martes, 24 de noviembre de 2020

MARAÑA I

1.-



Recordaba yo sus lágrimas de los días en los que él apenas ya recordaba nada. Su mirada de dolor. Pero sobre todo me impresionaba cuando esta se transformaba en odio. Eran solamente unos segundos, pero veía cuanta tensión acumulaba en aquellos instantes.

¿En qué estaría pensando? ¿Qué recuerdos atravesarían la maraña de conexiones de su dañado cerebro?

Mi padre llevaba ya veinte horas de agonía.

Si es verdad que la vida desfila delante de tus ojos antes de morir, aquella angustia que padecía no era del tiempo en el que yo le he conocido. Eran recuerdos anteriores Y poco a poco yo misma iba recordando retazos de historias que en algún momento de nuestra vida en común había empezado a insinuar, más que a mostrar.

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Maldita fábrica, malditos todos. De allí le echaron simplemente porque los tiempos de que ganaron la guerra no permitían la defensa de los derechos laborales como se acostumbraba antes. Eran los dueños paternalistas con aquellos que les limpiaban las botas con la lengua. Y por allí Bonifacio no iba a pasar. Jamás se rebajaría a la condición de esclavo.

Iba caminando un hombre solo, apenas pasaba de los cuarenta años, sobre una carretera polvorienta que bien conocía. Antes de que despuntase el sol caminaba hacia él seis días a la semana para llegar antes de que sonara la sirena. Los hombres iban entrando en las tripas de aquellas construcciones de ladrillo con las primeras luces del alba y salían cuando estas eran ya un rojo reflejo en el horizonte. Al menos así lo recordaba la mayor parte del año. Regresaba a su casa intentando captar aquella escasa luz y cantando para sí alguna de aquellas canciones que la tierra y sus habitantes le habían enseñado. No tenía mala voz Bonifacio.

Así había sido su vida desde los veintiuno años que regresó del Servicio Militar. Por suerte no había salido de la Península. Luego supo que uno de sus tíos había intercedido por él porque de su padre bien sabía que no podía esperar nada favorable.

Apenas mantenía contacto con su familia, y si acaso, furtiva, como las visitas de su madre. De vez en cuando aparecía en su casa con algunas pertenencias, ropa, comida e incluso algunos animales vivos, pollos, conejos. Miraba todo y a todos rápidamente, como para entender por qué su hijo prefería aquella casa tan poco acogedora, a la de ellos en el pueblo de al lado donde por haber había hasta criados como bien sabía su nuera, que había pertenecido al servicio.

A ella, a Leonor no la dirigía la palabra en aquel escaso cuarto de hora en la que estaba en su casa. Sin embargo aprovechaba para acariciar a sus nietos, uno cada tres años con puntualidad de reloj suizo, tres chicas y un varón en el que reconocía no solamente a su hijo sino también a un hermano que había muerto muy joven cuando se le gangrenó la mano que se le había quemado echando un cohete en las fiestas de Nuestra Señora, el mismo año en el que había nacido su único hijo vivo en la actualidad, el que la había dejado por la doncella y prefería trabajar de sol a sol en una fábrica y luego ordeñar el par de vacas que tenían, en vez de vigilar desde un caballo cómo otros hacían el trabajo de sus fincas. Él hubiera sido el heredero. A sus hermanas se les había buscado un buen partido, como debería ser. Y sin embargo Bonifacio lo había echado todo a perder por aquella pazguata que además no era especialmente guapa y sí tosca. Muy tosca.


El día que le despidieron, mientras regresaba a su casa bajo los rayos de sol a finales de junio, remangado y sudoroso iba pensando que sus hijos se merecían un esfuerzo por su parte. No las podía faltar el pan. La mayor acababa de cumplir quince años, la pequeña tan solo seis.

Estaba dispuesto a pedir perdón a su padre y ofrecerse si no como hijo, sí como empleado. Pero cuando llegó a divisar la casa no pudo hacerlo. Siguió caminando hasta terminar el pueblo y ya en los lindes se aventuró a pedir trabajo en la mina de hulla que a cielo abierto extraía aquel material.

El capataz conocía a Bonifacio y conocía a su familia. No dudó en darle una oportunidad. Empezaría a trabajar al día siguiente. Iba a cobrar menos, pero a destajo por lo que finalizada la faena, en cuanto cogiera el ritmo necesario podría ayudar más en las faenas de la casa e incluso hacer algún trabajo extra como forjador.

Regresó a casa satisfecho, hasta contento cantando tonadas y  saludó con la mano a su madre que estaba cosiendo en la solana al pasar por delante de ella.

Tan solo quince días más tarde y por última vez atravesaría el estragal de la casa donde había nacido, llevado por sus compañeros por ser el lugar más cercano donde ir a morir.

Nunca estuvo muy claro por qué la vagoneta se deslizó silenciosamente hacia atrás cuando él remachaba unas puntas de la vía. ¿Se había olvidado de echar el freno? ¿No funcionaba? Nunca nadie dio una explicación coherente al accidente. Las suposiciones no evitaron que el derrame interior que le produjo el golpe sobre su costado, le llevase a la muerte tres horas más tarde.

A su hijo le avisaron cuando salía del colegio y corrió sin esperar a nadie hasta donde sabía vivían sus abuelos paternos. Pudo despedirse de él y escuchar sus últimas palabras:

-“Ahora serás el hombre de la casa, cuida de tu madre y de tus hermanas”

Ya estaba inconsciente cuando llegaron ellas. Y cuando llegó Don Fidel, el médico, solamente pudo certificar su muerte.

La viuda solicitó una carreta para llevarlo a velar a su casa. Su suegra quiso impedirlo, pero no recibió el apoyo de su marido. Aun así asistieron a los funerales en la primera fila de la derecha, dejando la izquierda para la familia política.

Al final y ya en el cementerio llegó a manos de la viuda una propuesta para hacerse cargo de los niños que rompió aquella joven de quince años que acababa de quedar huérfana.

También llegó un sobre con la paga de dos semanas y una pequeña indemnización por parte de la Empresa Minera y algo más que aportaron sus compañeros para ir tirando.

La vida no fue fácil. Su madre empezaría a trabajar al servicio de los dueños de la tienda-cantina del pueblo. Muchas horas que a veces se pagaban con mercancías de la propia tienda.

Don Fidel que era tío del difunto Bonifacio, hermano de su madre, siempre ayudó bien por propia voluntad, bien por encargo de su hermana de los chicos. Fue colocando a las hermanas en un Hospital de la capital según iban teniendo edad para ello. La mayor estuvo trabajando como ayudante de enfermera bajo las órdenes de las rígidas monjas de la Caridad. La segunda, de prontos imprevisibles, enseguida tropezó con una de ellas y prefirió elegir el trabajo en la cocina donde cocinaba, fregaba, servía los alimentos para los enfermos y personal de guardia.

Ambas conocerían allí a sus maridos, un practicante y un conductor de ambulancia y como regían las normas en aquel tiempo, tuvieron que dejar de trabajar cuando se casaron. Como también ocurrió a la pequeña.

Allí fue a trabajar mi padre con diez y nueve años cuando libró del Servicio militar por“hijo de viuda”, pero poco tiempo. Una “pleuresía” le terminaría convirtiendo de camillero a paciente y de allí se volvió al pueblo aunque por poco tiempo. Él escapaba de la fábrica de la que echaron a su padre y la culpaba de su muerte temprana. Escapaba de la mina y del trabajo con el ganado ajeno que cuidaba de pequeño. Recordaba el hambre, el frío y las necesidades y escapaba de todo ello y de las muchas veces que quiso dejar la dignidad atrás y pedir cobijo en la casa de sus abuelos ricos. Pero no, no lo hizo nunca y ayudó como pudo a las mujeres como le pidió su padre, aunque a veces se preguntaba si no eran ellas las que más ayuda aportaban.

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¿Esos eran los recuerdos que ahora pasaban por su mente que le llenaban de zozobra en sus últimas horas de vida?

A mi lado estaba mi hermana. Al otro lado mi madre y sus nietos fuera de la habitación. No estaba solo, pero ¿Lo sabía?

                                                                                                            Continuará


 

2 comentarios:

EL LEGIONARIO

             Cuando era joven, hasta llegar a la época de la enseñanza secundaria, le gustaba que le llamasen Rock, como aquel actor america...