sábado, 28 de noviembre de 2020

III-EL MISTERIO DE LA ISLA: Sembrando el misterio


        - Hoy no puedo ir a casa mujer, hay mucho lío en el estanco, comeré un bocadillo por aquí y luego voy para la cena.

        - Vale pero acuérdate de traer pan que nos hace falta.

        En su local situado en el casco antiguo de la isla, Manolo no tenía mucho lío. Al contrario esa mañana había sido tranquila, los cruceros no se esperaban hasta el día siguiente y tampoco era día de venta en la plaza. Salió a la puerta del establecimiento y se puso a fumar pensativo. Unos minutos antes de la llamada de su mujer, la señora había venido a la tienda, había hablado con ella, pero no recordaba ni la mitad de la conversación, solo tenía en la mente sus ojos verdes parecidos al de una serpiente y que tenía que dejar una caja en la plaza mayor antes del amanecer. Solo por eso le había dado 100 euros. La caja no era muy grande pero si pesaba, lo pensó un momento y la dejó con desconfianza en el almacén. Todo le parecía muy raro, le vinieron a la mente bombas y otros objetos peligrosos, todas esas ideas le hacia´n pensar en la cárcel y el no quería líos con la policía. No se explicaba como había aceptado hacer ese misterioso encargo, solo sabía que tenía que hacerlo. Al rato vio pasar por la acera a un vagabundo pidiendo un cigarrillo y el se negó por que no era el primero que le pedía. El tabaco empezaba a subir de precio y le costaba desprenderse de uno pero sobre todo le molestaba el gorroneo.

¡Ojala no tengas que pedir  nunca ni pesar hambre ni frío! - le dijo el mendigo mientras le lanzaba una mirada amenzánte y se alejaba pateando una lata de cerveza calle abajo.

        Manolo sintió como si un cuchillo de hielo le atravesara el cuerpo y pensó que si por dejar una caja en la plaza se viera en la cárcel o problemas legales quizás el vagabundo estuviera prediciendo su futuro. Tocó por encima el billete de 100 euros y pensó que no lo haría, que se disculparía con la anciana señora y le devolvería tanto el paquete como el dinero.

        Entro en el estanco después de tirar con cierta violencia la colilla y se puso a desempaquetar mercancía cuando sonó el teléfono.

       -¿ Estanco la plaza? -contestó de forma automática y quedó escuchando la voz del otro lado.

       - Perdone usted, pero no quiero hacerlo, temo que me meta en problemas, nol o haré  -dijo nervioso.

       - Es demasiado tarde para dejarlo, usted recibió el dinero y ahora debe terminar el trabajo. Puedo pagarle mas si es por eso. - La voz de la mujer sonaba distorsionada y Manolo se quedó quieto escuchándolo lo que ella le decía, solo asentía con los ojos mirando al vacío. Cuando por fin ella cortó la comunicación, el permaneció en estado de letargo  hasta que un nuevo cliente entro al estanco haciendo sonar la campanilla situada sobre la puerta.

        Después de llevar tabaco al piso de la misteriosa mujer, manolo cogió la caja del almacén y la dejo en el maletero del coche para por fin marcharse a casa. Apenas pudo dormir esa noche, así que se levanto mas pronto que nunca y salió rumbo  a la plaza mayor. El corazón parecía salirse del pecho mientras caminaba con al caja en brazos, la cual parecía deformada desde que la había recibido el día anterior. Sintió como un liquido frío le traspasaba el abrigo y se le erizo la piel.

        Al llegar al punto acordado, soltó la caja y caminó muy de prisa sin mirar atrás. Casi trotando giró hacia la calle donde estaba el estanco, quería meter las llaves para abrir la puerta pero los nervios le jugaron una mala pasada y tardó varios minutos en conseguirlo. Ya dentro quiso desprenderse del abrigo pero no ayudó que fuera un hombre grande y algo subido de peso. Se sentía mas torpe de lo habitual. Finalmente se lo quitó y lo tiró al suelo. Oyó como silbaba el repartidos de periódicos al pasar por ahí y se quedo quieto sin hacer ruido, miró el reloj ya iban a ser las 6:00am, levantó muy despacio la persiana y lo siguió con la mirada. Solo quería salir a fumar. Al ver que el chico ya se había ido, abrió la puerta y encendió un cigarrillo, entonces pensó en la caja del centro de la plaza y se alteró. Caminó detrás del repartidor para pedirle un periódico y se sorprendió así mismo con su actitud tan cínica cuando el chico le mostraba el descubrimiento que acababa de hacer.

        Cuando Manolo llamó a la policía lo hizo de forma automática, como si algo o alguien se lo ordenara, así que quiso marcharse en seguida para n o rendir cuentas pero no pudo evitar la curiosidad de mirar dentro cuando el chico abrió la caja. Al ver las dos cabezas de cerdo con símbolos satánicos en la frente, lengua y los parpados cosidos, se horrorizo, mas aún cuando su mirada se cruzó con su propio antebrazo manchado de sangre. Entonces si se marchó a toda prisa con la idea de olvidarse de todo y negar todo ante la policía si le acusaban de algo.

Sin embargo estaba seguro de que no lo conseguiría como que unos extraños ojos de animal le perseguían con su mirada.





                                                                                                           

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