de sus esfuerzos baldíos y ya sin ninguna expectativa real de encontrar trabajo, y recuperar la dignidad de un hombre por mantener a su familia.

 

Fue la Encarna, quien la avisó, a voces desde la calle:

 

- Mari, Mari, que el Ramón está borracho en el bar, que no se aguanta de pié, y dijo el Salustiano que te avisara, porque si no lo va a echar a cajas destempladas , que ya se está poniendo “pesao”. Desde luego, hija, vaya cruz que tienes con el Ramón, y más en un día como hoy.

 

A Mari, ya hace mucho tiempo que no le preocupan los días como hoy.Sabe que la Navidad es para los ricos, que van a misa, a que se les perdone los pecados, pero no se acuerdan del Ramón, que lleva dos años sin trabajo y sin posibilidades, porque ya tiene 48 años y no es ingeniero ni economista. Solo sabe trabajar con las manos, porque el mundo es solo para los que tienen estudios, y por eso ella tiene que salir a servir y que no falte. Dios nos libre, que de eso comemos, aunque muy malamente.

 

La Mari tiene mucho tiempo para pensar, porque como no tienen televisión (la tuvieron que empeñar) y está mucho tiempo sola y el trabajo que hace no necesita que le preste mucha atención, porque al fin y al cabo cualquiera sabe fregar, cogió costumbre de pensar que resulta barato y alimenta, porque cría mala baba, y los pobres no pueden despreciar algo que alimente, aunque sea mala baba.

 

Ya sabe lo que le queda, ir a buscar al Ramón antes de que algún desaprensivo o un desgraciado tan borracho como él, acabe pegándole y encima tenga que traerlo hecho una piltrafa. Pero antes tiene que acabar de preparar la cena de Nochebuena, una sopa de ajo y unas sardinas. Para el turrón no le llegó porque lo que tenía ahorrado, guardado dentro del colchón, lo encontró su hombre la semana pasada y lo bebió en menos que canta un gallo.

 

Hace un año, hubiese salido disparada a buscar a su hombre, pero ahora no, ya está acostumbrada a estas cosas, y hasta la tragedia acaba por convertirse en rutina.

 

El bar de Salustiano no es ni mejor ni peor que los demás del barrio. La decoración, cuatro mesas y unas pocas sillas de formica, y el ambiente, media docena de habituales que si no están borrachos llevan el camino de conseguirlo, no invita precisamente a quedarse a cualquiera que tenga otra cosa que hacer. El problema es que la pobre fauna humana que lo frecuenta, generalmente no tiene otra cosa que hacer. Y además el Salustiano fía y siempre te sirve una copa cuando andas mal de dinero, que es casi todos los días. Eso sí, cuando cobras el paro tienes que regularizar la cuenta, porque él es un hombre de negocios y no te fía más de un mes. Como dice siempre “Hasta ahí podríamos llegar, colega”.

 

Cuando llegó al bar, su hombre estaba más tirado que sentado en una de las sillas, con los ojos vidriosos como le era habitual en los últimos tiempos y farfullaba sin que nadie le escuchase alguna monserga de tiempos mejores:

 

- “Tenía una fuerza como un burro..., cargaba un carretillo hasta un cuarto piso sin necesidad de grúas ni mierdas, hostia, ojalá caigan todas las putas grúas”.

 

Ya se sabía de memoria lo que venía ahora, si ella no lo remediaba, llevándolo a casa. Primero pegaría un puñetazo en la mesa, y adoptaría un aire desafiante. Si nadie le respondía, se derrumbaría y se pondría a llorar como un niño.

 

No lo podía evitar, a pesar de las veces que lo había visto así, no podía acostumbrarse a que su Ramón, aquel hombre trabajador con el que vivió feliz tantos años, no fuese ahora más que un triste monigote.

 

Todo se torció a partir de la nevada de hacía dos años. Bueno, de la nevada y de la crisis y de tener ya bastantes años y no rendir como los chavales jóvenes que no tienen dolores de espalda, ni reuma ni nada.

 

Cuando la nevada, que le dió al Ramón aquel ataque de reuma, tuvo que estar dos semanas en la cama, sin apenas poder moverse. Y cuando se puso bueno, ya se había terminado la obra, y con ella el contrato, porque él era eventual, llevaba toda la vida siendo eventual de una empresa, que en cada obra cambiaba de nombre pero eran siempre los mismos, Don José y Paco el encargado. Lo llamaban porque él era un trabajador serio y cumplidor, sin muchas luces, eso sí, pero formal al máximo.

 

El caso es que después de la nevada, fue a verlos y a recoger la liquidación, pero no lo volvieron a llamar. Hubo nuevas obras, pero no contaron con él. Un compañero se lo dijo “No te quieren, porque creen que tienes hernia y que te darás de baja”. Y a partir de ahí cayó en picado. Al principio salía a buscar trabajo, y cuando volvía, desanimado, paraba en el bar y se emborrachaba. Ahora ya iba directamente al bar.

 

Pero al fin y al cabo, el recordar y dar vueltas al asunto no solucionaba nada. Se acercó al Ramón y trató de ayudarlo a incorporarse:

 

- “Venga, vamos para casa, que es Nochebuena y ya es hora de cenar”.

 

Lo que siguió, no había pasado nunca. La esquivó y con la mano torpe por el alcohol, pero todavía fuerte, le pegó una bofetada. Sorprendido y avergonzado, se la quedó mirando fijamente y empezó a llorar.

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Sin saber por qué, sin pensar, giró sobre sí misma y salió del bar por donde había entrado.

Ramón no sabía qué hacer, se había asustado de sí mismo. Los parroquianos intentaron volver a la realidad inmediatamente anterior al desastre cuando Mari volvió al local. Sin mirar a Ramón ni por un instante se acercó a la barra, trepó a un taburete  y pidió un vaso de coñac. Salustiano, sorprendido ante tal gesto, cogió la botella de Magno y una copa

— No— repuso ella — copa no, vaso y grande

Salustiano cambó la una por el otro y lo puso frente a ella en la barra.

— Llénalo hasta el borde — ordenó Mari, y el hombre obedeció.

El primer trago no llegó a ser demasiado largo, una quemazón en la garganta la hizo toser. Cuando se hubo recuperado volvió a beber y así, fue alternando el trago y la tos hasta terminar el contenido del vaso.

—Ponme otro — dijo sin ninguna vacilación en la voz, la tos había remitido, sin embargo no tardó mucho en ser sustituida por un hipo recurrente.

Para entonces Ramón se había secado las lágrimas y se había incorporado de su asiento situándose justo detrás de ella. La miraba atónito, pero ella parecía ignorarle totalmente.

Por su parte Salustiano, sin saber muy bien qué hacer, volvió a llenar el vaso.

— Deja aquí la botella hombre, no me toques las narices — y nuevamente el hombre obedeció.

No se oía ni una palabra en el bar, todo el mundo estaba mudo pendiente de aquella mujer sin entender ninguno que era lo que realmente estaba sucediendo allí.

Entonces, con mucha suavidad, intervino Ramón

— Mari… ¿por qué haces esto?

Mari apoyó su mano izquierda sobre la cadera y girándose en la misma dirección lo miró con desprecio

— Y a ti hip… qué coño te importa — y con las mismas se volvió a girar hacia la barra alzó su vaso en gesto de brindis y dijo con clara voz beoda

— Porr todoss ustedes-hip, que se asombrran de ver a una mujjer bebi-hip-endo, pero no se asombrran jjamás de versse a sí-hip- missmos borrachos y arrastra-hip-traos — y luego, casi hablando en susurro remató— pandilla de pelagatos…hip

Entonces Ramón, viendo que todos le miraban y casi se diría que de vuelta a la sobriedad, probablemente por el susto que tenía metido en el cuerpo, estiró el cuello hacia arriba y poniendo una mano sobre el hombro izquierdo de su mujer dijo con voz igualmente beoda y tono casi imperativo

— Maari, ya eztuvo bien, deja de haceer el tonto y vamoss a casa

Esta vez Mari se volvió muy lentamente, tan lentamente que  Ramón sintió que le fallaban las rodillas, lo miró con la misma dureza en los ojos que Ramón había visto tantas veces en las películas del oeste, cuando al pistolero le hinchan las narices y, de repente,  en un gesto rápido, ella cogió la botella de Magno de la barra y sin decir ni pío se la estampó en la cabeza. Ramón quedó un instante con los ojos muy abiertos como si mirara un punto fijo y a continuación se desplomó en el suelo, todos corrieron hacia él, incluso Salustiano salió de detrás de la barra para socorrerlo. Mientras todos rodeaban al hombre intentando  reanirmarle Mari se coló detrás del mostrador para coger una nueva botella, la primera que cogió era un Felipe II

— Lo que me hip… faltaba — murmuró — la puññetera monarquí-hip-quía

Y sin más vació el brebaje en el fregadero dejando la botella seca. La siguiente que alcanzó fue un Chivas, la abrió, la olió, hizo un gesto con los hombros de “¡qué se le va a hacer!” y empezó a beber a morro. El hipo le resultaba bastante molesto, con lo que Mari decidió poner en práctica el método tan sonado de beber  un largo trago sin respirar. Entre tanto los hombres habían conseguido despertar a Ramón y levantarlo hasta una silla, tenía un buen chichote en la cabeza así que el Salustiano fue a la barra a por unas piedras de hielo que, como no vio nada mejor a mano, envolvió en la bayeta de limpiar la barra. Allí se encontró con Mari agarrada a la botella del Chivas.

— Mari, por favor — le dijo casi sin fuerzas como lo haría un viejo cansado — ¿por qué haces esto?

— Pa ssui-hip-icidarme

— Pero Mari, no seas niña, esto no te va a matar

— Pues a mí me da-hip- que me queeda poco –hip…

Le pusieron a Ramón el hielo sobre el chichote y el hombre pareció despejar, le dolía la cabeza a rabiar pero no era capaz de distinguir si era consecuencia del botellazo o se le había adelantado la resaca. Lo que si estaba seguro es que la borrachera había desaparecido como por encanto y al ver a Mari apoyada en la cafetera sin tenerse apenas en pie, se levantó y fue hacia ella. Todos estaban expectantes esperándose lo peor.

Cuando se acercó lo suficiente  dijo con suavidad

— Marí, por favor, vamos a casa, estoy cansado

Ella le miró, cambió el punto de apoyo al lado contrario, contra las neveras y respondió

— Mira Rramoón… maamoón — y empezó a reírse de su propio chiste, luego continuó — si-hip esto no me mata… mañana vuelvo y-hip-y si tampoco vuelvo a vol-hip-volver — pero te juro Rramoón maamoó-hip-ón que ahora te toca a ti, porrqu-hip-que yo cansé — y dicho esto se apoyó en él para salir juntos del bar, eso sí, con la botella en la otra mano y diciéndole al Salustiano

— Esta para el caami-hip-no, hasta mañana  compaññeros.

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