DULCE HALLOWEEN
La tarde daba inicio a la noche.
A Marta le parecía extraño ver tantos niños en las calles, sobre todo porque
empezaba a oscurecer.
-
¡Buu, soy un monstruo malo!
-
¡Oh no!, ¡No me hagas daño! Te daré chuches.
Iba
la madre hablando con su hijo pequeño. El niño llevaba un disfraz de
Frankenstein. Caminaban cogidos de la mano y conversaban animadamente. Iban
calle arriba donde, al parecer, había mucha más gente y muchos más pequeños
monstruos.
Marta
estaba sentada en un banco de la esquina del parque observando muy atenta
aunque su mente no estaba allí. Recordaba que hacía unos días, en casa, el niño
se había puesto una máscara de lobo y ella se había asustado, pero él se lo
pasaba muy bien corriendo por todos los lados, daba vueltas por el salón,
saltaba sobre los muebles a todo reír. Todo le parecía le parecía a Javier
alegre y animado. Era en único día del año en el que la madre decoraba todo en
color negro y naranja. Ponía esqueletos que reían de forma estridente sobre las
paredes y caramelos que Marta no podía ni tocar. A ella no le gustaban ni los
disfraces ni la decoración con calabazas en la entrada de la casa.
Apenas
se dio cuenta de lo rápido que había oscurecido y tuvo frío. Miró al cielo
donde reposaba la luna llena. Caminó deprisa por el lado más oscuro de la
calle. Estaba triste, no le apetecía que la vieran todas aquellas personas. Al
doblar la esquina se cruzó con un gato negro que cruzaba veloz, se sintió
tentada a seguirlo pero quería llegar a casa lo antes posible y continuó en
solitario su camino.
Ella
también caminaba muy deprisa, lo cierto es que se sabía muy lejos de su hogar.
Paró cerca de un kiosco donde desde el escaparate le miraba un esqueleto con
los ojos iluminados lo que le hizo recordar la decoración que madre
había puesto en el pasillo y deseó estar en él. Al rato el dueño del local se
asomó a la ventana y la echó una mirada fría que la hizo desear llegar a su
casa lo antes posible. Tenía que decidir si elegir la calle de enfrente que
parecía no tener fin o girar a la izquierda. Estaba muy desorientada.
Una
familia que pasaba cerca la vio lo que la hizo acelerar el paso y cruzar al
parque situado en la calle contraria, desde allí pudo oír mientras se alejaba a
la niña vestida de princesa llorando pedir más caramelos.
Sin
apenas darse cuenta llegó a la estación de trenes y recordó que desde casa
siempre los oía pasar:
–
Ya debo estar cerca – pensó con alegría
hasta que un hombre vestido con una túnica negra y máscara quiso asustarla pero
sus amigos le llamaron y se fue con ellos.
Marta
quiso seguirlos, poderles preguntar por su dirección pero los sujetos se fueron
hablando a voces. Estaba cansada. Y triste. Le molestó que la ignorasen. Le
dolía pensar que estaba perdida y que no volvería jamás con su familia. Se
acurrucó en un portal de la calle principal, no pudo evitar que se le escaparan
varios gemidos. Oía al viento mover los árboles y las nubes amenazaban con
tapar la brillante luna.
– ¿Hola! ¿te has perdido? – preguntó una
mujer aparecida en medio de sus lágrimas.
Marta quiso asentir pero sólo
pudo quedarse quieta mirando a aquella persona.
– ¡ Víctor,
ven! Creo que está perdida...
Marta
comprobó que a la llamada de su salvadora llegaban otras personas, padres y
madres se acercaban con sus hijos de regreso de la fiesta y entre ellos pudo
reconocer a Javier. Se estiró todo lo que pudo para hacerse ver mientras se le
iluminaban los ojos con la luz de la esperanza.
–
¡Papá, mamá! ¡Es Marta! – El niño corrió hacia el portal y la abrazó mientras
la llenaba de besos.
–
¡Cuidado Javier, puede estar herida! – El padre la recogió entre sus manos para
comprobar que se encontraba bien. Sucia, pero bien.
– ¡Perdón!, ¿es su gata? – preguntó la mujer que ahora estaba junto a su marido.
– Si, la hemos estado buscando desde ayer por la tarde que se debió asustar con los preparativos de la fiesta. Hemos puesto carteles por el barrio pero nadie nos daba razón. Gracias por encontrarla. ¡Vaya suerte!
– ¡No hay de
qué! Acabamos de verla en el portal miagando. Estábamos pensando en llevarla a
una protectora porque no sabíamos que hacer aunque se ve que es una gata casera
y bien cuidada.
– Gracias de
igual manera. Marta es parte de la familia, nuestro hijo dice que es su hermana
y solemos estar pendiente de ella porque le gusta estar en el balcón, sobre
todo ahora que los días son frescos porque el sol por la mañana da en él y se
pone muy quieta a aprovechar el calor que llega. Cuando dejamos de verla
supusimos que estaría cerca. Ha sido un día muy duro sobre todo para mi hijo
que enseguida se ha puesto conmigo a pegar los carteles y a alertar a los
vecinos por si la veían. Incluso en un día tan especial para él como hoy ha
preferido eso a pedir caramelos por las casas.
– ¡Eso se
arregla enseguida! – Dijo la buena vecina mientras entregaba a Javier una
calabaza de plástico rellena de dulces.
– ¡Mil,
gracias! – Los ojos del niño brillaron
de alegría. Recogió el obsequio sin dejar de sostener a la gata que parecía
dormida. Y luego pidió a sus padres volver a casa para acostarla en su cojín.
–
Si pero mañana la llevaremos al veterinario para asegurarnos que se encuentra
bien. – Añadió el padre mientras pasaba la mano por el hombro del muchacho que acariciaba
el lomo del animal con ternura.
Cuando Marta despertó en su
casa casi no se lo podía creer aunque en el fondo de su corazón siempre confió
en volver con su familia hubo momentos en los que se veía vagando sola por las
calles. Y lo mejor frente a ella, rellenando con rica leche su cuenco de comida
estaba la madre.
– ¡Hola
pequeña! ¡Vaya susto nos has dado! Pero ahora ya estas en casa tranquila.
– ¡ Miauw ! –
maullaba Marta y se acercó a rozar su cuerpo con la pierna de la mujer que a su
vez extendió muy despacio su mano por todo el lomo del animal.
Ya durante la noche, cuando
la familia dormía, Marta recorrió la casa, su casa mirando la decoración que
sabía nunca le iba a gustar, pero aquella noche estaba contenta de ver los
esqueletos, la calabaza, los caramelos en la entrada y los fantasmas pegados a
los cristales de las ventanas. Se acercó al balcón y miró a la luna que aún
seguía brillando, esta vez sin nubes que la taparan a ella y a las muchas estrellas
en esta noche de Halloween.

Bravo Arline, tu primera publicación con foto incluida, ¡muy bien!
ResponderEliminarMuy bien, Arline. Me gusta mucho, te quedó muy bien con las modificaciones. Y la imagen, muy propia,
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