sábado, 7 de noviembre de 2020

 

        MIEDO y MANÍAS (narración escrita en la primera ola de la pandemia por COVID 19)

    Cómo o cuándo empezaron aquellas manías, era difícil poner un tiempo. Largo para la mayoría. Ayer, si se le hubiese preguntado a ella. Como mucho la semana pasada.

    Violeta vivía en una casa apartada a las afueras del núcleo rural. Era una mujer que rozaba los sesenta años, viuda desde hacía más de doce años, había quedado a vivir en la casa familiar que había aportado su marido al matrimonio. Tan cerca, tan lejos de la que hasta entonces había sido su hogar en una población cercana si hubiese tenido coche. Pero aquello era un lujo del que no iba a disponer, y cuando ya viuda, intentó sacar el carnet de conducir, la teoría se le encalló y no hubo más intentos.

    Su cultura general era más bien escasa. Había ido al colegio hasta la edad obligatoria pero durante los cursos que se iban sucediendo, los inviernos nevados y las malas carreteras la impedían ir a la escuela algunas veces, otras eran las labores dentro de sus obligaciones familiares. El campo y los animales o las enfermedades de algún miembro de la casa que aportaba mano de obra, eran sustituidas por las suyas de chica para todo. Hasta de partera de su madre en las dos últimas ocasiones.

    Y Violeta era la mayor de las chicas hasta que llegaron las gemelas. Una de ella sería la encargada de atender a los padres cuando fuesen mayores, así que a los veintitrés años la casaron con Vicente, un chicarrón sano y jovial posible heredero de la mitad de los terrenos fértiles en la otra vega del río Agüero. Y a la casa de él fue llevada el mismo día de la boda, con su traje de chaqueta gris perla, como vestido de novia,. Fue una ceremonia severa y una comida abundante y concurrida, invitación de sus padres con casi todos los ahorros de los que podían disponer después de la venta de los terneros en el mercado. Perdían una hija, pero sumaban una boca menos a alimentar de por vida.

    Así eran los tiempos aquellos. Veinticinco años después le llegaría la viudedad como no le llegaron los hijos, por sorpresa y con decepción. Heredaría la casa de por vida, sin llegar nunca a ser de su propiedad así que con sus manos solamente intentó mantener en uso para su sustento, la cuadra y las huertas. De vez en cuando los sobrinos de su marido le llegaban para hacer compañía y si cuadraba echarla una mano.

    Vendió las vacas y compró algunas ovejas y cerdos, animales que requieren menos esfuerzos y crían, sobre todo los últimos, con más facilidad.

    Y junto a las gallinas, los gatos y su perro redondeó su entorno familiar.

    Violeta no tenía buen carácter. Nunca fue especialmente alegre, usaba más bien la sorna que algunas veces no era bien entendida por los oyentes, pero se acostumbró a ser una persona independiente y la soledad nunca la molestó. Y así fueron pasando más años, hablando a los perros como si fueran sus hijos y viendo los culebrones de la televisión cuando estaba en casa y un transistor pequeño la acompañaba a la huerta o a la cuadra, todo su mundo.

    Era habitual encontrar a Violeta en los lindes de su propiedad. A quien la saludaba, ella saludaba. A quien le ofrecía una conversación, ella apoyaba su codo sobre la azada o sobre la cerca de madera que delimitaba la huerta y continuaba la conversación, tratasen lo que tratase. Si alguien le pedía un favor, ella respondía firmándose un contrato de reciprocidad nunca escrito.

    Si alguien en algún momento intentó abusar de ella, tanto en los negocios de los que vivía, o físicamente considerándola una persona indefensa, cuanto menos habían terminado escaldados. Los presuntos estafadores acababan por no poder hacer más negocias en la comarca, tan lejos llegaban sus quejas. Quien quiso abusar de su cuerpo contra su voluntad, terminó con magulladuras en sus partes más sensibles al dolor y dentelladas en tobillos y brazos por parte de sus fieles cánidos. Nunca más hubo nuevos intentos.

    Liberada de las ataduras del matrimonio, jamás busco refugio en otros brazos y no era mujer besucona aunque le gustaba abrazar a las personas que apreciaba. Sus sobrinos lo sabían bien. Y Roqui y Russo, sus chuchos. Hasta los gatos, tan ariscos ellos, soportaban estoicamente sus mimos, al final había premio en forma de una golosina para el paladar.

    Cuando empezó a escuchar en radio y televisión que una amenaza invisible se cernía a su alrededor, de una forma poco lógica comenzó a sentir miedo. Un miedo que la dominaba sin poder remediarlo. Se empezó a lavar las manos de forma compulsiva. A falta de otras barreras, tapaba su boca, su nariz con los pañuelos que para el cuello o cabeza había acumulado de regalos de cumpleaños o Navidad que le hacían llegar sus familiares. Dejó de prolongar las conversaciones y no se acercaba a los transeúntes que pasaban cerca de sus lindes. Nunca la cuadra olió tanto a lejía. Algún animal falleció, sobre todo gallinas y gatos, por no poder evitar la intoxicación o el envenenamiento de los productos desinfectantes, pero Violeta no deseaba de forma alguna terminar su vida sola y rodeada de tubos que respirasen por ella en la UVI de un hospital. Eso ya lo había vivido con su marido.

    Siguió la información de los síntomas. Nunca se puso tanto un termómetro. Nunca se aplicó tantas inhalaciones de eucalipto. Nunca se miró tanto la piel a la que bañaba con alcohol de romero.

    Fue un vendedor de piensos el que dio la voz de alarma. En la casa de Violeta había un extraño silencio, roto por el cacareo histérico de algunas aves y el gruñido lastimero de los cerdos. No había ladridos, ni la mujer respondía a las llamadas. Se informó antes de llamar a la guardia civil. Los vecinos hacía semanas que no la veían, todos metidos en su mundo, no eran capaces saber desde cuando.

    La encontraron muerta en la cama, con sus perros alrededor con síntomas de desnutrición severa. Hubo que sacrificarlos. Las uñas de la mujer, muy largas, habían roto unos guantes de latex que cubrían sus manos y la piel de sus brazos rota por los arañazos que ella se había proporcionado. Lo que el forense calificó de patomimias. Y al no encontrar ninguna otra causa posible que desencadenase la muerte, el informe concluyó que era un fallo cardio-respiratorio.

    Pero en mucho tiempo ni los dos guardias que la habían encontrado, ni el forense pudieron borrar de sus mentes la sospecha de que Violeta murió de puro miedo. Eso expresaban sus ojos extremadamente abiertos, como si lo último en ver fuese a la propia muerte vestida del virus que tanto temía contraer. En la comarca, el índice de prevalencia frente a la nueva enfermedad completado días después del funeral de Violeta, confirmó que el noventa y nueve por ciento de la población nunca habían estado en contacto con el Coronavirus.


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