viernes, 18 de diciembre de 2020

NARCOLEPSIA

 

EN LA CALLE

NARCOLEPSIA:

I-

Cuando Manuel despertó se fue directamente al baño. Después deshacerse de todos los residuos corporales, se dio un baño. Un largo baño en una bañera a rebosar de agua y de espuma. En esos momentos de máximo placer se colocaba la pulsera de alarma, no se debería volver a dormir porque se podría ahogar, pero también sabía que cuando su cuerpo pedía alimento, era mucho más difícil que eso pasara, por eso se bañaba siempre antes de desayunar.

Después de secarse y vestirse con pulcritud, Manuel se fue hasta la nevera que estaba a rebosar de productos frescos. Maruja, su tía y tutora, una vez más cuidaba de él.

Se sentó delante del televisor mientras comía lo elegido para intentar informarse del mundo que le rodeaba y en el que no participaba. Se molestaba antes en preparar los alimentos bien emplatados, como su madre insistía que debía ser el momento más importante del día y con los cubiertos grabados con el escudo familiar comía despacio, intentando masticar bien los alimentos, sin dejar de mirar las imágenes que el canal 24h retransmitía de forma continuada. Solamente cuando eran repetidas las noticias por tercera vez parecía Manuel que iba entendiendo algo de lo que contaban. En esta ocasión en lo que más insistían los locutores era sobre un nuevo virus que parecía estaba haciendo estragos en China.

Después de lavarse las manos y afeitarse con esmero, se miró por varios minutos en el espejo isabelino de la entrada, cogió uno de sus bastones y se decidió a dar un paseo.

Su casa, un monumental edificio en la zona peatonal de la ciudad, situado entre la catedral y el ayuntamiento, era la herencia que junto a unas rentas vitalicias le permitían vivir sin muchos problemas a pesar de su minusvalía. El paseo alrededor de la vivienda visitando los lugares conocidos y sus cambios, le ayudaba a situarse en tiempo y lugar.

A pesar del azul nítido del cielo, el frío situaba la estación del año en el final del invierno. Las luces de Navidad todavía colgaban de las farolas. Un árbol artificial estaba siendo desmontado en la plaza mayor, y no debía ser ni miércoles, ni sábado porque la plaza del mercado apenas tenía puestos. Las tiendas estaban abiertas y las gentes iban de unas a otras cambiando paquetes, posiblemente los regalos de Navidad que no habían gustado o que ahora, en rebajas, podían amortizar mejor.

Eso le hizo pensar en que no había comprado nada a Maruja, la mujer a la que hoy día le debía su existencia, la que le cuidaba aunque él no se enterase, la que le mantenía vivo.

Entró en una vieja joyería del barrio antiguo para dejarse aconsejar por los dueños, viejos amigos de sus padres, y ya con prisas volvió a su casa. Se sentía agotado. Conocía los síntomas, llevaba más de cuarenta años viviendo con ellos, y sabía que eso no era nada bueno.

II-

Después del aseo, Manuel se dirigió a la nevera. Se sorprendió al comprobar que había pocos alimentos frescos y sí bastantes envasados al vacío. ¿Qué le estaría pasando a Maruja? ¿Se encontraría enferma? Decidió que después de desayunar y ver un poco las noticias, la llamaría.

También había notado que sus piernas le respondían peor al bajar de la cama. ¿No irían los fisioterapeutas a realizar los ejercicios diariamente como tenían previsto? Sus alargas vitales, aunque todavía aletargadas, le estaban mandando señales.

Antes de empezar a comer, se permitió pasear por toda la casa para fortalecer las piernas. Muchas de las estancias tenían los muebles tapados con sábanas. Sentía hormigueos desagradables y algún tirón incómodo en las ingles. Después de veinte minutos subiendo y bajando escaleras, abriendo y cerrando puertas, pasando el dedo por espacios que se suponía pagaba para mantener limpio y que no lo estaban lo suficiente, bajó al comedor donde ya tenía preparados alimentos fríos y puso la televisión.

No necesitó tres si no media docena de noticias repetidas, de leer los subtítulos lentamente, para saber que el mundo no era como recordaba. Y no era porque nos hubiesen invadido los extraterrestres, no. Otra amenaza invisible amenazaba a la humanidad.

Con determinación se preparó para salir a la calle. No había dejado de hacer ejercicios con las piernas durante todo el tiempo que llevaba despierto. Ya no sentía los hormigueos de los primeros momentos pero notaba sus músculos calientes y frágiles, como a punto de romper. Y tuvo miedo.

Se asomó con cautela a la puerta de la casa. Llovía. No hacía frío. O al menos no excesivamente frío. Los árboles, esos que vivían a pesar de estar enterradas sus raíces en el asfalto de las aceras, estaban terminando de germinar. Era primavera e inusualmente, las calles estaban vacías. O casi. Escuchaba trinos de muy distintos tonos. Veía en las ramas de hojas recién nacidas a pájaros que solo había visto en reportajes de naturaleza. Manuel se quedó maravillado y a la vez aterrorizado.

Intentaba dar un paso fuera de su propiedad cuando escuchó una voz humana:

– ¡No salga sin mascarilla! – Una mujer de mediana edad que paseaba un par de perros le habló con un tono desagradable. Llevaba la cara tapada con algo que le hizo recordar a las películas de médicos cuando entran o salen del quirófano.

Pero no había quirófano cerca ¿por qué habría de ponerla? Retrocedió hacia el interior del portal y quedó allí quieto con la puerta abierta viendo pasar muy de vez en cuando a algunas personas, la mayoría acompañados de canes, que en silencio se movían como fantasmas con la cara cubierta.

Cuando se decidió a cerrar la puerta, observó por primera vez que sobre la consola de madera de ébano, estaban varias mascarillas enfundadas en bolsa de plástico transparente, donde se podía leer “ Hecho en China”.

Volvió el cansancio a todo su cuerpo. Lo notaba como si hubiese corrido una maratón cuando no había llegado ni a pisar la calle.

Como pudo de desvistió y se volvió a sumergir entre las cálidas mantas que apenas había tenido tiempo a ventilar.


III-

Apenas salió del baño y se dirigió a la puerta de la casa. Se fijó que seguían las mascarillas en la entrada. Sacó una de su sobre y se la puso. Enseguida se le empañaron las gafas. Se las quitó antes de abrir la puerta y ver que en la calle, la circulación de personas y algún auto de reparto ocupaban las aceras y las calles sin apenas espacio entre unos y otros. Las personas paseaban en grupos hablando a través de las mascarillas, muy alto. O a sus cansados oídos eso le parecía. En la zona peatonal las terrazas ocupaban más espacio del que recordaba. Las mesas permanecían más separadas pero las gentes se arremolinaban en torno a ellas para saludarse y hablar.

No escuchaba trinos. Ni veía apenas algún perro. Los árboles presentaban sus hojas más grandes para refrescar el calor del verano.

Aunque Manuel hizo intención de salir y mezclarse con toda aquella gente, recordó que no había comido y era necesario para su organismo. Sabía que pasaba meses sin apenas ingerir alimentos, aletargado apenas hacía gasto, pero cuando despertaba era el aviso de que sus energía estaban llegan a su fin. Era su realidad desde los seis años, con la que había tenido que acostumbrarse a vivir.

Al principio eran solo minutos, horas más tarde. En la adolescencia días los que permanecía dormido. Su formación iba dependiendo de los tiempos en los que permanecía despierto y se hizo con varios profesores amigos de sus padres, que bien por favor, bien porque eran bien pagados, aceptaban trabajar con aquel extraño alumno. Uno de ellos era el marido de Maruja, una prima de su madre algo más joven que ella y a la que nombraron tutora legal por si a ellos les pasaba algo.

Y pasó. Un accidente de tráfico un día de niebla. Nada que hacer excepto enterrarlos. Fueron días en los que Manuel permaneció insomne. Después del funeral durmió durante varias semanas seguidas. Empezaron entonces, a los veinticinco años a padecer las crisis más largas.

Cuando despertaba de una de ellas tenía allí a Maruja y a su marido para actualizar conocimientos e informarle de la actualidad del mundo. La televisión a parte de ellos le ayudaba a conocer el mundo ya que sabía era la única forma que iba a tener de viajar.

En su casa se puso un gimnasio para ejercitarse en aquellos, cada vez menos frecuentes estados de insomnio, por eso se contrató a fisioterapeuta para ayudarle con ejercicios pasivos mientras dormía.

Pero cuando los tiempos para despertar cada vez eran menos regulares, Maruja le dejaba alimentos en la nevera para que de alguna manera él mantuviese la máxima autonomía posible.

Y porque ella, ya viuda, le gustaba viajar acompañada de unas amigas con el INSERSO.


IV- EPÍLOGO

En esta ocasión no se dio prisa en salir a la calle. Se imaginaba que después del verano en el que la única anormalidad eran las mascarillas, el mundo sería normal. Pero ¿qué era la normalidad? Cuando percató de que estaba filosofando se rió con ganas. Escuchar su propio sonido le satisfizo y cuando se acercaba a la nevera para prepararse el desayuno iba silbando una canción, el Waterloo de ABBA. Se sentía hasta contento. Los músculos de las piernas respondían bien, eso significaba que los fisioterapeutas estaban trabajando con él, así que seguramente todo estaba como antes de la pandemia.

Cuando abrió la nevera un vuelco del corazón casi le produjo un mareo. En la nevera apenas unos brik de zumo y leche. Cuando se pudo calmar abrió el congelador y allí sí que había varios productos precocinados.

Sin acordarse de los protocolos de la buena educación para la comida, pinchó con una paja un envase de zumo de naranja y corrió con él entre las manos hasta el balcón que daba a la calle principal.

Fuera hacía un día radiante, los árboles tenían los colores del otoño. No había terrazas y la gente, poca, se desplazaba con prisa por las calles casi vacías.

Intentó afinar el sonido. Los gorriones y las urracas se dejaban sentir.

Con una tristeza infinita delante del televisor empezó a comer una lasaña descongelada en el microondas. En la pantalla se mostraba a una piara de jabalíes recorriendo calles asfaltadas buscando un trozo de cesped fresco donde revolcarse.

Tuvo miedo de llamar por teléfono a Maruja, ¿y si no contestaba?

Por primera vez en su vida se sintió realmente solo y cuando pasado un tiempo que no supo precisar, con el congelador prácticamente vacío y los desechos ocupando varios contenedores de basura, regresó el cansancio, buscó la cama a la que había cambiado las sábanas y se metió entre ellas sin saber si volvería a despertar y de hacerlo si tendría que cazar sus próximos alimentos.



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