Tras una tarde de ir y venir del matadero entre otras cosas, Margarita de V. se había quedado dormida en el sofá de su piso. Vivía en una zona privilegiada en la isla, en el centro del casco antiguo aunque ella no veía en ello un privilegio. Odiaba a los turistas y sus alborotos, solo veía cómo su querida isla que alguna vez estuvo limpia de“forasteros” como ella y los suyos decían, había cambiado, parecía que sus amistades y familia ya no eran tan importantes como lo fueron siempre, en aquellos tiempos en los que celebraban fiestas cada fin de semana e iban todos al chalet en la montaña. No se llevaba bien con muchos de sus invitados pero era todo lo que tenía. De eso hace mucho tiempo cuando su marido vivía y ella podía presumir de juventud, sobre todo porque era mucho mas joven que el.
La viuda de V. Se había adormilado mientras oscurecía. Al despertar lo primero que vio fue la copa vacía en la mesita de noche y un pequeño libro con símbolos en la tapa, un regalo de su tía Marieta cuando ella era una adolescente. Se restregó los ojos y fue hacia la cocina a beber agua, al abrir la nevera comprobó que estaba vacía y no era por falta de medios, si no porque alguien debería ir al mercado y a ella aquella labor le parecía indigna de su condición . La cerró con rabia y vio unas manchas oscuras sobre la superficie blanca, entonces giro casi sorprendida y sobre la encimera estaba el cuchillo que había dejado por la tarde. Se dirigió al baño y se miró al espejo, en los ojos tenia sangre seca, también se miró las manos y estaban cubiertas de sangre. Se lavó enseguida y se quedó mirando su reflejo, sus ojos verdes casi brillaban y eran lo que mas resaltaba de ella por que su rosto hacía tiempo se había empezado a marchitar. Se acercó para verse mejor las arrugas pero parecían no afectarla. Solo deseaba que amaneciera. Regreso a la sala pequeña donde se había mudado hace tiempo, puesto que la grande era demasiado amplio para ella. Encendió la televisión para ver el noticiario pero la publicidad de colonias que anunciaban la hizo recordar lo cerca que estaban las fiestas navideñas que tanto detestaba. Apagó el aparato y se quedo sentada con la lampara encendida y otra copa de vino. En una esquina de la misma habitación estaban en un robusto mueble las fotos de sus familiares. Trataba de no pasar cerca ni encender las luces. se le erizaba la piel solo de verlos, parecían recordarla que ella era la siguiente en morir y que había espacio para una foto suya.
– Din din don - Sonó el timbre de portal, ella corrió a responder:
– ¿Diga? -dijo casi susurrando
– ¡Oiga, tengo su encargo!– escuchó decir a una voz bronca.
– ¡Pase! - dijo mientras abría la puerta del portal. Los tres minutos que transcurrieron hasta que llegó el hombre a la puerta del piso le parecieron eternos y era una sensación que no tenía desde hacía muchos años.
– Es su cartón de Fortuna - El dueño del estanco lo saco de una bolsa negra y pudo ver con disimulo que no estaba en un piso cualquiera.
– Aquí tiene. Quédese el cambio – Margarita extendió la mano con indiferencia mostrando un billete de cincuenta euros mientras intentaba evitar que el hombre curiosease en el interior de la casa.
– ¿Lo de mañana está listo? – Dijo ella con impaciencia.
– ¡Todo listo, señora! – Antes de que él hubiese terminado de guardar el dinero en su chaqueta, Margarita V. había cerrado la puerta.
Mientras bajaba las escaleras iba pensando que el aspecto de la anciana había cambiado , quizás era debido a la escasa luz del pasillo que no la había podido ver bien.
Al día siguiente, la alarma del despertador sonó a las 6 a.m. la hora que el repartidor de periódicos solía pasar por la plaza. Margarita se levantó con un fuerte dolor de cabeza. Abrió un poco la cortina y vio al joven hablando con el dueño del estanco. Poco después escuchó la sirena de la policía y volvió a recostarse en el sofá mientras fumaba un cigarrillo y empezaba a sentirse como nueva.
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