jueves, 5 de noviembre de 2020

LA ESCALERA

 

LA ESCALERA


Hacía ya cuarenta y cinco días que había terminado la cuarentena, aquella cuarentena que nadie había sospechado iba a durar todo un año. Aquella cuarentena que había acabado con la mitad de la población. Aquella cuarentena que había logrado hacer uno al gobierno del país, ¡todo un milagro! Bien es cierto que los más “patrióticos” se habían esfumado como por ensalmo para aparecer en sus casas de paraísos fiscales, bien guarnecidos detrás de alambradas eléctricas de alto voltaje.

Las muertes se habían cebado sobre todo, y como casi siempre, en los más vulnerables, pero es cierto que habían fallecido familiares directos de los gobernantes y de la oposición. Fue entonces cuando se dieron – tarde – cuenta que estaban embarcados en la misma nave y que esta hacía aguas.

Cuando despertamos de la pesadilla, bastante desorientados, pocos sabíamos que teníamos que hacer. Las fábricas permanecían cerradas, los transportes públicos apenas tenían conductores que los hicieran moverse por las calles todavía vacías. El miedo seguía acampando por pueblos y ciudades, por caminos y autopistas. Se tardaron más de quince días en empezar a coser el roto que el virus había ocasionado en la sociedad. Poco a poco se iba tomando el control hacia la normalidad y las gentes, los que habían sobrevivido, acudían a su lugar de trabajo, si no estaban clausurados o a las oficinas gubernamentales abiertas para redirigir el destino de sus ciudadanos.

Las colas frente a estas oficinas o ante cualquier otro lugar donde se tenían que hacer cola, se mantenían con espacio de dos metros. Las gentes no hablaban entre ellas, algunas incluso eran remisas a dejar de usar la mascarilla y los guantes. En resumen, se mantenía la desconfianza del ser humano frente a sus semejantes ahora que ya no había aplausos a las ocho de la tarde, ahora que habían dicho que éramos libres no sabíamos como utilizar nuestra recién reconquistada libertad, si es que alguna vez habíamos sido libres.

Aquella mañana bajando al metro por las escaleras mecánicas vi a una chica sentada en las escaleras de granito. Estaba concentrada leyendo un libro.

Ella, estaba segura, no se había percatado de mi presencia y yo no podía apartar mis ojos de su figura. Era joven, menuda. Una melena rizada de color rojizo escapaba de un gorro de punto con borla en colores ocres. Un perro sin raza estaba echado a sus pies en el escalón inferior. Ambos permanecían casi inmóviles en su actitud. De repente ella pasó de página, él movió una oreja escuchando posiblemente el ruido de la hoja de papel. Volvió, esta vez a mover las dos orejas e incluso a levantar la cara del frío suelo cuando me acerqué a ellos. No emitió ningún ruido, yo mantenía los dos metros de distancia cuando me senté en otro peldaño.

La chica levantó la cabeza y nuestras miradas se cruzaron. Sus ojos desprendían aceptación y alegría. La pregunté:

   - ¿Podrían leer un poco en alto?

Y ella moduló su voz con un carraspeo, quizás hacía tiempo que no la utilizaba.

  - Derrota, mi derrota, mi soledad y mi aislamiento. Eres para mí más querida que un millar de 

 triunfos, y más dulce a mi corazón que toda la gloria del mundo, 

  - Derrota, mi derrota, mi conocimiento de mi mismo y mi desafío, – pronunciamos las dos al

 mismo tiempo. Gibran Khalil Gibran había sido uno de mis escritores favoritos en la juventud

 Nos reímos y ella prosiguió la lectura de aquel poema sola mientras yo cerraba los ojos y me

 dejaba llevar a mis propias derrotas aceptando que eran también mi propia fuerza.

  - Y juntos cavaremos las tumbas para todo lo que muere en nosotros. Y permaneceremos 

de pie al sol con una voluntad indomable. 

  - Y seremos peligrosos – Susurré a la vez que abría de nuevo los ojos.

A nuestro alrededor se habían acumulado una docena de personas, que en silencio escuchaban su voz. Nuestras voces. La voz de “El loco”.

En la parte alta de la escalera un chico con rastas en el pelo, desenfundó una guitarra y empezó a afinarla, unos minutos más tarde éramos más de cincuenta personas las que nos acumulábamos en aquellas escaleras. Las que subían o bajaban por las mecánicas se alejaban de sus destinos para formar corro a nuestro alrededor. Ya no cabía espacio de protección. Estábamos tan cerca que hasta incluso se rozaban nuestros hombros.

Nuestras manos terminaron por unirse cuando todos a coro empezamos a cantar:

Para hacer esta muralla
Tráiganme todas las manos
Los negros sus manos negras
Los blancos sus blancas manos.

Una muralla que vaya
Desde la playa hasta el monte
Desde el monte hasta la playa
Allá sobre el horizonte.* –

Y todos sonreímos y nos apretamos las manos porque empezamos a romper la primera de las murallas, la del miedo; empezando juntos a ascender por la escalera de la confianza, de la libertad.

Así comenzamos de nuevo a ser peligrosos.


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* Poema de Nicolás Guillén.


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