sábado, 28 de noviembre de 2020

I- EL MISTERIO DE LA ISLA: ¿Que hay en la caja?


Una mañana muy fría de febrero, amaneció la isla con un ambiente inquietante, el chico que repartía los periódicos andaba por una de las calles que desembocaba en la plaza principal. Como era usual a esas horas,  todo estaba cerrado. El chico iba distraído silbando, buscando con la mirada por las calles a quien ofrecerle un periódico. Cual sería su sorpresa cuando al llegar a la esquina de la plaza que solía estar vacía, lo primero que llamó su atención fue una caja en medio. Dejó el carrito con los periódicos y se percató que había un liquido oscuro alrededor, parecía haber estado allí mucho rato o quizás toda la noche porque sobre la caja volaban unas cuantas moscas y el cartón se había reblandecido. El repartidor no quiso acercarse mucho, se quedó a unos metros mirando con cuidado tapándose la nariz, temía el olor que pudiera salir.

- ¡Eh chaval! Dame un periódico - Escucho gritar al dueño del estanco que estaba de pie en la esquina. El chico giró la cabeza y señalando la caja contesto:
- Señor Manuel aquí algo aquí, creo que es sangre - como si algo le impidiera acercarse, estiró el cuello para mirar mejor lo que había dentro.
- Pero ¿ que historia es esta? - Se acercó el hombre con un cigarrillo en la boca.
- Esto es sangre! -  Dijo mientras abría los ojos con sorpresa -  voy a llamar a la policía, sabes quien la ha dejado? Preguntó el hombre bastante sorprendido.
- No lo se, lo he visto de lejos y me acerqué.  No he visto nada más ni a nadie. - dijo el joven
- ¡Hola! Estoy en la Plaza Mayor y quiero comunicar que he encontrado en medio de la plaza una caja de cartón con sangre… ¡No hemos tocado nada..! ¡Vale…! - Cuando Manuel terminó de hablar con la policía, el chico estaba en cuclillas abriendo con suma precaución la caja.
- ¿Qué hay dentro? - Se agachó con curiosidad.
- ¡Cabezas de cerdo! -El hombre se tapó la boca intentando evitar las nauseas.
- ¡Esto es cosa de gamberros! - Entonó muy despacio mientras miraba de reojo los zapatos del chico y tiraba la colilla  al suelo. Se incorporó  deprisa mientras comentaba:
- ¡Bueno! ahora  vendrá la policía que se encarguen ellos de aclarar esto, yo tengo que abrir el estanco. Diles  lo que sabes cuando estén aquí y que quedo a su disposición. -
Al marchar, vio como empezaban acercarse los vendedores de la plaza y los primeros turistas que desembarcaban en la isla mientras por una calle próxima se escuchaba la sirena de la policía. 
Desde una segunda planta, unos ojos verdes vibrantes observaban entre las cortinas todo lo que había sucedido.  Al ver a los agentes acercarse a la caja se perdieron en la profundidad oscura de su ventana.                                                                                                                                                                                     

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