lunes, 6 de septiembre de 2021

PRIMEROS RECUERDOS


PRIMEROS RECUERDOS


Dicen, los que estudian la naturaleza humana, que los primeros recuerdos se fijan en torno a los tres años. Los que yo tendría, según he podido constatar hablando con mi madre años después, con esos flashes que de vez en cuando, ante ciertos objetos o situaciones, vienen a mí como la realidad lejana que fue.


Un recuerdo, quizás el más antiguo, sea ese momento antes de que mi madrina me acostase y en el que su esposo, mi tío, sacaba del cajón alto de aparador de madera una cruz de madera con una figura de marfil clavada en ella para que le besara los pies.

Siempre he mirado más a los pies y manos de los crucifijos que se han cruzado en mi camino con cierta angustia hasta que un verso de Machado cantado por Serrat me hizo aceptar la realidad que yo también prefiero al Jesús que anduvo sobre el mar.


Otro recuerdo es acercarme a mi abuela, la madre de mi padre, la que vestía de negro y recogía su pelo gris en un moño detrás de la cabeza, para que me diese una de las torrijas que estaba haciendo.

  • Deja a la abuela tranquila, nena, que está muy "malita" – decían enseguida alguna de mis tías. ¡Como si la petición sin palabras de una niña de tres años fuera perjudicial para la salud! Y me alejaba de la cocina de carbón donde ella se entretenía y nos mirábamos, yo sin entender nada, ella con una tristeza y cansancio infinito, quizás despidiéndose de mí y de la vida. De una injusta vida que no la permitía disfrutar de momentos tranquilos.

Mi abuela Leonor murió poco después a la edad de cincuenta y ocho años de un cáncer de estómago. Y yo la recuerdo como una mujer vieja a pesar de tener pocas arrugas en la cara. Aunque si muchas en el alma. Pero eso sería ya otra historia.


Mi último recuerdo es el de ver pasar a través de la ventana – ¿del tren? – el paisaje muy deprisa. Poco podía ver. Se estaba haciendo de noche. Y cuando la luz del sol se extinguía el tren empezó a frenar. Mis ojos se fijaron en las luces reflejadas sobre las aguas negras de lo que luego supe, era una ría. Esas luces que dejaban entrever siluetas de gigantes de metal quietos a la orilla y unas pequeñas barcas meciéndose como las mismas luces sobre el agua. La imagen siempre me trae tranquilidad porque entonces me susurraba que volvía a casa.

Cuando nació mi hermana yo tenía 28 meses. Unos meses más tarde, como supe después, mis padres estaban en medio de una mudanza y con dos hijas pequeñas por lo que aceptaron que me fuese a vivir con mis tíos y padrinos de Asturias al País Vasco donde ellos residían. Como recuerdo fiel de aquella etapa tengo una fotografía con doble imagen en la que estoy vestida de campesina y campesino vasco. Solo tengo que mirar unos estantes por encima del ordenador en el que escribo para poderla observar. Estoy seria en ambas imágenes.

Mi abuela Leonor debió trasladarse del pueblo de Cantabria, donde todavía mantenemos la casa familiar incluida la cocina de carbón, a casa de alguna de sus hijas en Vizcaya donde murió y fue enterrada. Nada quedó de ella en la tierra que la vio nacer, excepto quizás, sus lágrimas.

Cuando mis padres reclamaron a mis tíos mi vuelta a casa, esta se produjo casi un año más tarde a punto yo de cumplir los cuatro años para empezar mi preescolar.

Cuando me siento desconcertada aún hoy, vuelvo al lado de mi ría. Las barcas de pescadores ya no están pasando la vía del tren, han trasladado la dársena más de la desembocadura, Los gigantes de metal, las enormes grúas del puerto se mantienen firmes a pesar de haber descendido la producción de metal de la fábrica donde trabajó mi padre. Se prejubiló con la misma edad que tenía su madre al morir, con menos edad que yo ahora, pero no más joven.

Cuando un amigo de la adolescencia al que le gustaba pintar me quiso hacer un regalo me pidió un lienzo y un motivo para pintar. Le pedí pintar una noche en el que unas luces se reflejasen en el agua. Ese cuadro quedó perdido en alguno de mis traslados de domicilio. A nadie le gustaba excepto a mí.


 

2 comentarios:

  1. Veo tus comentarios un poco tristes, pero sobre todo melancólicos. Decía Victor Hugo que la melancolía es la felicidad de estar triste y estoy convencido de que es la forma más razonable de mirar atrás

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