LUZ DE ESPERANZA
Samory Somperé empezaba a temer más que en cualquier otro momento hasta entonces, que aquella no había sido una buena idea. Había sido y era consciente que aquella escapada hacia adelante, estaría llena de peligros. Temía a las guardias fronterizas, a los traficantes, a las mareas, al hambre, a la sed, pero no había pensado en que la falta de humanidad se extendiera también en aquella, la tierra prometida.
Miraba la frente de Mariama, su esposa, perlada de sudor. Notaba su dolor en los gestos que no podía esconder su rostro porque ningún quejido salía de su boca, y él no sabía muy bien qué hacer. Miraba en todas las direcciones buscando una solución, un apoyo para aquellos próximos momentos, ante aquel ya inminente suceso.
En el nacimiento de sus otros hijos, él se había mantenido fuera de la cabaña, algo impaciente pero sin saber qué ocurría al otro lado de la puerta donde las mujeres gobernaban hasta el nacimiento de la nueva vida. Luego, él recibía felicitaciones, más en caso de ser varón. Nunca hasta entonces se había imaginado que un acto tan frecuente, fuese algo tan duro y eso que él, educado en la fe cristiana, le habían leído aquello de: parirás a tus hijos con dolor, pero era consciente que nunca se había puesto de verdad en el lugar de la mujer.
Dolor era caerse del árbol o pincharse con las espinas de un carambuco. Dolor era retorcerse un tobillo y caminar con él así para escapar de un depredador o recibir un bastonazo en una lucha con tus compañeros, o pedradas llegadas del otro lado del río. Dolor era ver morir a tus seres queridos sin poder despedirte de ellos. Dolor era gritar hacia dentro las injusticias de tu gobierno. No es que Samory no supiese lo que era dolor. Lo conocía y de muchas formas. Su cuerpo mostraba señales de ello y su alma un cansancio infinito a cuenta de sumar muchas desgracias.
Hacía años que el ébola había terminado con casi todos los habitantes de su poblado, incluida su mujer y los tres hijos que habían tenido. Antes había visto cómo un día los militares se llevaron a su padre y nunca más habían sabido de él. Y sufrió la pérdida de su madre todavía en vida, cuando su mente rechazó más dolor y se perdió en un agujero negro muy profundo hasta que se olvidó incluso de cómo tragar.
Cuando Samory encontró a Mariama solo reconoció en aquella casi niña, la mirada de quien ha sufrido y en sus ojos leyó la inocencia de quién no entiende el por qué de lo sucedido. La acogió bajo su protección y en el acto de defenderla se salvó a sí mismo. También supo que para salvarla del todo tenía que partir, de escapar a aquel lugar lejano del que hablaban maravillas. Pagaría con casi todas sus pertenencias dos pasajes en barco. Tuvieron que esperar casi dos meses a la mar adecuada, a la luna adecuada y mientras tanto el cuerpo de Mariama se hacía más redondo a pesar de que apenas conseguía mantener los alimentos. El fruto de la violación se hacía evidente y Samory consiguió que en una pequeña capilla, un hermano salesiano entendiera la situación y aceptara casarles. Ya con los papeles en la mano, pensaba Samory, que todo les sería más fácil en su nuevo destino.
Pasarían muchas frías noches y tórridos días en una barca, por llamarla de alguna forma, en medio de la mar, rodeados de muchas otras míseras personas que soñaban como ellos en un futuro mejor. En algún momento estaban casi seguros de que esas nuevas costas eran en realidad una leyenda y que su destino era caer en un vacío que debía ser el fin de la tierra.
Con las manos entrelazadas rezaban Samory y Mariama a su dios, mientras otros de los viajantes lo hacían al suyo y porque cuando todos los dioses suman los milagros son posibles, una mañana al amanecer tocaron tierra.
Las instrucciones eran precisas, correr, correr y esconderse. Y después solicitar ayuda en alguna organización de acogida. O en alguna iglesia. Estaban en tierras cristianas. Seguro que les atenderían bien.
Y si, la Cruz Roja primero, les puso en cuarentena. Hombres y mujeres separados. No importaba que llevaran los papeles que aseguran eran familia. Después llegó la reagrupación, pero en un espacio y tan apiñados que les llegó la angustia y las dudas y decidieron escapar. Deberían llegar a algún buen lugar donde Mariama diese a luz y él pudiera trabajar. Samory quiere trabajar, no pedir, no robar. Quiere trabajar y llevar a su familia alimentos y un techo. Él sabe hacer muchas cosas, sabe pescar y construir. Sabe cuidar animales y sabe leer y escribir aunque sea en otro idioma, podía aprender a hacerlo en el que se habla en estas tierras, solo le tienen que dar una oportunidad. Él desea hacer cualquier cosa menos matar de nuevo a un ser humano porque Dios dijo: No matarás. Por eso quiso escapar de su país, porque nadie le preguntó si quería ser soldado y siempre supo que no hacía la voluntad divina. Por eso recogió a Mariama después que la violaran sus compañeros. Porque podía haber sido su hija y porque la vio el escapulario en su cuello.
Ella al principio estaba recelosa, pero él nunca intentó tocarla. La respetó y esperaba que después de reponerse del parto quizás hubiese una esperanza de llegar a una pareja tan cariñosa como recordaba su primer matrimonio. Y si no se conformaría con cuidarla y que ella le cuidase a él. Por eso necesitaba un trabajo y pronto.
Pero las cosas no eran tan fáciles como creía. Pasaron los siguientes meses durmiendo bajo cualquier cobertizo, comiendo de lo poco que sacaba de recoger fruta y regar campos el tiempo que duraba la cosecha. Sin papeles nada era fácil. Sabía que le explotaban, pero tenía que aguantar. Tenían que llegar al norte. El fraile que les había casado les habló de una congregación de hermanos que seguro les iban a ayudar. Pero tenían que llegar y deseaba que eso fuese antes del parto.
Pero los espacios y los tiempos no cuadraban.
Cuando llegó el día todavía le quedaban varias jornadas para llegar a su destino. La necesidad de ir haciendo trabajos había ralentizado mucho el viaje, pero fue en el lugar menos propicio que empezaron las contracciones. En aquel desierto apenas unas cabañas hacían sentir la presencia humana.
Ya de noche una luz les hizo tener alguna esperanza.
Quien abrió la puerta y les vio no les puso buena cara y quiso cerrar la puerta de inmediato, solamente al ver el abultado vientre de la mujer y que iban solos, alejó los miedos a lo desconocido y cedió un cortijo aledaño a la casa para que pasaran la noche.
Ya situados sobre una manta colocada sobre la paja más limpia intentaron descansar, pero las contracciones cada vez más frecuentes de la mujer desconcertaron a su marido.
No sabía qué debía hacer. Daba vueltas sin un destino. Se paraba a comprobar que la vida empujaba entre las faldas de la hembra y a su alrededor la noche llena de estrellas. Sin luna. Sin sueños ni esperanzas.
Cuando se abrió la puerta para dar paso a una anciana que portaba una olla, se hizo la luz. Y no era por la linterna que detrás de ella llevaba el hombre que les había dejado dormir allí, sino porque estaba seguro Samory que ella sabría qué hacer para ayudar a su mujer
Cuando la mano blanca de aquella señora tocó la oscura piel de Mariama una lluvia de estrellas iluminaba el cielo.
Al poco el llanto de una criatura recién nacida rompía los más oscuros presagios dando luz a la esperanza, dando fuerzas para seguir el camino y los sueños de libertad.

Un relato muy positivo, como dice el título lleno de esperanza.
ResponderEliminar"de escapar a un lugar lejano de donde hablaban todo eran maravillas" esta frase queda un poco rara, en mi opinión.
"relentizado" en vez de ralentizado