UN VASO DE VINO
Manuel caminaba un tanto desconcertado. Caminaba y se paraba delante de todas aquellas puertas de persianas bajadas y no lo entendía. Todos los bares del barrio permanecían cerrados,
tantos aquellos que él frecuentaba como a los que no entraba nunca. Y encima su hija se empeñaba
en que saliese con aquel trapo delante de la cara que Manuel, en cuanto había empezado a descender las
escaleras hacia la calle, había bajado cubriendo solo y parcialmente su boca: ¡No podía respirar!
¡Qué manía les había dado a todos con aquella absurda moda!
Después de apenas media hora de paseo comprobó que no iba a poder tomar un vino como hacía
todas las mañanas. Y lo peor, no sabía en qué otro lugar encontrar a Luis y Marcelo, los quintos con
los que compartía aquellos ratos y la partida al mus por la tarde. Por la tarde también contaban con
Vicente, que aunque era algo más joven que ellos, no se le daban mal las cartas.
Se sentó en un banco. La mañana era agradable con un sol que calentaba donde no llegaba el aire
fresco que traía aquel otoño, todavía inminente.
Al cabo de un rato, que no sabía precisar, empezó a sentirse incómodo y decidió volver a casa.
- ¿Que pasa papá? - le preguntó su hija - ¿cómo has regresado tan pronto?
- Está todo cerrado. ¡No sé qué pasa! Y no he visto a mis amigos
Maruja comprobó la inquietud que mostraba su padre y el movimiento de sus manos.
- ¿Quieres un vasito de vino mientras termino de preparar la comida?
- ¡Si, por favor! - Y Manolo se quedó quieto mirando por la ventana después del primer trago,
esperando sin esperar que pasara el tiempo. Un tiempo que hacía tiempo no era el suyo. Un tiempo que
no comprendía.
Maruja observó el desconcierto de su padre mientras continuaba con las tareas de la casa. Bien sabía que aunque su padre no era lo que se podía llamar un borracho, sí que era un alcohólico, que necesitaba cierta cantidad de alcohol para mantener su ritmo. Un ritmo que le permitía cuidarse a sí mismo aunque cada día con más dificultad.
La mujer era consciente que su padre cada día presentaba más lagunas mentales. Le era difícil contar qué hacía en los momentos que salía de casa. Se quedaba frente al televisor o escuchando la radio sin saber después qué había visto o escuchada y, últimamente a ella la confundía con su madre. También había comprobado que si no tomaba un poco de vino varias veces al día, su humor se hacía imposible y rozaba la violencia a la mínima ocasión. Maruja solo deseaba poder llevarle lo mejor que pudiese aunque cada día le costaba un poco más. Ella también se estaba haciendo mayor y aunque ya sus hijos no vivían en casa más que ocasionalmente, todavía la llevaban la ropa sucia y los recipientes para llevar alimentos cocinados cuyos ingredientes casi nunca aportaban.
La paga de viudedad sería insuficiente si ni fuese por la ayuda que representaba la pensión de su padre, y lo sabía. Con los años los arreglos de ropa con los que añadía ayuda económica a los ingresos inconstantes de su marido como camionero, le resultaban ya un esfuerzo excesivo para sus cansados ojos, así que intentaba llevar la presencia de Manuel lo mejor que podía, mucho más difícil desde la llegada de la epidemia que había cambiado tanto los hábitos de todos los ciudadanos, al menos de los más responsables.
Sabía que una tarde más tendría que jugar a las cartas con su padre después de la siesta para que no echara en menos las partidas con sus amigos, uno de los cuales, un tal Vicente, estaba ingresado en la UVI del Hospital Comarcal infectado por el Coronavirus ese. En la misma UVI donde trabajaba su hija menor, la cual había dejado de venir a casa para protegerla a ella que era diabética y al abuelo que, desde que había trabajado en la cantera, padecía de EPOC y por lo tanto eran considerados personas vulnerables.
¡Cuánto lloraba Maruja de noche! Era su forma de sobrellevar aquellos tiempos de caos en los que llevaban viviendo desde hacía demasiado tiempo. ¡Qué suerte que para su padre cada día era una novedad tenerse que poner una mascarilla para dar el paseo matutino! ¡Que suerte que solo observara los bares cerrados! Cada vez eran más las tiendas del barrio que no volvían a abrir y los alimentos frescos empezaban a escasear.
Y no sabía por cuanto tiempo. Pero todavía le quedaría un vaso de vino para compartir con Manuel.

Muy tierno el relato. Y muy duro, sobre todo para los que vivimos situaciones similares
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